Lengua gallega, cultura y chiringuitos

16 de junio de 2013 (23:30 CET)

La lengua y la cultura gallegas son algo patronímico de un lugar y sus pobladores: Galicia y los gallegos.

Son signos, señales, símbolos, valores y significados, tanto particulares de los individuos, como colectivos de los gallegos. Son rasgos definidores y determinantes de nuestra tierra. Representan los elementos diferenciadores y distintivos de una identidad, que es discutida entre los nacionalistas, los galleguistas o el simple ciudadano gallego.

La lengua y la cultura gallegas no son patrimonio de los lingüistas
(por su técnica y mecánica), ni de los antropólogos, ni de los historiadores.

Con independencia del debate de pueblo, de país, de nación o de comunidad o grupo, es evidente que, desde el plano social, tenemos una autonomía política garantizada constitucionalmente, en la que el Estatuto de Autonomía de Galicia refrenda la lengua y la cultura como factores sustantivos e identificativos.

Esta situación nos llevó a que dichos elementos tuvieran un tratamiento específico y determinado desde el poder, lo cual nos traslada a la , a la , a la y a la , que son cosificados en el presupuesto autonómico. Es decir, hay costes y gastos.

Pero, ¿quiénes son los depositarios-guías, los administradores, los directores o los gestores encargados de llevar adelante esa realidad lingüística y cultural construida?

Se ha visualizado de forma material e inmaterial un espacio público que se ha plasmado en las historias y en las leyendas. La galleguidad incluye la territorialidad y la personalidad, pero ésta se desarrolló con mentalidad de grupo cerrado, el “nos” frente a los “otros” (nos/otros), a lo largo del siglo pasado y ha continuado en el presente.

El purismo era signo de pertenencia, de procedencia y de referencia, consolidándose como depositarios y albaceas de un patrimonio de un grupo restringido y, desde ahí, son entendidas las dos metáforas de Simmel: la “puerta” (quiénes entran) y el “puente” (con quién nos relacionamos), con el consiguiente conflicto: los que están fuera no los dejan entrar y los que están dentro no quieren salir.

Desde el inicio de la Autonomía de Galicia aparecían mitos y personajes, que se han ido diluyendo en vez de asentarse y definirse.

Ahí estaban los individuos testimoniales nacionalistas, que se sintieron desigualmente tratados, siendo hegemónicos los que se dedicaban a la docencia, y otros quedaron incorporados en el sistema; también estaban los que rompieron con los nacionalistas para pasar a galleguistas, como era el caso de Ramón Piñeiro, Carlos Casares, Fernández del Riego

Y, al lado, aparecieron los situados en la docencia como neutrales y complementarios, que hicieron una extensión de su labor, colocándose en la estructura y en las funciones institucionales, pero más que de instituciones que van en una dirección, hay que hablar de los chiringuitos, que van por otra, donde vemos colocados a los de siempre, a los que la rutina y el retiro parece que no les afecta, ya que tienen compensación económica directa e indirecta.

La política cultural está dentro de los parámetros políticos y, en estos momentos, no se quieren abrir determinados melones por la complicación intrínseca y extrínseca que conllevan, tanto para Galicia como para España y, por ello, se sigue la coyuntura estructural (no es contradictoria), aunque a la ciudadanía nos llegaran ciertas denuncias o problemas de Mendez Ferrín en la RAG, las bibliotecas en el Gaiás, las elecciones a la presidencia de la RAG, etc.

Pero, en todo caso, todo está girando en torno a personajes, que son difíciles de presentar en el marco público, ya que unas veces el autor anula a su obra, otras la obra anula al autor, y, en momentos de tempestad, “con tanta polvareda perdimos a don Beltrán”.

¿Quiénes están en la Real Academia Galega, que desde 1977 hasta hoy, ha sido presidida por Domingo García Sabell, Francisco Fernandez del Riego, José Ramón Barreiro Fernández, Manuel González González(en funciones), Méndez Ferrín y, ahora, Jesús Alonso Montero?

