La basura, un mundo de valores

25 de febrero de 2013 (22:25 CET)

A pesar de la complejidad del momento por el que estamos atravesando, y ya no me refiero solo al ámbito económico, sino a la crisis de valores que parece haberse instaurado en la sociedad, durante estos casi cuatro años que llevo al frente de Sogama he comprobado que el medio ambiente podría llegar a constituir un instrumento de conexión entre todos los sectores de población ya que, lo queramos o no, nuestras vidas discurren, evolucionan, crecen, interactúan y se desarrollan en un escenario común: el entorno, pero concebido como un todo que va más allá del ámbito natural, acogiendo hábitos y comportamientos.

Lo queramos o no, la basura también nos une porque es inherente a la condición humana y para ella buscamos soluciones que, con mayor frecuencia de la deseable, pasan a formar parte de debates estériles sin resultado alguno, generando confusión entre la población.

En cuestión de desechos está todo, o casi todo, inventado, y lo que falta es arrimar el hombro. La Xunta de Galicia, a través del plan de gestión de residuos urbanos para el período 2010-2020, ha trazado la hoja de ruta a seguir al amparo de la normativa más exigente, tomando como referencia los modelos que están triunfando en los países europeos más avanzados y que se traducen en algo tan sencillo como la prevención, la reducción, la reutilización y el reciclaje, aplicando la recuperación energética a aquella parte de los desperdicios para la que no cabe otro tratamiento previo, relegando el vertedero a último lugar en la escala jerárquica por ser el sistema con mayor impacto ambiental.

Determinados grupos han querido ver en algo tan sencillo y lógico una seria amenaza social, y ello a pesar de que numerosos estudios acreditan la plena compatibilidad de las plantas de valorización energética con la integridad del medio ambiente y la salud pública. De hecho, estas instalaciones deben cumplir con una serie de requisitos ambientales no exigibles a otras infraestructuras industriales.

La primera pregunta que debemos hacernos es cómo nos estamos comportando cada uno de nosotros ante los residuos. Porque es evidente que si llevamos a cabo un consumo responsable, si aprovechamos al máximo los productos y si segregamos adecuadamente los desperdicios para facilitar su posterior reciclado, la cantidad de basura que finalmente debamos tratar será notablemente menor y, por tanto, y más allá de los beneficios ambientales que ello implica, el desembolso económico que deben realizar los concellos se ve aminorado de forma considerable.

La recogida y tratamiento de los desechos tiene un coste que debe ser sufragado por la ciudadanía a través de las correspondientes tasas municipales. El canon que en estos momentos cobra Sogama a sus clientes (296 entes locales) es uno de los más bajos de España, y ello a pesar de la alta dispersión de la población gallega, lo que origina un serio impacto económico en las cuentas de la sociedad.

Y es que, lejos de lo que algunos creen, esta empresa pública no puede recibir subvenciones de la Xunta de Galicia, sino que debe autofinanciarse, y para ello utiliza dos vías de ingresos: el canon que cobra a los ayuntamientos por tonelada de bolsa negra (restos no reciclables) y la venta de energía eléctrica. Ambos conceptos deben compensarse mutuamente y cubrir los costes del servicio, garantizando con ello la viabilidad económica de la empresa y, por tanto, el servicio público que presta a la población gallega.

Debido a que el complejo medioambiental de Cerceda tiene una capacidad máxima para tratar 550.000 toneladas anuales de residuos y la sociedad recibe más de 800.000, ésta se ve obligada, desde hace más de una década, a desviar a vertedero la diferencia; una situación transitoria que el nuevo plan autonómico de residuos solventará.
Tomando como referencia el 2008, el año pasado conseguimos incrementar la eficiencia del complejo en un 15%, posibilitando que en éste se procesasen 554.000 toneladas (cantidad superior a su capacidad nominal, establecida en 550.000), lo que permitió disminuir el vertido en un 38,29%. Consecuencia también de la mayor eficiencia del complejo, la producción de energía en la planta termoeléctrica subió en un 16,52%, extremo todavía más notorio en la planta de biogás del vertedero, donde se situó en un 182,58% gracias a la ampliación del sistema de desgasificación a otras áreas del recinto.

El empeño de Sogama en llevar a cabo su cometido de la mejor forma posible debe ir acompañado de la implicación y colaboración del conjunto de los colectivos sociales. Solo desde la unidad, y no desde el enfrentamiento, y solo desde la responsabilidad compartida, y no desde el individualismo, podremos hacer frente a un problema de todos y que algunos se empeñan en utilizar de forma demagógica y en función de intereses poco edificantes.

Hagamos una gestión de los residuos verdaderamente sostenible en la que todos participemos y en la que todos contribuyamos a minimizar el coste económico de la misma. Porque la basura tiene valor.

Luis Lamas Novo es presidente de Sogama
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