La ley de transparencia o el cuento de la limpieza

02 de junio de 2013 (23:17 CET)

La ley de la transparencia es una norma para proteger el reparto del pastizal presupuestario del Estado en manos de instituciones y castas frente a la sociedad, el mercado y los individuos, que son los que contribuyen con sus impuestos. Consagra la radical diferencia entre mantenimiento-sostenimiento y aportación.

No se trata de introducir la cultura de la ejemplaridad, de la honradez, del buen hacer y, menos, de justicia, sino el de la protección de privilegios en instituciones y gestores de lo público.

La política y los políticos son la actividad peor valorada según el CIS o cualquier instituto de opinión en nuestro medio poblacional. Desde el inicio de la Transición la detentación del poder, por las vías democráticas, se presentaba en una confusión intencionada de lo privado y lo público, donde hubo una mezcla de status, de rol social reconocido y cierto prestigio y, así, se han visualizado individuos convertidos en personajes, que se situaron en las órbitas del poder, a los que se sumaron nuevos ejemplares con su estilo de vida, vendidos o presentados como líderes.

La generación prototipo e imperante, aparte de la apelación de Carlos Solchaga en otro momento al enriquecimiento, estaba refrendada por figuras como Solbes, Pizarro y García Margallo, todos de UCD, que era como un Parlamento, que dio paso a otra estructura funcional del poder y que cada mochuelo se fuese a su olivo.

Luego vino un segundo momento: la consolidación de los partidos con sus respectivos perfiles de pertenencia, de procedencia y de referencia y se ha reforzado, tanto la fidelidad como la lealtad y sus modos de vida, condenando al “transfuguismo”, que era señalado y estigmatizado por la ruptura entre personalidad y organización.

El tercer momento viene determinado por el profesionalismo de los políticos, ya que, no solo por la erótica del poder, sino, sobre todo, porque la compensación económica era suficiente: ¿dónde iban a percibir, ganar, recibir o cobrar tanto dinero directo/indirecto? ¿Qué tipo de actividad, ocupación, empleo o trabajo realizaban? ¿Son especialistas, técnicos o comunicadores de algo y, en consecuencia, depositarios de confianza y credibilidad? ¿Son unos peseteros vendiendo intangibles al lado de otras profesiones como los técnicos de áreas especiales o los periodistas? ¡Viva el diseño y el marketing! Doctrina e ideología frente a teoría parece ser el reto. Irrumpe la casta con listos y pillos.

Es obvio que el resultado es el que es y esto es insoportable: ¿quién vive bien? Los políticos. Sin arriesgar nada propio y viviendo de cara a los demás se presentan como mediadores y, de ahí, la propaganda, la publicidad y el cuento o relato.

Los políticos son necesarios e imprescindibles, pero el sistema español es de partidos y, aquí, es donde surgen todas las dudas, ya que los partidos se convirtieron en instituciones semejantes a la”religión de la humanidad”, predicada por Comte, donde, por otra parte, las visiones del partido de Robert Michels o la circulación de las élites de Gaetano Mosca nos sirven de referencias de reflexión.

El problema es el ritualismo, el argumentario y la selección de personal, donde el fijismo y el cachorrismo (juventudes y casta) son dos patologías socialmente despreciables, ya que no hay ejemplaridad, ni testimonio ni compromiso.

De esta forma, aparecen políticos del aparato donde familiares e iconos populistas invaden la ascensión al peldaño del poder. Los políticos profesionales son un problema y un peligro, ya que sin oficio ni honradez experimental probada, se nos presentan con una misión trascendente, como profetas de un mundo del que llevan una compensación económica envidiable para el resto de los ciudadanos.

En política democrática hay limpieza de fines y medios, hay honestidad e identidad, hay cumplimiento legal y compromiso, todo ello probado, donde hay “trayectoria” y “proyecto”, por lo cual, revisión y examen son imprescindibles para corregir el voluntarismo, el arbitrismo… o el enriquecimiento injusto.

¿Qué ley de transparencia? Sin duda, hay en el ámbito comparado similares regulaciones. Pero en España se trata de una puesta en escena, en la que aparecen actores personales e institucionales. Una democracia orgánica en toda regla, en la que quedan incursos los detentadores del poder, partidos, sindicatos y hasta la monarquía, que aparecen afectados, cuestionándose honestidad-honradez, ejemplaridad y testimonio, limpieza y cumplimiento de sus acciones, ya que hay una valoración y una cuantificación pretendidamente objetiva.

Pero, esta ley y mecanismos similares “del reparto”, nos llevan a otorgarles significados a otras mediaciones, como son los testimonios de regalías de situados a los que se le pretende pagar deberes prestados; de retiros dorados, que han sido presentados como cementerio de elefantes y fondos de reptiles, donde sobresalen los jubilados y geriátricos de oro (como los representantes en el Consejo de Estado, Tribunal de Cuentas, etc); los que se dedican a adoctrinarnos a través de “bolos” de políticos ( ya sea para vender sus Memorias o andanzas), profesores y comunicadores ( o asimilados) en los medios de comunicación, donde tienen la consiguiente compensación económica.

¿Esta ley de transparencia va a situarnos en la realidad de la honestidad, de la verdad o en la apariencia y vestimenta, en las que la falsedad, el engaño y la mentira son los instrumentos formales, que recubran el edificio democrático?

La actualidad de la regeneración nos llevará a hablar de los dineros de los ex presidentes de gobierno, de los entes y órganos de refugio de políticos recolocados recompensados económicamente, de los prebendistas y aduladores que reciben retribución suficiente por sus servicios. ¡Qué lástima! ¿Dónde está la credibilidad? Esperemos que no se trate de una transparencia opaca.


Vicente González Radío es catedrático de universidad en la UDC
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