¡Al loro, que no estamos tan mal! Miren a Francia

22 de mayo de 2014 (00:00 CET)

La españolísima y dañina tendencia a la autoflagelación es histórica. Los de la generación del 1898 ya dieron una buena prueba de aquel romanticismo al perder las colonias que, en buena parte, se ha recuperado por parte de algunos nacionalismos en tiempos más recientes.

Las generaciones actuales no han cambiado mucho y sólo han tenido un pequeño momento de proximidad al cielo: cuando España ganó el último mundial de fútbol. Todo lo demás acostumbra a formar parte del lamento y de la escasa consideración que un país tiene de sí mismo.


 
Nuestras chapuzas locales no deben aplaudirse ni son una exclusiva del africanismo que nos atribuimos

Viene a cuento después de leer lo acontecido en Francia. Aquí encontrarán todo el detalle, pero en síntesis se trata de una pifia monumental de un país superestatizado, con una gran función pública, pero en el que los errores acontecen como en cualquier república bananera. Haber invertido 15.000 millones de euros en adquirir 2.000 unidades de vagones y trenes que ahora no caben en sus estaciones es un ridículo estrepitoso. Lo dicho, más propio de país africano que de uno de los motores de Europa.

 

¿Cómo fue posible que esto sucediera? Lo atribuyen a la descoordinación entre la SNCF (la Renfe francesa), el gestor de la red RFF (Adif, en España) y las dos empresas encargadas de producir los vagones más grandes que jamás cabrán en la mayoría de estaciones francesas: Siemens y Alstom. A la socialista Ségolène Royal, que acaba de asumir el cargo de ministra de Transporte, no le ha temblado el pulso en decir que lo sucedido es una “decisión estúpida” y que exigirán responsabilidades. ¡Qué menos!

Como consuelo nos queda pensar que nuestras chapuzas locales en el AVE, en el Carmel, en tantas y tantas obras públicas, no deben aplaudirse pero tampoco son una exclusiva del africanismo que a veces nos atribuimos. De acuerdo que no tienen perdón, pero una vez depuradas, no deben abundar en esa especie de monolítico canto a la desesperanza colectivo que entona el país. En eso deberíamos aprender del personaje que pilotó el Barça durante tiempo y que se ha convertido en una cierta caricatura del ejercicio del poder: “¡Al loro, no estamos tan mal!”. Pues eso.

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