Ahora toca estelada

04 de noviembre de 2015 (18:30 CET)

En el mundo soberanista se tiende a hacer un uso muy abusivo de la idea de la libertad de expresión, concepto que se hace extensivo a cualquier manifestación del llamado proceso que se pueda encontrar con algún obstáculo, ya sea legal, político o de simple sentido común. Y así, la presión sobre los jueces o el uso partidista de los espacios públicos o institucionales es un simple ejercicio de la libertad de expresión.

Es absurdo considerar libertad de expresión manifestaciones que cuentan con el apoyo de los poderes públicos y de los medios de comunicación afines. En realidad es un sarcasmo. La libertad de expresión es un derecho individual que se configuró contra el despotismo del poder absoluto. Que sea necesario recordar algo tan elemental da una idea de la confusión que la propaganda nacionalista ha conseguido introducir en la opinión pública de este país.

En el caso concreto del Camp Nou tenemos un ejemplo más del sencillo mecanismo nacionalista de recurrir siempre a un enemigo exterior. En este caso, como no hay autoridad alguna en este país que limite la exhibición de la bandera independentista ha sido necesario identificar un nuevo adversario que en este caso es la UEFA.

Lo más grave y al mismo tiempo ridículo del nuevo episodio es la decisión del Presidente del F.C. Barcelona de envolverse en la bandera independentista  para desviar la atención de la opinión pública de sus problemas de gestión y, de paso, entregar el club a la estrategia rupturista patrocinada por la Generalitat. Es una apuesta muy arriesgada. Sobre todo para el F. C. Barcelona.

Es especialmente lamentable que, en su intento de justificar ante la opinión pública un movimiento tan inesperado, Bartomeu haya hecho algunas afirmaciones que no solo son inciertas sino que constituyen auténticas barbaridades.

Bartomeu llegó a decir ante la Asamblea que la estelada es un signo de identidad del club y que su exhibición no ofende a nadie, un posicionamiento que como mínimo ofende al sentido común y con él a una parte sustancial de los socios, simpatizantes de la institución y ciudadanos de este país que empiezan a estar hartos de aguantar resignadamente la conversión del Camp Nou en otro espacio indebidamente ocupado por el nacionalismo radical.

Con su cambio de estrategia sobre la marcha, justamente a la vuelta de Qatar sin haber resuelto el problema que se suponía que había ido a resolver, Bartomeu ha abrazado la desinhibición que siempre han planteado sus adversarios más contundentes. Ha renunciado a su forma de ser, a las propuestas de centralidad que le condujeron a la presidencia hace sólo unos meses y ha adoptado el estilo y los mensajes de la alternativa Laporta - Sala Martín. Es decir, el programa de entrega del FC Barcelona a la estrategia nacionalista.

De esta manera, Bartomeu quedará identificado como el primer presidente del F. C. Barcelona que habrá cedido ante las presiones de la Generalitat y quebrado la autonomía de la institución. Una invasión que, por cierto, no había conseguido ni el muy intervencionista Jordi Pujol.

Con ello, el Barça ha dado un primer paso para dejar de ser un espacio de confluencia de unos socios y simpatizantes que tienen una gran diversidad de opiniones políticas, como mínimo la misma diversidad del país, para convertirse en una plataforma más de presión del nacionalismo radical.

El presidente del F. C. Barcelona podrá envanecerse en cualquier caso de la rápida conversión al oficialismo de los periodistas que mayor inquina le profesaban y, desde luego, de la protección de los medios oficiales. Bartomeu dispondrá ahora de todo el apoyo de los medios de comunicación públicos y de la agobiante blogosfera nacionalista subvencionada.

Lo va a necesitar, porque en una carrera tan loca como la de sus mentores, el F. C. Barcelona se ha embarcado en una batalla de la que no está nada claro que pueda salir con dignidad.
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