Canela fina con el delirante Luis María Anson

15 de septiembre de 2015 (20:39 CET)

Luis María Anson ha perdido la cabeza. Este martes publicó un artículo delirante sobre un supuesto anuncio que en realidad sólo ha oído él en sus delirios nocturnos. Según el exdirector del ABC  de los "buenos tiempos", cuando se galardonaba a Jordi Pujol como Español del Año 1984, una fecha orwelliana, Artur Mas (al que insiste en llamar "Arturo" supongo que para joder), organizará, como primera medida tras la presunta victoria electoral del próximo día 27, las Fuerzas Armadas de Cataluña. ¡Caramba! ¡Qué fuerte!

Por lo que se ve está todo previsto para proclamar a Artur Mas "caudillo de Cataluña por la gracia de Dios, Generalísimo de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, padre de la nación nueva". La imbecilidad es de tal envergadura que estoy por creer que la minusvalía intelectual de Anson no está originada por ciertas disfunciones hormonales, sino que está provocada por algo más grave. La tentación armada de los políticos y plumíferos españoles sale a relucir cuando ya no les queda otro argumento. Si los soberanistas son lobos, en opinión de los voceros unionistas, los unionistas son, directamente, apasionados cazadores. Matan por placer. Ni siquiera matan por hambre, que es lo que hacen los lobos feroces cuando no son un personaje de caperucita roja.

El ejército catalán imaginado por Mas —dice Anson—, ya no hace falta que lo combata un insigne demagogo llamado Alejandro Lerroux que en 1934 ordenó al General Batet el asalto de la Generalitat, orden que no cumplió, por lo que luego fue fusilado por Franco en 1937. Ahora no sería necesario copiar las medidas del Gobierno de la República contra Companys, siguiendo con ese delirio húmedo que le impulsa a Anson a escribir sandeces. Con el Tribunal Constitucional y la Guardia Civil los españoles se bastan y se sobran para obligar al cumplimiento de la ley. Ese es el problema: los gobiernos españoles utilizan los tribunales y la fuerza para amedrentar a los demócratas catalanes, quienes, todo sea dicho de paso, en eso de montar ejércitos son bastante naíf.

El pacifismo catalán es estructural y la prueba la tienen en esa magna manifestación contra la guerra de Iraq y contra Aznar que se organizó en Barcelona en 2003, cuyo número de asistentes es sólo comparable con el de las Diadas de 2012, 2013, 2014 y 2015. Está claro que lo que moviliza a los catalanes son valores positivos y no esa chanza de soldaditos de plomo que debe tener guardados en el armario el "comandante" Anson. El Madrid de los privilegios y los corruptos, ese que se apropia del Estado como si fuese una finca particular, está preparando el terreno para propiciar un golpe de Estado encubierto, a la manera del 23F, para anular la autonomía e inhabilitar al presidente catalán Artur Mas. Lo de ponerlo entre rejas les parece demasiado, por lo menos de momento.

Lo realmente duro de este plan urdido por gente reaccionaria es que tiene cómplices situados a ambos lados del enfermo Anson. Se llamen Francisco Rubio Llorente —que es tan exvicepresidente del Tribunal Constitucional como Carles Viver i Pi-Sunyer, hoy en las filas del soberanismo— y que coincide con Anson al apelar a los hechos de 1934 para pronosticar que todo terminaría como entonces: "con la suspensión de la autonomía mediante la vía que ofrece el artículo 155 de la Constitución". Se llamen Albert Rivera o Pablo Iglesias, las dos caras del populismo nacionalista español, en versión de derechas y de izquierdas, que ponen a un gerente al frente de las respectivas candidaturas en Cataluña —Inés Arrimadas y Lluís Rabell— para que no se les desmane el corral.

Lo sí que es un ejército de verdad es la legión de escribidores de los medios de comunicación unionistas que se inventan cualquier cosa para combatir la democracia y luego acabar con uno de esos topicazos de la villa y corte que en Cataluña sólo "compran" políticos expuestos en la sección de restos de serie: "propugnar el diálogo y negociar hasta la extenuación porque la política es una larga paciencia, un largo, largo saber esperar". ¿Guerra o diálogo, en qué quedamos?
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