Auge y caída del dúo Iglesias-Errejón

14 de julio de 2015 (17:51 CET)

Podemos nació como bufido y se articula poco a poco como contenido. Las pruebas del algodón han llegado en un lapso de dos meses: Andalucía primero y varios ayuntamientos y parlamentos regionales, algunos importantes, después. En este proceso de la palabra a la acción, el partido ha perdido su inocencia, decepcionado a los más ortodoxos y generado cierta inquietud (a veces decepción) en quienes le adjudicaban la difícil misión de la catarsis.

En su seno conviven dos almas: la vieja y seminal, a la que un día pertenecieron también Iglesias y Errejón, y la nueva y posibilista, bandera de nuestros líderes, llave de acceso a ciertas cotas de gobierno.

El troskismo es la base ideológica del primer bloque, en el que caben desde Teresa Rodríguez hasta Miguel Urbán, y de ahí nace el belicismo hacia un modelo de mando, el que intenta imponer el segundo bloque, que los críticos consideran propio de la casta a la que dicen combatir. Ellos, los troskos, apuestan por el espíritu asambleario, desde luego más plural pero a la vez terriblemente espeso y lento. El principal enemigo de Podemos es la versión B de Podemos.

Pero hay más roces. Iglesias y Errejón, antaño íntimos, se han alejado desde el arranque de la campaña electoral andaluza por una cuestión de alianzas y enfoque. El megalíder nunca quiso antagonizar con Rodríguez. Fue así como perdió el control sobre el equipo y, según muchos, como la formación desperdició su gran bala debutante.

Quince escaños no son pocos para quien nunca estuvo, pero los cálculos del éxito no bajaban de 20. Ya en la oposición, Teresa ha sido firme y ha evitado el juego de espejos de Susana Díaz, sin olvidar por ello que Pablo no deja de ser el rival a batir. Ambos se detestan. Cordialmente.

Una vez arremangado en las tareas de desbroce y desinfección, Iglesias ha intuido en Errejón la presencia de un poderoso rival. Una voz potente es útil siempre que coincida con la suya. Hasta ahora uno y otro han disimulado bien el distanciamiento, dándole a la conspiración el peso que comúnmente tiene en política, confiriendo a las puñaladas un carácter estrictamente íntimo y dejando que el tiempo trabaje en la dirección que estime conveniente.

Porque, conviene aclararlo, esta ruptura, quizás no definitiva, nada tiene que ver con la ética. La beca de Errejón en la Universidad de Málaga, pecadillo venial, queda en anécdota tras el fichaje de Tania Sánchez, cuyos asuntos con la justicia sí son carteles de neón tamaño Las Vegas. Son éstos asuntos que el gran público intuye y digiere en función de sus afinidades.

Para muchos, la subterránea batalla del ego frente al ágora es la irrefutable prueba de que cualquiera de las constelaciones ideadas por el hombre será eternamente esclava de las advertencias de Hobbes.

Para otros, la reestructuración del equipo hasta adaptarlo a una cadena de mando convencional supone más bien una oda al pragmatismo. Por el camino, en cualquier caso, el equipaje original vuela por los aires como en un descapotable, perdiéndose lo intrascendente entre cunetas, malezas y estaciones de servicio, conservándose, en teoría, los adminículos, las muletas que abrirán el melonar del poder y permitirán a Podemos incidir decisivamente en la transformación de España. Pendiente queda el papel de Errejón.

Si es intrascendente, su peso específico le ha salvado por ahora del olvido. Y si es auxiliar, habrá demostrado dos cosas: una extraordinaria capacidad de resistencia y la humildad de aceptar el segundo plano sabiéndose mejor que el jefe.

*Fede Durán, periodista y escritor 

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