La lucha contra los desalmados que queman nuestros montes

18 de septiembre de 2013 (13:11 CET)

En lo que llevamos de año han ardido en Galicia 15.000 hectáreas. Son 75.000 menos que en 2006, año en que Galicia sufrió la peor lacra de fuegos de su historia reciente, pero el dolor es parecido. Quizás más.

En 2006 nos gobernaba una Xunta bipartita con Pérez Touriño a la cabeza. Con esto no quiero decir nada, todo más que las llamas solo tienen un color, el negro. Cierto es que en aquel momento la preparación y las dotaciones para combatir los fuegos en nuestros montes eran inferiores a las que hoy tenemos, quizás porque nunca se nos había ocurrido que se nos podía hacer tanto daño, quemándonos de arriba a abajo y de derecha a izquierda como nunca antes había pasado. Había sido un verano parecido a este. El sol derretía el asfalto. Y el viento que soplaba a su antojo avivaba lo incontrolable.

2006 era también el primer verano completo que la Xunta de Touriño y Quintana gobernaba Galicia, después de haber alejado un año antes --el 19 de junio de 2005-- a Manuel Fraga de su quinta mayoría absoluta. De Ferrol a Tui, que es de donde a donde va la autopista del Atlántico, se escuchaba el mismo run run. Aquello era política. Mientras, también de Ferrol a Tui, a un lado de la autopista todo era negro. Al otro también.

De los escarmientos se aprende y se puso toda la carne en el asador (valga la ironía). Lo que había pasado ese verano no podía volver a repetirse. No se escatimó en medios ni en recursos humanos para salvar el verde que nos distingue y que a muchos da de comer. Ya podía bajar el mismo Vulcano que Galicia se iba a ir preparando cada año mejor para poner la manguera donde alguien pusiese la cerilla.

Ahí está el resultado. Similares condiciones meteorológicas e iguales o peores ganas de hacer mal; resultado: 15.000 hectáreas quemadas hasta el momento, un 83% menos que hace siete años. Siguen siendo muchas, eso nadie lo discute, pero la guerra contra los desalmados se va ganando poco a poco. Año a año. Verano a verano.

Que haya ardido lo que ardió no es culpa ni de Feijoo ni de la Xunta ni de los equipos de extinción, cuyo trabajo, por cierto, siempre es sobresaliente. Para reducir la cifra de las 15.000 considero que los esfuerzos deben centrarse en erradicar o corregir defectos en el antes. Es decir, cuando un desalmado pone fuego, se apaga y se apaga lo mejor que se puede. Pero la cuestión debe ir a que cada vez le resulte más difícil poner fuego.

Nuestra orografía es la que es y nuestro sistema de propiedad basado en el minifundio también. Ahora bien, alguien debería controlar que los propietarios mantuviesen limpios de maleza sus montes, que las plantaciones de pinos y eucaliptos no se confundiesen con jardines de viviendas y que se respetasen los 50 metros de distancia a las casas que exige la ley, que las cunetas de las carreteras no pareciesen selvas o que las plantaciones de masa forestal se realizasen en lugares más amplios y debidamente cercados por sus correspondientes cortafuegos. Sobra decir que las penas a los incendiarios deberían endurecerse mucho más y que aquí el único que se vaya de rositas sea el propio monte.

Si la erradicación sobre el foco es excelente y ha mejorado año tras año, ahora los esfuerzos deberían centrarse en la prevención, en la vigilancia, en el control y en el castigo. En definitiva, eso que dice el refrán, prevenir antes que lamentar.
Suscribir a boletines

Al suscribirte confirmas nuestra política de privacidad