Camino a la pobreza

21 de octubre de 2014 (19:27 CET)

A menudo nos preguntamos si saldremos de ésta y cómo lo haremos. Es imposible saberlo a ciencia cierta. Y, desde luego, no podemos fiarnos de políticos como Mariano Rajoy que, cuando Alemania anuncia que está en recesión técnica, cuando Europa está al borde de la deflación y aumenta el riesgo de una tercera recaída, él interpreta la bajada del precio del petróleo como una buena noticia y da la enhorabuena a los españoles porque se alejan de la crisis.

Sí existen datos, no obstante, que empiezan a apuntar cómo sería el escenario de una posible recuperación. Y tal como nos habíamos temido todo apunta que lo haremos siendo más pobres. Vamos para atrás, hacia la pobreza.

Las estadísticas de trabajo del mes pasado hablan de creación de empleo, de reducción del paro y de incremento de la contratación indefinida. Y también dicen que el 34% de los 1,6 millones de contratos que se firmaron en septiembre eran a tiempo parcial; y de los indefinidos --el 8,5% del total--, solo la mitad eran a jornada completa. Lo mismo había ocurrido en septiembre de 2013. Y eso sin tener en cuenta los contratos de prácticas, aprendizaje, formación, apoyo a emprendedores y demás.

No sé de ninguna empresa en la que un empleado con contrato de media jornada haga estrictamente las cuatro horas. La gente trabaja jornadas completas, completísimas, aunque no cotice ocho horas. ¡Que se lo pregunten a los trabajadores de ese hostelero ejemplar y gran dirigente patronal que es Arturo Fernández!

Pero, con todo, lo que define mejor la situación que vivimos y el escenario que se está dibujando para el final del túnel son los salarios. Ahora, las empresas contratan a ingenieros –probablemente, la carrera con menos desempleo-- por 20.000 euros brutos al año. Y aquellas que tienen plantillas con viejos convenios no paran de renovar sus nóminas a nuevos costes. Echan mano de la reforma laboral de Fátima Báñez, muy útil tanto si recurren a los despidos como si optan por bajar los sueldos.

En estos momentos, una pareja de afortunados universitarios con empleo a lo máximo que pueden aspirar es a comprar un piso de 162.000 euros si antes han ahorrado 30.000. Siempre que encuentren, claro, un banco que los considere solventes.

Hasta que estalló la crisis las familias intuían con pena que sus hijos ya no vivirían mejor que ellos, como había ocurrido generación tras generación en el último siglo.

Ahora es distinto. Los hijos de lo que ya no nos atrevemos a llamar clases medias, serán pobres, incluso aunque tengan trabajo. Empleo y pobreza han dejado de ser antónimos. En este país habíamos olvidado que eso era posible y que, de hecho, aquí había sido normal hasta los años cincuenta.

El panorama de jóvenes preparados que han de salir del país para buscar empleo o que si lo encuentran aquí es para malvivir resulta doblemente lamentable. Desde el punto de vista político y social no tiene nombre, sobre todo cuando comprobamos cómo grandes defensores y responsables de este sistema han robado a manos llenas y han defraudado al Fisco todo lo que han podido. Con sus actos dan la razón a los que aún defienden la lucha de clases, donde los privilegiados viven de la explotación de los de abajo.

Pero, quizá, lo peor de todo es que quienes contribuyen desde el Gobierno a esta devaluación interna, cometen un grave error desde el punto de vista económico. El PIB español depende en más de un 70% de la demanda interna, por lo que deprimir más y más la capacidad de compra de los ciudadanos es contraproducente. No es de extrañar que suba el ahorro; la gente está asustada y, aunque pueda consumir, prefiere no hacerlo.

Encima, la mayor parte de las exportaciones se dirigen a países de nuestro entorno que aplican las mismas recetas y que también restringen sus compras al exterior. Imitar la política alemana es necio sin tener una economía parecida a la suya, sobre todo en cuanto a su potencia exportadora. Y aún lo es más cuando no tenemos su Estado del bienestar, una red que asegura una vida decente –alquileres, transportes, educación—a familias trabajadoras con ingresos de pobre.
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