Ana Mato: el silencio de la sanidad desmantelada

12 de octubre de 2014 (00:00 CET)

Freetown ensangrentada, Madrid amenazada. Mientras en Sierra Leona los perros mordisquean cadáveres, en Alcorcón los protectores lloran a Excalibur, la mascota de la enfermera Teresa. Ana Mato se ha tragado la irrupción del ébola. A los ojos del mundo, Madrid presenta un sistema de salud criminalmente desertizado por las privatizaciones del PP.

La ministra de Sanidad ha presentado su renuncia, pero Rajoy no se la admite. Le obliga a dar la cara. La salvó cuando se conoció su conexión con la trama Gürtel, a través de su ex pareja, Jesús Sepúlveda, el ex alcalde de Pozuelo de Alarcón. Mato iba entonces en Jaguar y viajaba gratis con sus hijos a cuenta de Correa, el cerebro de la trama. Correa pagaba el servicio doméstico y hasta sufragó la primera comunión de su hija; abonó los globos, el catering y los payasos de la fiesta.

Rajoy la protege. La apartó de Génova, la sede del PP, para evitar que María Dolores de Cospedal se la comiera. La rescató de las garras de la Doña y la nombró ministra para sacrificarla a las primeras de cambio. Ahora, tras la salida de Gallardón, el presidente prefiere retenerla y evitar su segunda crisis de Gobierno. Mato es amortizable por definición.

El ébola es la frontera de la lucha de clases. Mientras las calles Monrovia son cementerios improvisados, la comunidad internacional mantiene una frialdad insospechada. “Hay que apagar el fuego allí donde están las llamas; no esperar a que te alcancen”, dice Médicos sin Fronteras que lleva combatiendo la enfermedad desde hace cuatro décadas. La monja Paciencia Melgar fue abandonada a su suerte en Guinea cuando las autoridades españolas trasladaron a los misioneros infectados en aviones medicalizados. Días después, Sanidad trajo a la monja a Madrid para utilizar su suero con anticuerpos que habían derrotado al virus. El dolor es internacional, pero la salud tiene fronteras.

La ministra Mato tiene un currículum conservador de raíz puritana. Comenzó en la Alianza Popular de Fraga y saltó en 1987 a la Junta de Castilla y León como asesora en el gabinete de José María Aznar. Echó raíces en el “clan de Valladolid”, junto a Miguel Ángel Rodríguez y Miguel Ángel Cortés, los miguelángeles que desembarcaron en el Madrid de Puerta de Alcalá y Salamanca como un vendaval futurista, nietos adoptivos de Marinetti y José Bergamín. Ante los excesos de la segunda legislatura de Aznar, ella se recató junto a Sepúlveda en el otro Madrid, el de los enjambres de adosados y jardín secreto que se desparraman por las laderas del Guadarrama.

Su Ministerio de Sanidad había de ser una vicaría concebida para arbitrar las competencias de salud pública cedidas a las CCAA. Pero llegó el virus que atraviesa lo que Bernard Coushner, ex ministro francés, calificó de cinturón invisible. Uno de los héroes de este cinturón, Juan Manuel Parra, el médico de Alcorcón que atendió a Teresa durante 16 horas sin la protección adecuada, representa la España del rigor ante la molicie del Gobierno. Su firmeza demuestra el valor del juramento hipocrático.

En el Carlos III, Sanidad ha reabierto precipitadamente la unidad de desinfección chapada en tiempos de Esperanza Aguirre, una mujer de tronío, ropa de marca y Clínica Mayo. Cuando estalló el drama, el consejero de Sanidad de Madrid, Javier Rodríguez, acusó a Teresa de haberse infectado a sí misma. Esta es la catadura moral del partido del poder. Rajoy no entiende todavía que el ébola puede llevarse por delante a su Gobierno. Bruselas considera a los hospitales capitalinos como centros de campaña donde los restos de los enfermos de ébola viajaron durante días en los ascensores de todos los pacientes. Y, en medio del esperpento, Mato ha hecho las maletas, pero Rajoy se niega a mandarle el motorista.
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