¿Quiénes están el Instituto da lingua galega, el ILGA, creado en 1971 por la Universidad de Santiago y la Fundación Barrié?¿Quiénes están en el Consello da Cultura Galega?

Todo está dotado con dinero público, por lo que debemos revisar, repasar y, por supuesto, denunciar y criticar las cooptaciones para ocupar esos lugares. Ya está bien de percepciones públicas vendidas como curricula ejemplar en función de una labor culturata como profesionalidad, vendida a ritmo publicitario, que solo representa un complemento a los salarios oficialmente percibidos.

¿Cuánto tiempo y cuánto perciben y percibieron personajes y compañeros de viaje, como Constantino García, después Antón Santamarina y, ahora, Rosario Álvarez Blanco en el Instituto da Lingua Galega; Jesús Alonso Montero en la Real Academia o Ramón Villares en el Consello da Cultura Galega?

Sirva esta referencia como ejemplo, por no decir todos los que están en nómina, que habrá que relatar para público conocimiento y que se sepan las colocaciones perfectamente recompensadas con dinero público por una labor por ellos mismos prescrita.

Más que unas instituciones, se parecen a chiringuitos hábilmente copados y refrendados desde un referente abstracto-concreto del saber, visibilizado mediáticamente desde la docencia y la propaganda, pero, sobre todo, usado de modo sibilino, sigiloso, sutil, serpentino (hasta hay un cura), opaco y sin que le afecten las jubilaciones como en el mundo laboral y, por encima, presentado todo como un modelo ejemplar y único de la cultura y, de eso, nada.

Un simple negocio, uno más
, con la compensación económica o ayuda muy importante para estos momentos de la crisis.

¿Qué se valora para entrar en esas instituciones? Hay que recordar que tenemos tres indicadores o niveles que sobresalen y se visualizan: la creación, la representación y la reproducción.

Todo ello se proyecta y se refleja en el espacio público y el reconocimiento está en ese ámbito. No estamos, evidentemente, ante genios, líderes, ídolos o iconos; pero, tampoco ante sabios o personajes ilustres, por mucho que se ofrezcan como eruditos, doctos, ilustrados o cultivados.

¿Dónde colocamos a los científicos?
¿Dónde están los médicos, los ingenieros, los matemáticos, los arquitectos, los físicos, los químicos, los biólogos, los economistas, los sociólogos y tantos y tantos personajes que se labraron su espacio público reconocido?

Los que están conservando el sitio
, por mucha retórica académica y publicista, narcotizante, vendida en el ámbito público, ofertada como predominio de los mejores o del topicazo del “buenísimo” (para su bolsillo, se entiende), se enrocan en su posición de privilegio, y esto ya no es de recibo, al menos para parte de la ciudadanía.

Algunos han sido verdaderos precursores de las políticas comunitarias que pretenden retrasar la edad de jubilación, predicando con su propio ejemplo.

El mesianismo, el profetismo y la misión trascendente tienen que ser revisados desde parámetros objetivos, dejando atrás lo subjetivo y el voluntarismo.

Es evidente que esta es una forma de la política cultural actual y los personajes obedecen a esa política y el resultado es patente. Pero, por mucho que se quiera centrar el mensaje en personajes del poder político cultural, se acabó el recorrido, todos dieron ya lo que tenían que dar, el vaso no tiene más agua una vez vertido el líquido.

La verdad es que la teatralidad de la situación ha llegado a su fin, por lo que, apelando a la ciudadanía y diferenciando a la persona jurídica de la física, hay que abrirse a una política cultural nueva, democrática, científica, objetiva, regenerada, rigurosa, limpia y popular.


Vicente González Radío es catedrático de universidad en la UDC
Suscribir a boletines

Al suscribirte confirmas nuestra política de privacidad