Que sí, que sí, que somos inteligentes

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CUADRANTE DE REFLEXIÓN

13 de septiembre de 2015 (21:26 CET)

Parece que a los españoles eso de mostrar permanentemente un comportamiento inteligente queda fuera de nuestro alcance. O eso creen, a juzgar por los resultados de algunos sondeos de opinión, la mayoría de los ciudadanos europeos. Nos ven como unos tipos que gritan mucho, se acuestan tarde (y al día siguiente duermen la siesta), pasean por las calles figuras religiosas, les gusta jugarse la vida delante de los toros y comen paella. Más o menos. A los ciudadanos corrientes. No digamos nada ya de los que se dedican profesionalmente a la política.

Es indudable que el concepto de inteligencia ha sufrido una gran transformación en las últimas décadas. De los análisis y definiciones piagetianas se pasó a la asimilación de la terminología derivada de la inteligencia artificial, primero, y a la moda de la inteligencia emocional, después. El ser humano no sólo tiene capacidad adaptativa, sino que es capaz de reproducir modelos de procesamiento de la información en máquinas y, además, sabe manejar socialmente sus emociones. Todo esto es lo que queremos demostrar, y tal vez, una de sus consecuencias inmediatas es la de atribuir la cualidad de ser inteligente a las cosas que nos rodean por el mero hecho de hacernos la vida un poco más fácil.

En España, últimamente, hemos cruzado las dos variables. A todo le atribuimos la cualidad humana de la inteligencia y, además, lo decimos en inglés para demostrarle al mundo que sí, que somos tan inteligentes como el resto de los europeos y el resto de los mortales. Desarrollamos proyectos de smart cities, de smart ports, de smart commerce. Adoptamos, por supuesto, la terminología sajona de origen en el nombre de los coches smart, o del smartphone. Y no tardaremos mucho en universalizar los términos para lo más made in Spain: smart corrupción, smart habitaciones ilegales, smart rotondas, smart botellón o smart fraude fiscal.

Estamos en ello. Y mientras tanto ya hemos acogido fervorosamente el último avance de este verano: el bikini smart. Un bikini inteligente que ayuda a prevenir quemaduras, gracias a un sensor que controla el nivel de radiación ultravioleta y la transmite a un smartphone, cómo no. Y todo por el módico precio de 164 euros.

Así que ya lo ven, socios de la desunión europea. Somos smart, hacemos negocios smart y nos rodeamos de objetos smart y ropas smart que nos avisan cuando nos achicharramos al sol. Eso lo dejamos para quienes vienen a España buscando el turismo de sol y playa, a tomar una paella en el chiringuito y a hacerse un selfie delante de los toros.

José Picado Carballeira es consultor y profesor en la Escuela de Finanzas

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