Buscando las buenas noticias en la Cataluña postelectoral

29 de septiembre de 2015 (20:22 CET)

El protocolo de las noches electorales exige respetar ciertas tradiciones del ritual democrático: felicitar al vencedor; ser magnánimos e inclusivos en la victoria; mostrarse elegantes y leales en la derrota… Aunque parezcan restos de la vieja política, tienen una finalidad simbólica: anuncian subliminalmente a la ciudadanía el final de las hostilidades y el retorno a formas más civilizadas y dialogantes de dirimir las diferencias políticas.

En los discursos de la noche del 27 de septiembre (quizá porque las elecciones catalanas fueron de todo menos tradicionales) hubo poco apego a los usos habituales. Los líderes de uno y otro extremo de una contienda caracterizada por la polarización se mostraron lo suficientemente desafiantes como para dudar que se vuelva en breve a un juego político pausado en Cataluña.

Bastan como ejemplo las afirmaciones de Junts pel Sí, interpretando su victoria en escaños (que no en votos) como vía libre para proseguir su calendario hacia la independencia; o de la CUP, llamando a la desobediencia civil selectiva para acelerar la secesión; o de Ciutadans, cuyas primeras palabras fueron pedir la dimisión inmediata de Artur Mas y la celebración de nuevas elecciones.

Otros analistas de Economía Digital destripan para el lector las claves del 27S. Yo prefiero forzarme a un ejercicio de optimismo y buscar las buenas noticias –algunas muy escondidas— que se entrevén detrás del recuento.

La primera es obvia. La elevada participación (77%) no sólo es indicativa del grado de movilización suscitada por la cuestión central –la eventual independencia catalana—, sino que denota un renovado interés ciudadano en la política. La regeneración de la política (desde el municipio hasta la Corona) solo será efectiva si viene impulsada por una amplia participación social.

Digno de ulterior estudio es también el impacto de las emociones en el voto. Se ha dicho repetidamente que cada bravuconada, reprimenda o amenaza del Gobierno central ha creado miles de nuevos independentistas. Parece evidente que el miedo no ha tenido éxito, lo cual, independientemente de cuál sea la causa sometida a debate en una sociedad, es una buena cosa.

Pero la pretendida campaña de las sonrisas independentista –basada en deseos y promesas escasamente sustentadas en evidencias empíricas—tampoco ha funcionado del todo, a juzgar por el crecimiento explosivo de Ciutadans.

Atribuir el éxito del tándem Arrimadas/Rivera a un trasvase del PP y del PSC es excesivamente simplista. Un sector del electorado se ha sacudido como nunca del complejo de sentirse español,ante tanta presión soberanista y lo ha manifestando al votar a una opción que plantea una simbiosis positiva España-Cataluña.

¿Estrategia o suerte? No lo sabemos, pero la decisión de Albert Rivera de reservarse para las generales ha dado resultado. Inés Arrimadas ha conectado con un estrato multi-generacional, de variado espectro y ha capitalizado su imagen de chica normal representativa de centenares de miles de catalanes de segunda y tercera generación. En estos tiempos de corrección política, nadie ha osado atacarla por ser joven o ser mujer. El resultado ha superado todas las encuestas. Y esto, al margen de que defienda una opción determinada, es una magnífica noticia.

Como lo es Miquel Iceta. Un gay bajito lo suficientemente serio, inteligente, elocuente y firme cuando toca, que se puede permitir bailar como un derviche al son de Queen (buen gusto, amigo) y capitalizarlo. A veces un solo individuo cambia el signo de la historia. Mi impresión es que Iceta será el hombre que pondrá fin a la racha de derrotas del PSC–PSOE y devuelva la confianza a un partido que, si sabe recuperar un ideario y un posicionamiento propio, puede ser esencial en la construcción nuevos puentes entre Cataluña y España.

El 27S también tiene consecuencias salutíferas para el conjunto de la política española y los males que la aquejan: el inmovilismo y el populismo. Los dos grandes derrotados del plebiscito lanzado por Artur Mas son Mariano Rajoy y Pablo Iglesias, que ni son catalanes, ni optaban a ocupar un escaño en el Parlament de Cataluña.

La táctica sobre la que Rajoy ha basado toda su carrera –no hacer nada y esperar que sus enemigos se despeñen antes que él—ha fallado estrepitosamente. Su desidia, evidenciada en la ya famosa entrevista de Carlos Alsina en Onda Cero, corrobora su creciente desconexión con la realidad y lleva incluso a sus colaboradores a preguntarse si realmente queda algo que le importe un carajo.

En la noche del domingo, la inquietud aumentó exponencialmente entre los populares, ante lo que pueda ocurrir en las elecciones generales de diciembre y el escasísimo tiempo que resta para impedirlo. Si de ese temor surge un impulso –improbable pero no imposible—para  acabar con el inmovilismo marianista y renovar el partido, será una buena noticia. El PP acoge a la tradicional derecha sociológica española. Una realidad que no va a desaparecer y que no se puede ignorar.

Tras los comicios municipales de mayo –primer y notable castigo electoral del PP—parecía que el fulgor anaranjado de Albert Rivera perdía brillo. El resultado catalán, y la sensación de que Rivera y Arrimadas tienen tanto las ideas como la disposición para abordar el problema que el PP sólo ha afrontado con abogados del Estado, han vuelto a convertir a Ciudadanos en el riesgo principal para la continuidad del PP en La Moncloa.

Hasta hace poco, el enemigo a las puertas que temen por igual las gentes de orden de la calle Ganduxer y de la calle Serrano, era Podemos y su surtido de marcas: Barcelona en Común, Ahora Madrid, las Mareas gallegas y Catalunya Sí que es Pot. Pero el fracaso de esta última y su extraño candidato han propinado un nuevo golpe a un Pablo Iglesias que parece firmemente instalado en una curva descendente.

Cuestionado ya por un exceso de verbosidad; por su estilo adusto y por unas primarias neo-estalinistas para ser elegido candidato a La Moncloa, Iglesias debe asumir ahora el fiasco de apoyar en Cataluña a una lista no independentista (pero partidaria del derecho a decidir), cuyo cabeza afirmó haber votado sí-sí a la secesión hace 11 meses… Los electores huelen la confusión y la indefinición y huyen de ella. La buena noticia es que si una opción no sabe si es carne o pescado, el votante busca a quien sí lo sabe.

Es bueno, en definitiva,es que los catalanes hayan hablado y envíen a sus electos a un parlamento que –etimológicamente—significa "lugar en el que se habla".

Pero también hay una mala noticia. El resultado no soluciona la cuestión esencial: cómo buscar un acuerdo aceptable para una mayoría suficiente de ciudadanos en una comunidad que el 28 de septiembre amaneció igual de dividida e igual de enconada que el día anterior.
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