Qué tiempo tan feliz

30 de diciembre de 2012 (12:15 CET)

Esto se acaba. Es curioso que me atreva a pronosticar este final casi apocalíptico luego de haber sobrevivido a la hecatombe maya, así que corrijo mis palabras y les digo “señores, esto empieza”.

Que acabe un año y empiece otro no debería suponer mucho más que tirar un calendario a la basura y colgar otro nuevo en la pared. Sin embargo, en este año de vacas anoréxicas la cuestión ya no es tanto ser o no ser --o de share o no share como dice Beatriz Manjón en las hojas de Bieito Rubido-- sino simplemente de ser.

En el año que acaba miles de personas han dejado de ser trabajadoras para ser paradas, otras han dejado de ser paradas para ser demandantes de empleo sin prestación e, incluso, ha habido quien ha dejado de ser de pueblo para exiliarse fuera y sentir rencor hacia la tierra que le ha obligado a irse porque nadie ha sabido hacer bueno de ella. Dicho esto no es de extrañar que sean muchos los que tienen la esperanza de que con el año nuevo cada campanada sea borrón y, ojalá, que cuenta nueva.

En el año que se va hemos visto incrementar la cifra del paro hasta umbrales casi impensables, más de un millón de personas ha dejado de percibir alguna prestación por desempleo, muchas empresas y PYMES han cerrado sus puertas y han despedido a todos sus trabajadores, España entera se ha cansado varias veces y se ha echado a la calle, nos han subido el IVA, a los funcionarios y a los que no lo son les han bajado el sueldo y hasta el propio Niño Jesús se ha quedado sin casa. Señores, España es heavy.

Desde luego, nadie pueden quitarnos el mérito de hacer más con menos, por mucho que Mas quiera hacernos menos y, si alguien lo duda, que pregunte a los abuelos que tienen bajo el reinado de su pensión a hijos y nietos o a los jóvenes que quieren tener su propia república independiente de su casa pero que tienen que aplicarse el cuento de que donde caben dos caben tres.

A esos jóvenes, por cierto los mejor formados de la historia de España, nadie les ha explicado cómo se monta su escalera y muchos han tenido que desempolvar el libro de instrucciones de las maletas de sus padres para hacer lo que ya habían hecho ellos, sin pensar si somos más, menos o los mismos de siempre.

Del año que entra dicen los expertos que no se presenta mejor, que España seguirá heavy oscuro y que el Estado se verá obligado a reducir su bienestar en materia sanitaria, educativa, judicial… ¡De algún sitio habrá que recortar!, dice la clase media que sigue siendo media y que todavía tiene humor para ver llena la media botella.

Personalmente creo que hay muchos sitios a los que todavía es posible meterles la tijera y no se ha hecho. ¿Y si reducimos el número de políticos? Aquí también podríamos ser igual con menos, pues no creo que la calidad democrática se viese mermada por reducir diputados.

En Galicia Feijóo lo había planteado antes de las elecciones, pero no sé por qué se ha olvidado del tema. ¿Y si se bajan sus sueldos? ¿Y si reducen sus dietas? ¿Y si dejan de recibir dinero para vivienda aquellos que tienen piso o pisos en Madrid? ¿Y si eliminamos las anacrónicas diputaciones? ¿Y si suprimimos duplicidades y triplicidades burocráticas y administrativas? ¿Y si dejamos que los sindicatos y los partidos políticos los financien sus afiliados?

¿Y si hacemos incompatibles los sueldos vitalicios con salarios en la empresa privada? ¿Y si no se permite que cobre más un alcalde o un director general que el presidente del país? ¿Y si unimos ayuntamientos? ¿Y si cobramos un canon simbólico por ver la tele en lugar de por usar la ambulancia? ¿Y si favorecemos el empleo juvenil para que los que contemplan las pocas obras que quedan sigan siendo ancianos y no mozuelos? ¿Y si hacemos devolver la pasta a quien se la ha llevado calentita?

Sé que este artículo debería ser para dar respuestas en lugar de hacer preguntas, pero el miedo me lo impide. Tengo miedo a parecerme a mi idolatrada María Teresa Campos. Tengo mucho miedo a tener que hablarles a nuestros nietos de un tiempo tan feliz, donde el bienestar significaba estar bien y no solo estar. Un beso, María Teresa.
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