Gobierno parlamentario o algo así

02 de abril de 2016 (16:39 CET)

Los líderes nacionales volvieron un tanto cambiados de los ejercicios espirituales de Semana Santa. El presidente en funciones aprovechó el tiempo de descanso (cual parón en la liga de fútbol) para leer algunos libros de los que no se acuerda de nada; eso es lo que le dijo al periodista Alsina. Pablo Iglesias volvió mucho más sonriente, más relajado, derrochando altruismo y dispuesto a renunciar a todo aquello que nunca tuvo. Pero de buen rollo. Con unas ínfulas salvapatrias extraordinarias y dispuesto a remangarse la camisa para liderar la comisión negociadora de su partido. Se ve que Errejón y sus seguidores esto no lo hacían bien y por eso cesó fulminantemente -de forma democrática- al secretario de organización y mandó al rincón de pensar a su segundo de a bordo. A ver -estará reflexionando Iglesias- si negociando duramente con Rivera y Sánchez logro olvidarme de la sangría interna de dimisiones, las líneas rojas que pintaron los socios independentistas, la "crisis de crecimiento" que padece el partido neonato y el excesivo protagonismo que están alcanzando algunos líderes locales. Pero ahora que no tiene el ceño fruncido pensará que hay solución para todo, incluso la disyuntiva (¡ay que antigualla!) entre los partidarios del centralismo democrático -línea directa de la filosofía marxista- y los más proclives a un federalismo más descentralizador, más cercanos a postulados socialdemócratas.

Por su parte, Sánchez cuadró el círculo. O mejor, el triángulo. Se sacó de sus largas reflexiones un nuevo papel protagonista para las cámaras legislativas, Congreso y Senado. ¿Creíais -nos está diciendo- que íbamos a formar un ejecutivo a tres bandas? Error. Os habéis equivocado. El nuevo gobierno, el del auténtico cambio, estará formado por cuatro. PSOE, Ciudadanos y Podemos, para todo aquello en lo que exista un acuerdo tácito, manifiesto. Y en caso de disenso (pequeñeces) pues que el legislativo ayude al ejecutivo. Vamos, que resuelva las diferencias el Congreso con su flamante arquitectura parlamentaria. Y así se llevaría la legislatura, al tran-tran, con las enormes ventajas de contar siempre con los grupos parlamentarios, los elegidos por todos, y sin necesidad de tener que negociar ni una sola moción. Algo, nos insinúa Sánchez, que es bueno en sí mismo porque ayudará a olvidar los malos hábitos del presidente-literato Rajoy quién, además de las funciones de conducir un ejecutivo mandón y de aplicar el rodillo de la mayoría absoluta, se destapó en esta larguísima legislatura como un auténtico creador de significados, giros y composiciones al más puro estilo cervantino.

Pero el argumento es un punto endeble, señor Sánchez. Y es que, para que un parlamento pudiese hacer ese trabajo extra de ayudar en sus quehaceres al Ejecutivo, tendría que ser un parlamento rodado, experimentado, y no uno compuesto por unas cámaras llenas de parlamentarios en prácticas, aunque los hayamos elegido hace ya ni se sabe cuánto tiempo. Claro que las prácticas han de tener un principio y un final. Tal vez, con las próximas elecciones (que, dicho sea de paso, no son ni una segunda vuelta ni la repetición de las anteriores) si es que su resultado no se traduce de nuevo en otro parlamento en prácticas en el que sea preciso hacer combinaciones entre cuatro partidos para que gobiernen de tres en tres. En ese caso lo propio, supongo, será que otros mecanismos constitucionales tipo Jefatura o Consejo de Estado, tendrían que buscar alguna salida. Probablemente "a la italiana", nombrando un Gobierno de tecnócratas, de consenso, con independientes, o algo así. Se trataría de alguna salida que supla la falta de costumbre en estas cosas de la negociación, el diálogo, la renuncia y el acuerdo, todas ellas desconocidas para los políticos viejos, nuevos y de entretiempo que hemos elegido y que tienen la obligación, a su vez, de ser capaces de investir un presidente del Ejecutivo.

Mientras tanto, asistimos desde las elecciones al espectáculo de cómo sus señorías ven desde los escaños el descenso de los índices de confianza del consumidor, cómo arranca al ralentí la economía en el primer trimestre del año, cómo abronca el ministro Montoro a las autonomías por incumplir el déficit -el asunto nos costará a todos otros diez mil millones de euros en recortes-, y cómo no hay gobierno ni en funciones, ni de coalición, ni en minoría, ni gobierno parlamentario estilo Sánchez, ni nada parecido que tome las riendas y ejecute las políticas que saquen al país del embrollo monumental en que está instalado. Hoy mismo, el Banco de España rebaja las expectativas de crecimiento para los años 2016 y 2017. Una predicción fácil, visto lo visto.
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