Aún no, no hay política industrial

12 de febrero de 2014 (18:02 CET)

El pasado lunes conversé con un industrial catalán. Se trata del propietario de una pequeña empresa del sector de la automoción, que al inicio de la crisis decidió trasladarse a Puebla, México, para poner en marcha una iniciativa empresarial encaminada a prestar servicios al macro complejo Volkswagen que existe en aquel Estado.

Después de hablarme sobre su visión, desde la lejanía física, de la situación económica de Catalunya y de la tasa de paro en el estado español, nuestra conversación derivó en el reclamo de una actuación decidida en favor de la industria y la reindustrialización del país.

Sus primeras palabras estuvieron cargadas de pesimismo sobre la posibilidad real de que supiéramos aprovechar las oportunidades que existen en diversas áreas.

Centrándose en Estados Unidos, este empresario detalló las razones por las cuales se había abierto un proceso de relocalización industrial. Después pasó a enumerar las razones por las cuales Catalunya, y especialmente el Vallés, estaba entre las regiones, a nivel mundial, con capacidad de ser reindustrializadas. Al final concluyó que “la reindustrialización es posible, y no es sólo un deseo en un momento de excesiva complejidad”.

Las razones, que en opinión del industrial, explican la posibilidad de la reindustrialización son la posición geográficamente privilegiada de Catalunya, la existencia de los empresarios que han interiorizado, desde hace décadas, el proceso industrial y que existen estructuras óptimas para el desarrollo de la actividad productiva que a la vez permiten su conexión con los mercados globales.

Afirmó también que Catalunya tiene una larga tradición industrial. Esto significa que hay un “saber hacer” y que a pesar de la enorme crisis de los últimos cinco años, sigue existiendo una base industrial sólida capaz de ser el motor del proceso de reindustrialización en un momento “en que los vientos juegan a favor de los procesos de relocalización hacia territorios más cercanos al consumo disminuyendo los crecientes costes de transporte”.

Finalmente, evocando su época universitaria en la UPC, me recordó la existencia de una excelente capacidad de innovación gracias al sólido sistema de centros de investigación y de transferencia de tecnología, como se certifica por las publicaciones en revistas catalogadas de prestigio internacional. Sin duda las razones que me expuso, justificando la posibilidad de reindustrialización, son conocidas y compartidas.

Al preguntarle si regresaría, si sería agente activo del proceso de reindustrialización, apenas sin dudarlo me respondió: “Aún no, no hay política industrial”. Ante mi silencio afirmó que la actual coyuntura económica, que se prolongará durante años, exige que las empresas actúen de otra manera; que valoren mucho más el capital humano; que implanten modelos de organización en red y sean menos jerárquicas; y que los empleados disfruten de los excedentes que se producen en los momentos de bonanza mediante modelos de organización más flexibles y adaptados al mundo global.

Sin embargo, estas actuaciones en el seno de las industrias deben ir acompañadas de una auténtica política industrial que solucione los problemas que impiden el incremento de la actividad y la competitividad.

En primer lugar, es necesario delimitar los precios de la electricidad con una política energética coherente y enfocada a la competitividad. En segundo lugar, hay que potenciar la inversión y la formación para extraer capacidad productiva a las tecnologías. 

En tercer lugar, hay que incentivar e incrementar la dotación de capital propio de las empresas. Es imprescindible que las empresas tengan capital suficiente para afrontar las exigencias de la inversión asociada a la innovación y a la expansión internacional.

En cuarto lugar, toda política industrial debe facilitar la incorporación de personas cualificadas y con amplios conocimientos, en especial doctores, licenciados, y graduados. 

En quinto lugar, hay que fomentar y facilitar el aumento de tamaño de las empresas para abordar las exigencias de los mercados internacionales, y a la vez potenciar el proceso de innovación, un hecho que exige la colaboración de las universidades.

Y, finalmente, es imprescindible disponer de una política fiscal motivadora.

Ciertamente, las afirmaciones sobre las prioridades no aportan nada nuevo a lo que reclaman muchas voces que siguen desarrollando la actividad en el territorio. Pero el valor que hay que darle es que son compartidas por industriales que, por diversas razones, decidieron trasladar su actividad hacia otros países y continentes.

Ahora que las circunstancias globales varían y que la reindustrialización, fruto de un nuevo proceso de localización, parece posible, ellos, los expatriados, tienen un potencial que debe ser considerado. Podrían ser agentes activos en el requerido proceso de reindustrialización de nuestro país, que es el suyo, con la finalidad de generar puestos de trabajo y ser motores de la recuperación económica.
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