Adolfo Suárez: Josep Pallach y Miquel Roca

25 de marzo de 2014 (19:44 CET)

Tuve la suerte de conocer al Presidente Adolfo Suárez y por causalidad tener dos largas conversaciones con él. La segunda fue en los 90 en su despacho de Antonio Maura de Madrid que compartía con su cuñado y mano derecha, Aurelio Delgado. Algunos amigos americanos me pidieron ponerse en contacto con él para establecer una colaboración. No prosperó, pero el tema técnico nos ocupó diez minutos y los otros cincuenta los dedicamos a comentar la situación política de finales del felipismo.

La primera conversación fue en 1986 en la sala de autoridades del Aeropuerto de Barcelona. Ambos habíamos perdido un puente aéreo a Madrid y el siguiente fue suspendido por falta de aparato.

Fue una larga conversación en la que lo primero que me cautivó fue su cordialidad. De entrada, cuando me presenté, dijo conocerme y saber que era teniente de alcalde de Barcelona.

La verdad es que lo había saludado protocolariamente por primera vez en 1980 siendo concejal y, posteriormente, en dos o tres ocasiones más. Supongo que cuando llegué a la sala de autoridades, el personal de Iberia le había dado la información, pero él me hizo sentirme a gusto con su reconocimiento. Hablamos de lo humano y lo divino.

Era la primavera del 86 y me preguntó exhaustivamente sobre las posibilidades de ganar la candidatura a los JJOO del 92, sobre las obras de Barcelona, sobre el Presidente Pujol, Raimon Obiols, Pasqual Maragall y muchos más temas de la política catalana. Y metidos en harina yo le pregunté por la operación reformista que estaba en marcha de cara a las elecciones de junio.

A lo largo de la conversación en diferentes ocasiones Cuqui, la directora de la sala de autoridades, había entrado para entregarle a Suárez una nota. La primera vez le contestó por escrito. Las otras veces muy amablemente le pidió que dijese que no podía ponerse al teléfono porque estaba en una reunión.

A mi pregunta sobre la operación reformista me contestó diciendo que las llamadas eran de Miquel Roca que quería hablar con él del tema y él no quería. Al siguiente papelito contestó verbalmente: “Dígale al Sr. Miquel Roca que ya estoy volando hacia Madrid, no sea que se le ocurra presentarse en el aeropuerto”. Cuando nos quedamos nuevamente solos me dio una magnífica lección de política.

“Miquel quiere hablar conmigo para que cuando le pregunten si ha hablado conmigo poder contestar que sí. No dirá ninguna mentira. Porque será verdad que ha hablado conmigo, aunque no hayamos hablado sobre la operación reformista, pero los comentarios de los politólogos se dispararán y yo no quiero participar en la operación reformista ni voy a dejar que me utilicen. La consecuencia es que no puedo hablar con él y ni lo voy hacer”.

En este país donde todos los políticos son iguales, algunos son diferentes. Cuando en julio de 1976 el Rey nombró Presidente del Gobierno a Adolfo Suárez, el único político español que escribió un artículo diciendo que había acertado fue Josep Pallach, líder del Reagrupament y miembro fundador de la Plataforma Democrática que más tarde se fusionaría con la Junta Democrática agrupando a toda la oposición democrática.

Su argumento era sencillo: “Para destruir el Régimen se necesita alguien del Régimen. Se tiene que destruir desde dentro, no desde fuera”. Así lo escribió. Todos los demás se equivocaron. El día antes del nombramiento de Suárez, el Rey había comido con Gastón Thorn y esa misma noche cenó con Josep Pallach en la Costa Brava. Fue el único político español que tuvo la información antes de hacerse pública.
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