Satisfechos y felices

07 de junio de 2016 (12:24 CET)

A Julio Camba le gustaba comparar el espíritu y el comportamiento del ciudadano español con el propio del país en el que estaba de corresponsal. Y estuvo en muchos. Generalmente los españoles no salíamos bien parados, si bien es verdad que las comparaciones las hacía Camba sobre aspectos del carácter o de las costumbres que eran muy significativas para el país de destino. Es el caso siguiente, acerca del carácter español un tanto anárquico, imprevisible y desorganizado, pero con el que se siente muy satisfecho. Decía Camba: "En fin, el inglés se va a la oficina y trabaja, se va a la cama y duerme, y cuando el inglés duerme, como cuando trabaja, lo hace íntegramente, de un modo eficaz, rotundo, definitivo. Nosotros consultamos nuestros asuntos con la almohada, dormimos en la oficina y nunca estamos completamente despiertos ni completamente dormidos". Así somos.

Los españoles nos sentimos satisfechos con nuestro país, con nuestras costumbres, la forma de ser, el clima, la comida y el entorno en que vivimos. Lo manifestamos continuamente en múltiples encuestas, estudios demoscópicos y análisis cualitativos realizados por infinidad de institutos, universidades y empresas que se dedican a medir el grado de satisfacción, traducido en felicidad. Los españoles somos felices, notablemente felices, de acuerdo a los datos ofrecidos recientemente por el Centro de Investigaciones Sociológicas. Exactamente con una nota media de 7,34 sobre 10. Pero, es más, si sumamos al conjunto de españoles que declaran aprobar en felicidad, es decir, puntúan una nota de 5 hacia arriba, nos encontramos con el ¡93,5%! de los encuestados.

No es fácil -ni serio- aplicar, en una situación como la actual, aquello de "a mal tiempo buena cara", o "las cosas no podrán ir a peor". Vivimos en una España devaluada en los últimos años, que se daba codazos no hace mucho tiempo para entrar en el grupo del G8 disputándole el puesto a Italia y ahora está en el puesto 14. Con una deuda que supera a la riqueza que es capaz de crear cada año, haciendo que cada español deba ya 25.000 euros cuando el salario medio no alcanza esa cifra. Batiendo récords en desigualdad, en exclusión social, en desempleo y precariedad laboral. Expulsando a la emigración a los más jóvenes y mejor preparados. Asistiendo al mejor de los esperpentos políticos que darían para muchos capítulos de otro ilustre escritor gallego, también de Vilanova de Arousa, Ramón María del Valle Inclán.

Devaluados y endeudados pero satisfechos y felices nos acercamos a otra campaña electoral, con su inútil y estúpido día de reflexión incluido. Tal vez sea apropiado afrontarla según el diagnóstico de Camba, en un permanente estado de duermevela. 
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