Algunos temblores en los sólidos cimientos del grupo Godó

29 de marzo de 2014 (20:25 CET)

La noticia avanzada por este medio de que el empresario Javier Moll, propietario de Editorial Prensa Ibérica, mantiene negociaciones para la adquisición de Grupo Zeta ha causado inquietud no sólo en los dos holdings editoriales implicados, sino que también se ha convertido en motivo de preocupación para su competidor, el grupo que lidera Javier Godó.

Aunque al conde no se le puede reprochar una gestión aventurada de sus negocios, es cierto que algunas iniciativas en los últimos años no acaban de dar los frutos deseados. Su división audiovisual sigue perdiendo dinero por la puerta trasera de la televisión (8TV) y la radio (RAC1), pese a su liderazgo de audiencia e influencia, tampoco acaba de suponer un gran negocio por su limitación territorial y lingüística.

El diario de los Godó tiene una reconversión pendiente desde hace ya muchos años. Las estructuras empresariales y profesionales de La Vanguardia siguen acomodadas a los tiempos previos a la existencia de internet y estaban acostumbradas a disfrutar de una economía que les permitía obtener grandes recursos de los motores que empujaron España en los años del círculo virtuoso.

Sus otros intereses en medios, antaño una inagotable fuente de dividendos como los procedentes de su 18% de la Cadena SER, también han dejado de manar con el mismo caudal y hasta han provocado un inusual enfrentamiento entre la familia catalana y Juan Luis Cebrián, el capitoste de Prisa y el ejecutivo mejor remunerado de los mass media españoles.

Por más que se haya criminalizado erróneamente a José Antich como un furioso independentista, el entreguismo de Godó al nacionalismo gobernante en Catalunya le ha permitido atenuar con dinero público alguna línea de la cuenta de resultados que, de otra manera, hubiera presentado un color inaudito para un grupo con clara tradición de ganar dinero en su negocio editorial.

Ahora, cuando la presión política y su propia posición ideológica, le ha obligado a un cambio de orientación en el diario (que no así en la división audiovisual), los recursos públicos pueden menguar (o cambiar de administración que los proporcione). La externalización de la actividad comercial de la televisión y radio pública catalana, a la que opta el grupo Godó, está siendo vista por los profesionales del sector como una posible compensación.

Pero la eventual llegada de Moll a Grupo Zeta sí que inquieta a la familia editora de La Vanguardia. Prensa Ibérica es un grupo del sector que conoce a la perfección el modelo de negocio de la prensa regional, además de ser financieramente tan sólido o más que los Godó, y un eventual competidor inesperado y correoso.

La operación entre Moll y Zeta no está cerrada. Podría incluso fracasar en las próximas semanas si el nuevo presidente del Instituto de la Empresa Familiar no se decide a comprometer sus propios recursos y asume una parte del riesgo que Antonio Asensio mantiene ante la banca acreedora.

Pero si los Moll adquieren las cabeceras regionales de Zeta y se convierten en los nuevos editores de El Periódico y Sport, a los Godó les habrá nacido un competidor serio donde no se esperaba más que un lento fenecer de los adversarios. Y eso, en las plantas nobles de Francesc Macià, preocupa. Y no poco
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