Antoni Abad: empresa y patria

03 de noviembre de 2012 (18:48 CET)

Tiene el empecinamiento que le falta a Juan Rosell. Antoni Abad es el único que levantó la voz en la larga noche de José María Cuevas, aquel ex jefe de gabinete de Rodolfo Martín Villa que, en los años del “Movimiento comunión”, se enfrentó a las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS) de Raimundo Fernández-Cuesta, el último camisa parda. Cuevas compró su longevidad en la presidencia de la CEOE a base de intercambiar secretos con el presidente fundacional, Carlos Ferrer-Salat, el único hombre de negocios de la Transición, que había conocido los calabozos de Vía Layetana en los tiempos del comisario Creix y que incluso tuvo su momento en la galería de desafectos del penal de Entenza. Químico, banquero, estratega y europeísta conspicuo, Ferrer-Salat era tan poliédrico y viajado como estólido fue su valet de chambre patronal.

A lo largo de décadas, Cuevas mató de aburrimiento a la clase dirigente, hasta que un día de 2006, Antoni Abad, abandonó la junta de la CEOE acusando al trono corporativo de falta de debate y señalando al “inepto”, antes de dar un portazo. El golpe de genio no era gratuito; tuvo su origen en el ácido-crítico que Cuevas había vertió sobre la OPA catalana de Gas Natural sobre Endesa, que finalmente resultó frustrada por el empeño de Manuel Pizarro.

La cúpula patronal tiene miga; a menudo echa mano del resurget cineribus (resurgirás de tus cenizas), gracias a exponentes tan castizos, como el ubérrimo Arturo Fernández, el liberal José Antonio Segurado, presidente de la Fundación José Canalejas, o el inculpado Gerardo Díaz-Ferrán, acostumbrados todos a mezclar los negocios, la política y el placer, siguiendo el libro de estilo del armador Fernández Tapias, Fefé, y de la ex presidenta del Distrito Federal, Esperanza Aguirre. Al sentirse herido, Abad resolvió el inicio de una escalada nacionalista que le ha llevado hasta el reciente referéndum de Cecot, con un balance del 53% de empresarios partidarios de un Estado catalán vertebrado en Unión Europea. Cuando abandonó la lucha patronal, Abad ya estaba dentro de la causa del soberanismo: el peligroso pulso de la democracia contra la economía.

Es uno de los empresarios que han colocado su ideal por encima del umbral de pobreza, una dolencia que aqueja al 30% de los catalanes. Si nos fiamos de Cecot, al mundo empresarial, las estrecheces del ciudadano no parecen afectarle. Los recortes han mellado a la población, sin modificar el statu quo ni mejorar las finanzas públicas. El ejecutivo catalán ha perdido eficiencia y equidad. El de Mas, Mas-Colell y Mascarell, no es precisamente el Gobierno de los pobres. Tiene a los sindicatos enfrente y a la Cecot de su lado; pero, eso sí, pregona una independencia destinada a convertirse en la paz de los cementerios.

Abad teme la ruptura, la división territorial que tanto duele en los cuarteles generales de los grandes, los Gas Natural Fenosa, Repsol, Telefónica, Banc Sabadell o Abertis. Pero su Cecot es el mundo de la mediana y pequeña empresa, un engranaje liviano dispuesto a combatir el terror ontológico que provoca la segregación del mercado español. Al ponerse a las órdenes de CiU, ha decantado hacia su causa a cientos de emprendedores, inicialmente seguidores de la reactiva Sánchez Camacho, líder del PP catalán, una Casandra doméstica que anuncia el fin del oasis, el hundimiento de la civilización tranquila.

Los augurios que llegan de Madrid son legión. España dejó hace mucho de ofrecer alternativas vertebradoras para hablar de códigos y de preceptos constitucionales, envueltos en celofán. Soraya Sáenz de Santamaría ha sido esta semana el penúltimo puente. Pero no hace falta haber leído a Von Clausewitz para saber que el vencedor, cuando huele sus objetivos, se vuelve dulcemente pacífico. El historiador Jacques Julliard ha escrito que la unión entre Estado y nación es una “realidad afortunada, una feliz coincidencia, de la misma manera que lo son el amor y el matrimonio”. Pero querer hacer de ello una regla general “conduce al divorcio”.

En medio de la melé, el empresario schumpeteriano es una hoja a merced del viento. Economía no rima con valentía. Entre el deseo y la necesidad, Abad deshoja su margarita: “El corazón dice una cosa y a cabeza, otra”, manifestó la Nit de l’Empresari, una cena egarense cuya última edición reabrió la herida del Pacto Fiscal, con la ausencia elocuente del todavía alcalde de Terrassa, Pere Navarro, el socialista plano.

El olor de la sangre enciende los corazones de la federación nacionalista: “rozamos la mayoría absoluta”. La autodeterminación lima sus aristas. Se acerca la hora de sentarse de nuevo en la mesa de las agencias tributarias. El sueño confederal no está muerto; renacerá cuando las exigencias de la economía hayan superado sus actuales coordenadas.
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