Artur Mas aún no sabe leer

11 de enero de 2016 (04:00 CET)

Pere Ribera i Farran fue un reconocido pedagogo catalán. Dirigió el Liceo Francés y fundió y dirigió Aula Escola Europea. En ambos casos, en Barcelona. En aquellos centros contribuyó de forma decisiva y con gran rigor a la formación de miles de jóvenes de familias de la pequeña, mediana y alta burguesía barcelonesa, en su mayoría catalanistas y europeístas.

Uno de aquellos jóvenes alumnos de Pere Ribera –y, según parece, uno de sus discípulos predilectos- fue Artur Mas i Gavarró, a quien por muy poco no pudo ver como presidente de la Generalitat, ya que Mas accedió al cargo un año después de la defunción de su maestro, a finales de 2010.

A buen seguro que Ribera, hombre estrictamente cartesiano y de un gran catalanismo, no podría comprender cómo su antiguo alumno Mas no sólo ha mercadeado y humillado a la institución histórica que desde hace siglos encarna el autogobierno de Cataluña, sino que lo ha hecho simplemente porque aún no sabe leer.  

El estrafalario y rocambolesco disparate político que vivimos desde hace ya demasiado tiempo en Cataluña tiene un único motivo: Artur Mas confunde la realidad con sus deseos.

Sólo así puede entenderse la escalada de despropósitos que Mas viene encadenando desde que en 2012, cuando contaba con 62 diputados de CiU, había alcanzado su tan anhelada investidura presidencial gracias a la abstención del PSC y gobernaba sin problemas con el apoyo del PP. Luego anticipó las elecciones autonómicas a mitad del mandato con la ambición de conseguir una amplia mayoría absoluta pero perdió una docena de escaños y pasó a depender entonces de ERC.

Mas no supo leer la evolución de las corrientes políticas de fondo. Incurrió en el mismo error cuando, forzado por ERC y las entidades independentistas, anunció -¡con nueve meses de anticipación!- una segunda convocatoria adelantada de elecciones autonómicas, que se celebraron el pasado 27 de septiembre con los resultados ya sabidos.

A pesar de los 62 escaños obtenidos por la coalición de CDC y ERC con numerosos independientes, lo cierto es que CDC logró sólo 30 escaños, menos de la mitad de los conseguidos por CiU en 2010.  

No obstante, la incapacidad absoluta de Artur Mas para leer en clave política se produjo especialmente a partir del conocimiento de aquellos resultados. En unas elecciones planteadas como plebiscito sobre la independencia y en las que los votos secesionistas fueron sólo algo menos del 48%, Mas se empeñó en considerarse legitimado democráticamente para proseguir con su tan traído y llevado "proceso de transición nacional".

Para ello creyó que contaba, a causa de una legislación electoral que prima el voto rural frente al voto urbano, con los 62 diputados de su coalición y también con los 10 escaños de la CUP, formación independentista pero de izquierda radical, anticapitalista, antieuropeísta, asamblearia, un tanto ácrata y que siempre se había manifestado contraria a ceder sus votos e incluso sus abstenciones para investir de nuevo a Mas como presidente.

Todo lo vivido desde hace ya más de cien días en Cataluña es, y que se me perdone por recurrir a una cita tan socorrida, la crónica de una muerte anunciada. Y todo por no saber leer. Por empeñarse en confundir la realidad con los deseos.

Y con el triste resultado de una sociedad catalana cada vez más fracturada, desorientada y frustrada, un sistema de partidos políticos en riesgo de definitiva implosión y una parálisis económica de consecuencias muy negativas para el conjunto del país.      

¿Qué diría Pere Ribera?

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