¿Baja el suflé soberanista o es sólo una tregua?

02 de febrero de 2015 (00:00 CET)

Desde hace días circula la sensación de que las últimas cosas vividas en Cataluña, con los porrazos que se han repartido convergentes y republicanos incluidos, podrían haber disminuido la tensión pública que el movimiento soberanista había trasladado a la calle, a los medios de comunicación afines y pagados e, incluso, al resto de España.

Tras el 9N todo parece más calmado. La primera razón es obvia, se contaron los partidarios y son los que son (muchos, pero no mayoría) en el momento más álgido de la historia del nacionalismo catalán. Hay quien desde el independentismo sostiene que todavía hay más, pero la movilización épico-sentimental que lograron es difícil que dejara a muchos partidarios de esa causa en sus casas.

El teatrillo de las hojas de ruta, de los intereses partidarios, de las listas únicas de las semanas siguientes sólo ha servido para demostrar que el llamado eje nacional o no nacional de la política catalana sólo es predominante cuando no hay incomparecencia del tradicional eje de conservadores y progresistas, o de izquierdas y derechas en sentido clásico.

Los nacionalistas catalanes se han peleado entre sí y han demostrado que comparten objetivo, pero no la vía ni los sacrificios necesarios. Mientras, el calendario electoral español ha radicalizado aún más al conjunto de la sociedad. Elecciones a la vista en Andalucía y en los ayuntamientos y autonomías de régimen común. Ya están todas las fuerzas políticas en precampaña y hasta el parsimonioso Mariano Rajoy ha decidido dar su particular batalla política con dos visitas recientes a Barcelona.

Podemos rompe el esquema y la vía de crecimiento del nacionalismo catalán y todas las encuestas que se van conociendo parecen abundar en su pujanza electoral tras las elecciones europeas. En Grecia ha habido sorpresa, y todo hace suponer que en España tendrán un papel entre hegemónico y determinante en las elecciones que se celebren. De hecho, en Cataluña, sin liderazgo conocido, ya se pronostica una fuerte irrupción parlamentaria. Tanto el partido de Pablo Iglesias como el de Albert Rivera están conformándose como nuevas fuerzas políticas con un discurso regenerador y de transformación política que en el territorio catalán era patrimonio único (por apropiación e incomparecencia del adversario) de los independentistas.

Pero claro, ni Podemos ni Ciudadanos están por aventuras secesionistas. Eso cambia una parte de la percepción popular de la que se adueñaron los nacionalistas, sobre todo en la parte de su discurso crítica con el sistema y con la desigualdad que el capitalismo ha generado en esta crisis económica.

En Cataluña están previstas unas elecciones a finales de septiembre. Pero a la vuelta del verano toda España estará inmersa en una terrible vorágine política que hará difícil darle al intento de plebiscito catalán ese carácter que sus organizadores ansían. Quizá sea una de las primeras veces en la historia de la democracia que los catalanes votaremos en unas autonómicas más en clave española que regional.

Tampoco debería descartarse que asistamos a una simple tregua para tomar aire y vender cara la derrota del proceso soberanista. Artur Mas ha demostrado que es capaz de mantener un alto empecinamiento sobre sus planteamientos. De verse acorralado, como todo apunta en el futuro próximo, es posible que intente revolverse con todas las fuerzas (pocas o muchas) que le queden. Cuando alguien se cree tocado por una especie de misión divina puede reaccionar de forma sorprendente. En ocho meses, la respuesta.
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