Barcelona se oxida detrás de la bandera

27 de enero de 2014 (00:00 CET)

Mientras Catalunya ocupa nuestras oraciones cada día, Barcelona es el pecado. La capital catalana sigue sin actualizar sus infraestructuras y eso la convierte en una ciudad con grandes carencias para su acceso por la vía del tráfico rodado. Los accesos norte o sur son un auténtico calvario para los usuarios, que resignados acatamos la situación desde hace demasiados años.

Ha tenido que ser la Cámara de Comercio de Barcelona quien ponga el grito en el cielo y avise de que las cosas se están haciendo mal. O, dicho de otra manera, no se están haciendo. Las rondas que circunvalan, las conexiones con el Baix Llobregat, el nudo de la Trinitat son sólo una muestra diaria de que a la Ciudad Condal le haría falta algo más que buenas palabras para garantizar su competitividad futura.


 
Tenemos que escuchar a los expertos de la Cámara y empezar a diseñar cómo será la ciudad del futuro

Si Barcelona empuja, la economía que genera e induce es de gran nivel. Si dejamos languidecer la ciudad y la inversión en infraestructuras se paraliza, quizá algún día nos quejemos con amargor de que nuestra ciudad es poco más que una buena residencia vacacional para turistas ricos en el centro y low cost en el resto.

Todos sabemos que nuestro gobierno autonómico está muy ocupado con su debate soberanista y que no se ha acometido ningún gran proyecto desde que Artur Mas llegó a la presidencia de la Generalitat. Sabemos que Madrid, después de construir un macroaeropuerto al que todavía no le hemos dado capacidad operativa ni conexión rápida con la ciudad, racionará el dinero y no estará por la labor mientras la política haya enfrentado modelos administrativos tan distintos.

Demasiado a menudo acostumbramos a olvidarnos de nuestra historia ¿Tanto cuesta reconocer que la cooperación entre administraciones, con una visión público-privada como brindaron los fastos de 1992, constituyó un impulso enorme para la ciudad, un empujón al que aún le estamos sacando los réditos? Deberíamos escuchar a los expertos de la Cámara barcelonesa y empezar a diseñar cómo será la ciudad del futuro, su área metropolitana, sus infraestructuras y su impacto económico y social.

En otros tiempos en los que habitaban faunas diferentes en los dos lados de la plaza Sant Jaume se consiguieron consensos básicos. Hoy no tenemos siquiera ese problema, el que nos aflige es el de la bandera, que la estamos haciendo tan grande que nos impide observar qué es lo que nos envejece peligrosamente detrás de su permanente ondear.
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