No todo vale en Responsabilidad Social Corporativa

11 de diciembre de 2014 (18:54 CET)

La cultura de la Responsabilidad Social Corporativa cotiza en bolsa. Las empresas top incluidas en la lista Fortune 500 describen en sus webs los logros que obtienen en materia de RSC y fijan objetivos y planes para los ejercicios siguientes, igual que lo hacen con sus ebitdas, sus planes de expansión o las sinergias con otras líneas de negocios. A escala nacional y local, cada vez más empresas, organizaciones y administraciones hacen gala de potenciar políticas y planes que, a su juicio, les convierten en más responsables socialmente, más sostenibles, mejores actores dentro de la sociedad en que se desenvuelven. La mayoría se refieren al impacto ambiental de los productos que comercializan, emisiones de efecto invernadero, cumplimiento de la legislación medioambiental, políticas de igualdad en el empleo y desarrollo de valores y códigos éticos y de conducta. No hay empresa que se precie que no coloque en sus salas de juntas, de visitas o en los pasillos de Dirección, referencias y mensajes vinculados a la "Misión, Visión y Valores" de la compañía, o a acciones relevantes alcanzadas en el último trimestre, o a alguna distinción recogida de manos de alguna autoridad política. Y, lo más importante, ninguna de ellas resiste la tentación de comunicar sus logros en RSC a los cuatro vientos y tratar de vender a sus accionistas, empleados, consumidores, medios de comunicación, competidores y demás stakeholders, incluidas las ponencias en congresos y foros especializados.

Uno de estos foros tuvo lugar hace pocas semanas en Galicia. Entre las ponencias, algunas de ejecutivos de los departamentos de Recursos Humanos o Relaciones Externas exponiendo conductas y actividades extraídas de su catálogo de buenas prácticas. Profesionales que forman parte de los comités de Dirección de empresas que realizan otras prácticas bastante alejadas de un comportamiento responsable socialmente, como los de la empresa que acopia productos "pedidos" a sus proveedores y con ellos hace lotes que entrega a personas de la tercera edad. Su único coste, la publicidad. O el de la multinacional que utilizó excedentes de regalos que no fueron demandados al finalizar los sorteos a que iban dirigidos. Estos regalos se los había facilitado un fabricante. Con ellos hizo una subasta y la recaudación, a bombo y platillo, se la entregó a una ONG. Y, un último ejemplo, como el de la empresa que utilizaba entradas para fútbol, teatro, toros, que les pedía a los fabricantes más poderosos. Con ellas mantenía una "abierta política de relaciones sociales" con los interlocutores con quien, en cada caso, tenía mayor interés.

Vivimos unos momentos terribles en lo ético-social y críticos en lo económico. Las empresas y organizaciones hacen verdaderos esfuerzos por mantenerse en el mercado, mejorar su imagen, ganar enteros en la mente de sus consumidores. Ser socialmente responsable es un gran objetivo a alcanzar y un gran activo para quien lo alcanza y quien lo puede demostrar. Organizaciones que crean valor económico, medioambiental y social, que pueden contribuir a incrementar el bienestar de las generaciones presentes y futuras. Que van más allá del estricto cumplimiento de sus obligaciones legales, cuidan su reputación y se alejan de cualquier tipo de corrupción, soborno, corruptelas y todo tipo de artimañas que les permiten llenar algunas páginas en revistas especializadas o hacer alguna presentación en un foro de RSC. Los consumidores de sus productos, compradores de sus servicios o votantes de sus ideas, sabrán diferenciar -cada vez mejor- lo que de verdad vale o no vale como una práctica socialmente responsable. Yo no tengo ninguna duda. No todo vale.

José Picado Carballeira es consultor y profesor en la Escuela de Finanzas
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