Ahí está la pared

18 de octubre de 2015 (16:49 CET)

El político español siempre tiene un discurso en el bolsillo. Lo trabaja en los hornos de la asesoría, lo amasa en las noches en vela de las vísperas y lo escupe cuando toca, adaptándolo al medio, afilando el verbo si se trata de un parlamento, vulgarizándolo si le rodea la plebe y en el horizonte se recortan siglas y estandartes. Un discurso es un monólogo, o sea, una zona de seguridad que no conviene rebasar, porque fuera del perímetro aguardan los chacales del periodismo. Y un periodista debería ser una pregunta incómoda, una rendición de cuentas, el exterminio de la memoria enlatada.

Para eludir semejante exposición al fuego, los aparatos partidistas y sobre todo gubernamentales han comprado las fincas adyacentes y ampliado el campo de defensa. El plasma es sencillamente alambre de espino. Su mera presencia confirma el terror que los ilustres exhiben ante la espontaneidad. Digamos que el espíritu germano de la Estructura predomina en un país por definición algo más espontáneo. ¿Y qué es la espontaneidad? Churchill daba una pista: "Claro que se me da bien improvisar. Sólo necesito una semana ensayando". No nos engañemos: la espontaneidad no es llegar desnudo a Kabul sino haber entrenado los reflejos.

Pero volvamos a la Estructura y subrayemos su ubicuidad. Una sesión de control en el Congreso no es más que una telenovela. Los protagonistas se reparten los planos, reciben los aplausos forzosos de sus partidarios y lanzan (nuevamente) sus soliloquios de plexiglás. En la reacción del oponente no se atisba la virtud de la interacción sino el precinto del producto puro, libre de influencias y contaminaciones, que suponen las ideas propias. No es un diálogo. Es un concurso de meadas.

El mitin es el paroxismo del aislamiento del líder en su burbuja lisérgica. Los besamanos populares no estrechan vínculos, confirman torpezas y contorsiones. Las cumbres bilaterales, los cónclaves internacionales, las abarrotadas fotos de familia son pruebas irrefutables de esa soledad entre iguales que algunos llaman poder. Y, pese a todo, hay diferencias. Porque Obama no se parece a Rajoy. Fíjense en el primero. Nunca atacará un auditorio sin la chuleta del teleprompter, pero será muy capaz de lanzarse colina abajo lejos del escenario, entre mineros, estibadores o estudiantes de informática, haya o no cámaras delante. Podrá encestar un par de triples porque jugó al baloncesto. Podrá bailar porque aprendió a moverse en el instituto. Podrá tenderle la mano a Putin con cara de asco porque nunca le gustaron los matones. Podrá decir Yes I Can sin una pizca de impostura.

¿Y Rajoy, Sánchez, los barones autonómicos y el grueso de la expedición hispana, incluidísimo Artur Mas, ese hombre histriónico en su hieratismo? Ellos son víctimas del espejo, la adulación, el asco al intercambio de ideas y ese prejuicio tan extendido e inconsistente que reza que un fallo en público es mortal ante las urnas, como si no los contásemos a miles y nunca ocurriese nada. En la plenitud de esta carencia, España expone su déficit de madurez democrática. Estos señores quieren conquistar nuestros corazones con palabras de estaño y caricias de púas. Quieren endilgarnos debates televisivos castrados. Quieren reforzar la pared que separa sus vidas y las nuestras (perdóneme, Omara Portuondo). Y quieren, sobre todas las cosas, anular la vigilancia a veces furiosa, a veces laxa y a veces terriblemente honesta del cuarto poder. Aunque haya grandiosas excepciones. Aunque exista Montoro. 

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