La ética informativa y el crimen de Asunta

25 de noviembre de 2013 (11:02 CET)

El crimen de Asunta es un tema mediático. Los medios de comunicación nos dieron en vivo y en directo, secuencialmente, el suceso y la mediación judicial de la muerte de Asunta a través de una instrucción declarada secreta, desde el inicio hasta el 20 de noviembre, con lo cual, el buzoneo, el filtraje y los contactos, presentados como fuentes, nos brindaron unas mercancías informativa-comunicativas entre el morbo y la tragicomedia, sin conocimiento de la realidad de hechos, actos, acontecimientos y otros menesteres. Eso sí, con un relato, una narratividad y un discurso hecho y por hacer, constituyente y constituido, abierto y cerrado. ¿Qué mostraron los medios y qué percibimos los receptores?

El crimen de Asunta Basterra deja múltiples lecciones en variados campos, pese a la representación unidireccional y publicitada, ofrecida por los medios de comunicación. Desde que se produce su asesinato, desde el poder judicial se declara el secreto de sumario, donde el filtraje de datos, la composición del relato y la imagen de los protagonistas han sido estructuralmente los elementos narrativos. Por tanto, cuando se levantó el secreto del sumario, preanunciado por la TVE durante un fin de semana, nada nuevo se añade a lo ya colocado/facilitado: ¿para qué y para quién la declaración del secreto?

La actividad profesional del periodista es narrar sin finalidad, contar lo que hay sin sumarse a una trama ajena con sus resultados. Los hechos son los que son, otra cosa son las intenciones, los deseos y los relatos: De ahí, la dificultad para ofrecer la realidad-verdad frente a la verosimilitud, presentando un suceso con causalidad, fortuna-acierto u obstinación a través de conceptos, de palabras y de descripciones sin pruebas o con las mismas contaminadas. Todo esto, nos traslada a la incomunicación, al verbalismo o la simple intoxicación.

En un Estado de Derecho, el crimen y el delito, tienen que tratarse desde dos variables: los “derechos individuales” declarados y protegidos y la “verdad de los hechos” y no la simulación ideática de los mismos. Es que el cumplimiento de la ley, la aplicación del derecho y consecución de la justicia dan seguridad al orden público, estabilizan la normalidad de la ciudadanía y configuran un orden social. Esto es lo que refleja declarativamente un modelo de convivencia. En ese marco, el incumplimiento, la desviación y el delito representan desajustes, rupturas y conflictos.

Desde los medios de comunicación la muerte de Asunta se traslada al poder judicial y administrativo con sus efectos colaterales. Todo el escenario está en los medios y en el poder judicial –acción/proceso/jurisdicción- y en la actuación administrativa del poder ejecutivo-policial, que dilucidarán el caso. Ese marco delata el valor que se dio al “secreto”, a lo “íntimo” (intimidad) y a lo “privado” (privacidad) frente a lo “público”, lo cual deja grandes interrogantes sobre qué y quiénes nos protegen y qué se protege, ya que los medios iban dando construcciones con falsas verdades, intoxicaciones con intenciones, que son los elementos axiales para el juicio paralelo.

La producción comunicativa vertida en los medios no era el resultado de un periodismo de información, ni de opinión, sino de muestra y pedagogía del caso, por lo que era más bien una pieza de entretenimiento y escarnio con referencias superpuestas. En ese sentido, los medios reproducen unos actores básicos (menos de 30 individuos) que visibilizan un protagonismo, que anulan a Asunta: los imputados Rosario Porto y Alfonso Basterra, el juez Vázquez Taín, el abogado Gutierrez Aranguren, unos periodistas del Correo Gallego y La Voz de Galicia, los enviados especiales de TVE, Tele 5, Antena 3, RTVG y los expertos y comunicólogos presentados como especialistas, que deconstruyen el caso dentro de la casuística ad hoc. Los medios han dado una actualidad de una realidad reconstruida y presentada literariamente como definitiva, ¿pero, es verdad?

La ética nos lleva a la verdad, al bien y a la justicia, dejando al margen el subjetivismo gnoseológico (Hume), la apetencia o el odio (Hobbes), el estado de ánimo (Ayer), la convicción y la responsabilidad (Weber), la ética del caso, la ética del deber, la ética  de la obligación y la ética de la responsabilidad, por lo que no vale, desde la profesionalidad, hablar de compromiso, testimonio o testigo

La instrucción del caso, tanto en su fase de elaboración, como en su fase de culminación, deja abierto en la opinión pública un sinfín de enigmas, misterios, incoherencias y especulaciones, reflejando los referentes, sospechas, indicios, intuiciones, deseos y enunciados, que son dignos de una narración o guión en vez de la consolidación de hechos-prueba y derechos.

La profesión periodística ha quedado expuesta en este caso a una prueba muy significativa en la sociedad democrática y de derecho, ya que, desde nuestro tiempo se partía de la deontología profesional (la palabra deontología –deon, lo justo, lo adecuado, y logos, ciencia  o estudio- fue acuñado por el utilitarista Jeremías Bentham, en 1834, en su obra “Deontología de la ciencia moral”) que, aparte del tactismo, busca la verdad y así lo refleja. Otra cosa es algo ajeno a la profesión, pero no al poder, la pedagogía del caso, que ya había sido planteada por Blockle, las “consecuencias teleológicas”, donde emerge el debate entre el teleologismo (fin) y deontologismo (medio).

Vicente González Radío es catedrático de universidad.
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