Anemia del PP en Catalunya

23 de diciembre de 2013 (17:18 CET)

En circunstancias políticamente tan intricadas como la Catalunya de ahora, tener imaginación estratégica ayuda a marcar territorio y a captar electorado, al menos mantener al habitual. El elector tiene que creerse lo que le dicen los políticos en los que quisiera confiar. Ese es el problema en el Partido Popular de Catalunya (PPC) porque incluso sus seguidores más pétreos sienten la tentación de votar a Albert Rivera.

Sin duda, Ciutadans (Cs) no tiene que pagar precio ni castigo por haber estado en el poder, por haber tenido que gestionar una crisis ni por casos de corrupción. Le favorece el simple atractivo de lo nuevo en procesos de fatiga colectiva. Y el PPC responde torpemente reincidiendo en el error: se le nota su competir con Cs cuando lo más efectivo sería concentrar su artillería política en CiU-ERC. En política, la falta de fuste sobresale en los momentos críticos.

 
La 'operación Piqué' podría ser más útil que en su primera concepción, por contraste con la radicalización de CiU

Estos síntomas de astenia no son por completo achacables a las sucesivas y variadas direcciones del PP en Catalunya. Provienen de una larga trayectoria de vacíos, protagonismos, abandonos, giros y letargos cuyo motor está en los despachos del PP en Génova. Va desde una AP que con Fraga se desentendió de la Constitución, hasta la reconversión última en PP.

Con la sucesión inexplicada de líderes, estrategias y escenarios, el PPC ha mantenido un poso de afiliados de motivación intensa, pero no expansiva. Y entre afiliados y nuevos votantes la disparidad es creciente. Con ayuda del ministro Wert, el PPC raramente articula mensajes superadores del bloqueo independentista, ni aprovecha el exiguo espacio mediático de que dispone.

A simple vista, el PP en Catalunya sólo era un peón en el intercambio de prendas con CiU. Esa venía a ser toda la estrategia. Vidal-Quadras fue algo distinto y en sintonía con el aznarismo, pero enrocó en los pactos del Majestic. Luego vino la operación Piqué, que ahora incluso podría ser más útil que en su primera concepción, por contraste con la radicalización secesionista de CiU.

Al hundirse UCD, el pujolismo absorbió los votos de centro. Desde entonces AP y a continuación PP han ido dando bandazos. La falta flagrante de estrategia catalana por parte del PP en Madrid no exime de sus responsabilidades a un PPC con escasa capacidad de interlocución, lastrado por repartos internos de poder que se asemejan a la esclerosis. Es un PPC al que, bajo la presidencia de Alicia Sánchez-Camacho, cada vez se le ve más enfrascado en un seguidismo táctico de Ciutadans.

Hay un tapón generacional en el PP de Catalunya que impide toda renovación. Acalla las nuevas voces que podrían representar algo distinto a la caduca hegemonía que ostenta el aparato del partido, sin fluidez alguna con la realidad catalana, social, intelectual o empresarial. Al menos por su aspecto, el PPC es un partido de inercias urgido de reconstrucción estratégica.
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