Tuiteo ergo sum

24 de mayo de 2013 (00:27 CET)

Internet es el mayor centro comercial del mundo. Ofrece de todo y a todas horas. Lo que no está en Internet no existe y sólo lo que no existe puede no estar en Internet.
 
Los usuarios, todavía, no han olvidado cómo se hacen las compras físicamente, pero una cosa es comprar y otra buscar información sobre lo que se quiere comprar. Ahora ya no compramos sin informarnos y sin antes comparar los productos, y para eso exigimos tiendas abiertas 24 horas todos los días del año. En esa búsqueda muchas cestas también se llenan.
 
En este centro comercial sin límites ni fronteras se vende de todo, desde un coche hasta un perfume, pasando por una creencia religiosa, un amor de los que perduran, un modo de vida, unas galletas para adelgazar o un curso de chino. Es el centro comercial más grande del mundo, pero al mismo tiempo el lugar donde es más fácil comparar precios y opiniones y donde la gente invierte más tiempo. Lo impulsivo funciona, pero lo meditado más.
 
Cuando entran al centro comercial algunos clientes ya saben en qué tienda está el producto que buscan. Sin embargo, la mayoría se para en el mostrador de Información y preguntan: ¿quién me ofrece lo que busco? Ese mostrador se llama Google y tiene la capacidad de abrir en menos de un segundo las puertas de todas las tiendas que tienen lo que buscamos o, por lo menos, algo parecido.
 
Las tiendas de la red también tienen escaparates. El principal, el que da a la avenida, es su portal corporativo y a través de él --si nada lo empaña-- se ven todos los productos y servicios que hay en su interior. Sí, los servicios también, porque en las tiendas en red lo intangible es mucho más fácil de vender. Se escribe, se ve, suena, se materializa y se vende, como las rosquillas.
 
Los comercios más sofisticados tienen también un meeting point. La gente, al igual que en el centro comercial de toda la vida, pasa por allí a lucirse, a ver qué cae, a ver qué le recomiendan, a ver qué ha comprado su vecino y su vecino a ver qué ha comprado él. Esos puntos de encuentros se llaman redes sociales y en ellos se comparten experiencias, se conoce a gente y se cuenta cómo le ha ido a uno en la tienda de al lado.
 
La gente que frecuenta este centro comercial es muy cotilla. Lo cuenta todo. A las tiendas que tratan bien a sus clientes les encanta que alguien les haga publicidad gratuita contando a diestro y siniestro que son una maravilla, pero las que no los tratan tan bien han visto como sus problemas aumentan, tienen pintadas en la puerta y el virus del boca a boca están convirtiendo lo que parecía un catarro en una gripe de encamar.
 
Nadie se calla nada. El centro comercial está infectado permanentemente de viralidad. Los virus se propagan con la misma velocidad que los robots de Google conducen a los clientes a la entrada de las tiendas. Este tipo de virus no es ni bueno ni malo, simplemente depende de cómo se sepa utilizar. Cuando lo que se propaga es positivo los efectos son magníficos, aunque el otro final del cuento consiste en que lo malo se difunde todavía más rápido que lo bueno. Luego están los que no difunden ni para bien ni para mal, pero esos, como dijimos, no existen.
 
Estoy en las redes, entonces existo, diría Descartes si viviese en el siglo XXI.
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