Alberto Palatchi: la fusta autoritaria bajo el tafetán nupcial

26 de enero de 2013 (18:06 CET)

Todo empezó con la pasión turca. No la de Desideria Oliván de Antonio Gala, sino la del arrebato de cualquier mujer dispuesta a vestirse de novia en Pronovias. Su patrón, Alberto Palatchi, propulsó la conocida marca nupcial después de quedarse, a base de tejemanejes, con los activos de El Suizo, un conocido establecimiento de la Barcelona del novecientos fundado por su padre, emprendedor de ascendencia otomana.

Palatchi ha desentumecido las bodas; ha desterrado los banquetes de mantilla y pompón. Pero su éxito exonera el atuendo de la moral. Se fundamenta en el dolor de los de abajo, en el angosto margen que queda entre el coste y el valor añadido. El ocre pastel de Rosa Clará --la reconocida diseñadora fue primero su empleada-- le ayudó a entender que la gente no siempre se casa de blanco. Clará empezó con Palatchi, pero acabaron mal. Desgastado por el gusto azacaneado de las puestas de largo (lamentable remake barcelonés), el empresario se volvió inquisitorial. Ambos llevaron sus desencuentros ante los tribunales.

La historia es conocida: ella lo acusó de prepotente y él la demandó por competencia desleal. Aunque el contencioso duró muchos años, aquella disputa no fue nada que no pudiera resolverse en un brindis. Pero Palatchi no transige, es de los que le ponen precio a un mohín. Se busca en el espejo de los que empezaron de abajo, como Guy Laroche o Coco Chanel. Utiliza con sus creativos la fusta del modelo francés. Es el clásico patrón autoritario de la alta costura. Sus empleados le temen y lo cuentan desconfiados, volviendo atrás la mirada.

Los Palatchi persiguen a la diosa Fortuna. El hermano de Alberto, Stefano Palatchi, casi desconocido en el mundo de la empresa, es cantante de ópera. Un reputado bajo, prototipo del basso verdiano que estudió con Maya Maiska, y también con Gino Bechi, Ettore Campogalliani y Armen Boyajian, en Florencia y Nueva York. Alberto, por su parte, además de patrón, es el protagonista del entronque Palatchi-Gallardo, a través de su matrimonio con Susana Gallardo, accionista de Almirall. El laboratorio catalán que, tras fusionarse con la Prodesfarma de Vila-Casas, emprendió el vuelo en los mercados cotizados gracias a la homologación internacional de sus marcas. Susana, formada en la escuela Aula y en Oxford, desempeña la vicepresidencia de Pronovias y es consejera de CaixaBank. Este núcleo patrimonial reúne sus inversiones inmobiliarias a través de Herprisa, una sociedad de la que cuelgan fincas frente al mar y en la montaña; en Puigcerdà, junto al golf del Mas Aransó, una antigua propiedad de Salvador Andreu, el mítico farmacéutico.

El dueño de Pronovias despliega mundanidad discreta. Sus tafetanes de castillo encantado están concebidos para Blancanieves, pero se tejen con dolor de Cenicienta. Lo sufrió Manuel Mota, el famoso creativo de Pronovias que ha saltado recientemente a las primeras páginas después de protagonizar un dramático suicidio. Hace apenas dos semanas, Mota acabó con su vida clavándose un cuchillo en el pecho al modo de los poetas románticos incomprendidos. El reconocido diseñador siguió el hilo de Karoline von Günderrode, que en 1806 se clavó un puñal en el corazón junto al Rin, a causa de un amor desdichado. Günderrode fue la amiga íntima de Bettina Brentano, una de las cumbres del movimiento Sturm und Drang liderado por Goethe. En aquellos años, el suicidio llegó a considerarse la conclusión lógica del artista incomprendido. Cuando Thomas Chatterton se quitó la vida, sacudió a media Europa. Los románticos estamparon su lema en letras de molde: “Genio y muerte prematura”. Al compás de este principio, Novalis se abandonó hasta morir. Lo siguieron Heinrich von Kleist, la citada Günderrode y, entre otros, nuestro Mariano José de Larra, que se quitó la vida disparándose en la sien delante de un espejo.

Manuel Mota no escribió ni pintó, pero sí que ha sido un genio de la aguja y el dedal. Y tal vez la muerte que él se infligió en la camilla de un ambulatorio de Sitges deba archivarse con honores en el panteón de otros que le precedieron, incapaces de soportar los vaivenes de su profesión, del amor o del olvido, como el propio Christian Dior o como Alexander McQueen.

El deceso de Mota ha sido un drama para sus íntimos y una conmoción en el mundo de la moda. La hermana del diseñador, Fina Mota, ha denunciado la existencia de tensiones en Pronovias que habrían podido desencadenar el drama. El interés por conocer las razones de fondo del caso --Manuel Mota dejó tres cartas: una a los Mossos d’Esquadra, otra a su pareja sentimental, el joyero Daniel Lecegui, y otra a su hermana-- ha llevado al conseller de Empresa i Ocupació, Felip Puig, a solicitar información a los cuerpos de seguridad. La trama de un atestado forense se ha cruzado esta vez en el camino de la costura.

En la saga de los Palatchi, Alberto, fundador de Pronovias (factura 150 millones de euros), conocido con el sobrenombre de Tito, representa a la tercera generación. Mucho antes de crear El Suizo, su padre, Palatchi Bienveniste, llegó a Barcelona desde Estambul con un maleta llena de bordados. Cruzó el Bósforo y, seguramente, lo contó muchas veces utilizando un tiempo verbal del pasado, propio del idioma turco. “Una voz al límite de lo real, entre lo que ha ocurrido y lo que imaginariamente creemos cierto”, en palabras del premio Nobel Orhan Pamuk. Llegaba de Anatolia, un entorno melancólico, con más afinidad con el mundo de Simón Bocanegra y La Forza del destino que con el guadamecí dorado de las arras nupciales. La herencia vital (Stefano) no coincide siempre con la económica (Alberto). Sea como sea, Palatchi padre refundó aquí, al otro lado del mar, la rama catalana de su estirpe.
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