Un centro comercial en cada barrio

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CUADRANTE DE REFLEXIÓN

02 de noviembre de 2015 (14:28 CET)

La construcción de nuevos centros comerciales sigue su curso; en Galicia, de forma invariable. Y lo hace en la misma dirección que en su día lo hicieron los hipermercados y supermercados hasta convertirnos en una de las comunidades españolas con más metros cuadrados de superficie comercial por habitante. Algo así como construir un minifundismo comercial: más puntos de venta, de menor tamaño que la media nacional y más dispersos.

Los datos de la Asociación Española de Centros Comerciales registran 38 centros comerciales en Galicia sobre el total español de 542. Es decir, tenemos en este momento el 7% de los centros cuando la población gallega es de poco más que el 5%...y bajando. Su ubicación no se distribuye de forma homogénea por la totalidad de la región, y ni siquiera obedece de forma directa (aunque sí bastante proporcional) al tamaño de la población. Sencillamente hay ciudades que han apostado por este modelo y los sucesivos regidores, fuesen del partido que fuesen, no tuvieron tiempo a analizarlo en profundidad. Mientras, en otras como Santiago y Pontevedra se apostó por un modelo de ciudad con más presencia del comercio tradicional y el cuidado de sus cascos históricos.

Los años 2013 y 2014 fueron años de pocas aperturas de centros comerciales. Es muy llamativo el dato de que en 2013 sólo se abrió uno en toda España, y tuvo lugar precisamente en Ferrol. Ahora el fenómeno se reactiva. Nuevos grupos inversores están entrando en la compra y gestión de grandes superficies, así como en la construcción de espacios nuevos. En Galicia se abrió recientemente el de Bandeira (Vigo), se abrirá en pocos días el centro comercial Abella en Lugo, se está comenzando el de Pizarro también en Vigo y se sigue negociando la construcción del que sería el más grande de España en Porto Cabral, igualmente en Vigo. Todo esto sin olvidar algunos proyectos de ocupación de nuevas superficies comerciales en terrenos militares desocupados que se están recuperando por las ciudades, zonas portuarias o estaciones de ferrocarril e intermodales que buscan financiación a través de la recalificación de sus terrenos para usos terciarios.

El modelo parece claramente perfilado y su ejecución se ha puesto nuevamente en marcha. Importa poco el análisis de los centros que han tenido que cerrar, la saturación en zonas concretas (que están perdiendo población), el impacto en el pequeño comercio, los consumos de combustibles que generan los desplazamientos, la contaminación, el tiempo invertido, los costes de distribución y logística, la construcción en sus cercanías de urbanizaciones que contribuyen al despoblamiento de los barrios tradicionales, etcétera. Dicho de otro modo, importa poco o nada saber si el modelo es sostenible o no. Importan más, en este momento, las inversiones, la recalificación de suelo, la reactivación de la construcción, los impuestos de bienes inmuebles y los consumos y servicios que generan, incluyendo el consumo de combustibles del transporte de mercancías y personas.

Esta mañana mi Facebook me sorprendió con un reportaje sobre centros comerciales abandonados en España. Algunos con sólo tres años de vida. La información está un poco desfasada y todavía no recoge el complejo Dolce Vita de A Coruña. Conviene echarle un poco de ciencia al asunto, pero no únicamente ciencia económica y con enfoque cortoplacista. El modo y calidad de vida de las personas, como compradores y consumidores que somos, también tendría que estar dentro del modelo de desarrollo comercial. Y no como un elemento secundario, sino central.

 

José Picado Carballeira es consultor y profesor en la Escuela de Finanzas

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