Un futuro para NCG

28 de noviembre de 2012 (22:54 CET)

Muy pocos podrán decir que esto del plan de recapitalización de Novacaixagalicia Banco, y sobre todo, sus consecuencias, no se veía venir. La cuestión, en todo caso, podrá estar en el cuándo, en qué momento la hoja de ruta trazada a partes casi iguales desde Bruselas y desde el Ministerio de Economía se convirtió en irreversible. En un camino sin retorno. Porque solo faltaba por conocer los números a un plan al que Joaquín Almunia, el vicepresidente de la Comisión Europea, simplemente se ha limitado a poner voz grave. Y es que el plan anunciado estaba previamente negociado entre el equipo de José María Castellano, que partía en clara desventaja, los hombres de gris de Luis de Guindos, y los de negro de la troika. Pero conviene analizar el papel de todos los protagonistas de esta historia, así como los factores que van a determinar el futuro de NCG, aunque solo sea porque representa la mitad de lo que queda del sistema financiero gallego.

Queda lo más duro. Los sacrificios que tendrá que hacer la entidad gallega para recibir la inyección de Bruselas harán que su tamaño termine en la horquilla de entre 30.000 y 40.000 millones de euros en activos. Cuando se integraron, Caixanova tenía casi 32.000 millones en su balance frente a los 46.339 millones de Caixa Galicia. NCG recibirá 5.425 millones de euros, y a cambio tendrá que reducir su red de oficinas un 43% sobre las existentes en diciembre del 2010, y su tamaño (volumen de activos), en un 60% menos. NCG ha ejecutado dos ERE: el primero, para 1.230 empleados, se amplió a otros 350. La segunda regulación, vigente hasta abril de 2014, buscaba la salida de 350 trabajadores más. En total ya han salido 1.930. El camino ahora son otros 2.500 empleos menos, 1.023 de ellos en la red de Novagalicia. NCG se parecerá mucho más a Caixanova después del saneamiento.

Vuelta al pasado
. Por momentos, las declaraciones de Joaquín Almunia cuando analizaba las nuevas exigencias de negocio para la entidad, al decir que debe volver a la banca retail y minorista, a sus zonas de actuación geográficas tradicionales y a un negocio lejos del ladrillo y de los sueños industriales, parecían un calco de los proyectos de José Luis Méndez cuando todavía era el rubio de oro. Porque el hombre que dejó Caixa Galicia hecha jirones trazaba esa misma línea de actuación allá por los noventa, cuando diseñaba una expansión en mancha para la entidad, por Asturias y Castilla y León. Ahora, cuando nos hemos dado de bruces con la realidad, tendremos que cambiar el traje de raya diplomática por los viejos manguitos de contable para hacer caja con lo que queda de un sueño roto, las participaciones industriales, que se venderán a precio casi de saldo.  

Los errores tienen nombres. Así como tienen nombre y apellidos los exdirectivos que con la guerra de las indemnizaciones millonarias tanto daño han hecho a la entidad, también lo tienen unos gestores que, como José Luis Méndez, quisieron compartir la mesa y el mantel de la gloria con los grandes de las finanzas de este país. Y casi lo consiguieron. Julio Fernández Gayoso, más veterano pero no por ello más sabio, siguió los pasos de Méndez desde Caixanova, con unas apuestas inmobiliarias similares, aunque a distancia. La Xunta tampoco puede decir a estas alturas que toda la culpa del fiasco de la fusión fue del Banco de España. Es muy fácil disparar así. Porque en San Caetano saben muy bien que una de las primeras cosas que hizo con las cajas Núñez Feijóo cuando llegó al poder fue no fiarse para nada de sus gestores y colocar a dos altos funcionarios de Facenda en las comisiones de control de unas entidades cuyos consejos de administración, por momentos, se parecían a un entusiasta club de fans político-social dejándose engañar a cambio de una efímera cuota de pompa y oropel.

Caste tenía un plan. Nadie a estas alturas podrá decir que José María Castellano pasará a la historia económica de Galicia por su gestión en NCG. Se le juzgará por muchas otras cosas, entre ellas la de compartir con Amancio Ortega el éxito de una empresa, Inditex, que lleva el nombre de Galicia por medio mundo y por haber democratizado la moda desde Arteixo. Castellano se podrá haber rodeado mejor o peor desde su llegada a NCG, pero lo que nadie duda es que intentó, y todavía lo mantiene, captar fondos de inversión extranjeros para inyectar dinero en el capital del banco con el objetivo de no caer en las garras de otras entidades.

Tiene cinco años, a decir por la troika, para evitar la venta, pero el revés sufrido por el propio decreto de Luis de Guindos en septiembre, cuando anunció blanco sobre negro que serán los accionistas los primeros en soportar las pérdidas de la entidad, ha hecho mucho daño al ejecutivo coruñés. Unos 72 millones de euros invertidos por lo más granado de los empresarios gallegos para escenificar su apuesta por Caste, que no por NCG, le pude pasar una factura muy elevada. Como también las quitas sobre las preferentes que ahora plantea Bruselas, y deja en manos del propio Ministerio de Economía. Ahí podrá residir también una situación crítica, con la explosiva reacción social de los miles de afectados gallegos.

Botín espera y gana. FG y BBVA se quedaron con Unnim (unión de Caixa Sabadell, Terrassa y Manlleu) y ahora Caixabank y Fainé con el Banco de Valencia, después de absorber Cívica. El saneamiento al que obliga Bruselas se interpreta en medios financieros como una limpieza a fondo de NCG antes de su venta a un tercero. Esperando a esos inversores extranjeros que nunca llegan, en el mapa nacional parece no quedar otro que Botín y el Santander, aunque podría haber más candidatos y sorpresas. Entre ellas, la opción de trocear la entidad gallega cobra cada vez más fuerza. Y todos, sentados mientras lo más duro se afronta para hacerse con lo que más vale ahora en una entidad, sus depósitos. El pasivo de NCG y el ahorro de los gallegos es lo que interesa.

A veces, los números pierden sentido si no se toman referencias para poder valorarlos. Para situarnos, las necesidades máximas de capital para NCG reveladas por los responsables del Ministerio de Economía, esos 7.176 millones de la auditoría de Oliver Wyman que ahora se quedan en 5.425 millones, equivalen prácticamente a toda la deuda pública acumulada por Galicia (7.627 millones). El futuro de la entidad presidida por José María Castellano es, como la película de Daniel Sánchez Arévalo, azul oscuro casi negro, pero todavía azul oscuro.

Las batallas se pierden cuando se dan por ganadas o cuando se dan por perdidas. A Castellano le gusta emplear citas de Napoleón como el mejor recurso para describir gráficamente lo que tiene por delante NCG. Y ese modo de apelar a la épica tiene desde hoy un sentido mucho más prosaico. Porque ese es el único destino para el banco que preside Castellano una vez que se conocen las necesidades de capital y las exigencias de Bruselas. Azul muy oscuro. Casi negro. Está en juego parte del futuro de Galicia.
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