A propósito del AVE

17 de enero de 2011 (12:56 CET)

En los últimos tiempos se está conformando una opinión muy compartida al considerar la inversión en el AVE como un grave error. Más allá del desacuerdo de algunas comunidades autónomas a su diseño radial, la crítica a su coste económico, tanto de inversión como de explotación, es cada vez más recurrente. Una coincidencia tan mayoritaria como la que hace, no tantos años, valoraba como una magnífica política la inversión en la red de AVE.

No querría entrar tanto en el debate acerca del sentido y oportunidad de la inversión en alta velocidad como en el hecho del cambio radical en el estado de opinión. Hace unos pocos años, eran muy contadas las voces que planteaban sus dudas acerca de la conveniencia de priorizar la inversión en alta velocidad frente a otras necesidades en el transporte. Y, evidentemente, nadie las tenía en cuenta.

Por ello, el caso del AVE puede ser paradigmático de la dinámica de las grandes verdades que jamás desaparecen, se transforman, unas suceden a otras y, en no pocas ocasiones, sus portavoces son los mismos.

Y, ahora, nos enfrentamos a una nueva gran verdad: las reformas. No solo del fondo de las reformas, sino también de las formas. De cómo se proclaman. No se admiten dudas, hay que ser decidido y valiente, y sin margen para el debate.
Considero que hay ajustes y reformas claramente imprescindibles. Y deben abordarse, pero no de cualquier modo. Dos ejemplos creo que ilustran esta dinámica tan peligrosa en la que nos hemos instalado.

El primero, la supresión de las cuotas obligatorias a las cámaras de comercio. No voy aquí a defender la función de las cámaras. No es lo que pretendo. Corresponde a los empresarios, que son los beneficiarios de su actividad, manifestar su acuerdo o desacuerdo con sus Cámaras. Pero considero que debe destacarse la manera en que se ha decidido la supresión. ¿No se podía plantear un período de transición? ¿Es necesario demostrar arrojo y valentía de esta manera? ¿Les importa a los mercados si la supresión es inminente o se adopta un plazo sensato de transición?

El segundo, las ayudas a los parados de larga duración. Llevo días preguntándome si, en las actuales circunstancias, se pueden suprimir las ayudas mínimas a aquellas personas en situación de desempleo de larga duración. Una cuestión determinante es saber si a estas personas les resulta mínimamente posible acceder al mercado de trabajo, aunque estén dispuestas a ofrecer su trabajo a cambio de un salario que roza lo humillante. La respuesta es contundente: no es posible encontrar trabajo.

Consideraría coherente suprimir las ayudas si renunciaran a ofertas de puestos de trabajo, ó si no asistieran a cursos de formación. Incluso si, sin darse las condiciones previas, la economía ya empezara, aunque tímidamente, a generar ocupación, y en el ánimo colectivo se visualizara la posibilidad de incorporarse al mercado laboral. Pero esta circunstancia tampoco se da. Lamento esta decisión. Creo que podía hacerse de otra manera y evitar sufrimiento.

Jordi Alberich es economista.
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