Gamonal, estereotipo de revueltas populares

18 de enero de 2014 (18:32 CET)

La desorientación y la incertidumbre nos rodean cuando recibimos todo tipo de comunicaciones sobre los estallidos sociales en Gamonal (Burgos), con una respuesta ciudadana definida ante unas decisiones adoptadas por un ayuntamiento democrático.

Hay información dirigida en todas las direcciones y el alcalde parece un tertuliano más, que aboga por la convivencia, pero, ¿cuál?

Si todo ha sido conversado-consensuado, ¿cómo y por qué surge el disenso y el conflicto? Resolución, vergüenza, repugnancia, miedo e imputación acusatoria: la existencia de actores desestabilizadores, antisistémicos y otros estereotipos. Pero, ¿qué hay detrás de todo esto?

Sin justificar la violencia, la ciudadanía requiere una explicación y, en ese sentido, los brotes de violencia en Burgos, en Madrid y en otras partes, son signos, que tienen un peso simbólico cualitativo. A través de ellos se cuestiona el ejercicio circunscrito al poder y la política, sea la institución, la dirección, la administración o la gestión.

Es decir, se plantean el liderazgo social y la identidad, donde queda ritualizada la corrupción y una cultura política funcionalista y verbalizada, no solo por la demagogia, sino por la eficiencia del poder. Por ello, el submundo, el metalenguaje y la imagen se agotan en su misma superficie, donde, desgraciadamente, el paro forma parte del paisaje. Hay, pues, un marco ideológico dialécticamente operativo reflejando malestar.

El desencanto, el desengaño y la desigualdad afloran por doquier en España. Un sistema que nos brinda un nuevo escenario: cada vez más pobreza para los pobres y más riqueza para los ricos. En este bando, aparecen los privilegiados, los poderosos, los situados y el club de los listos y pillos (pillaje), que dirigen, administran y gestionan el poder.

No hay caminos para nada más, aunque se hable desde estos mismos ámbitos de la equidad o de la justicia, ya que toda información es política si utiliza su arma secreta: la desinformación. Esta desinformación implica guerra de palabras, pero siguiendo el modelo de la simplificación, aunque nos perdamos en detalles y haya, también, transfusión.

La construcción del bulevar es solo lo planeado: el hacer que hacemos. Este marco neoliberal nos traslada, precisamente, a la pervivencia de dos mundos completamente determinados: los bienes privados frente a los bienes públicos, donde desaparece el bien común, que queda solo en el plano declarativo, discursivo y vacío.

La insurrección popular parece ser la vía de respuesta a unas acciones del poder político local burgalés, donde se muestra un conflicto entre actores. Los ciudadanos, por una parte, y los representantes institucionales, por otra, individualizados éstos en los políticos, detentadores de la violencia legítima. Es decir, las fuerzas del orden. Desde esta perspectiva aparece el desorden frente al orden, lo que nos adentra en las legitimidades, las licitudes y las legitimaciones.

El estallido de las revueltas, con respuestas y acciones, dieron la vuelta al mundo. Pero en ese mundo no sabemos a ciencia cierta los móviles ni los motivos. Tampoco conocemos los fines, los objetivos, las finalidades o las metas.

El escenario ofrece la posibilidad de visibilizar tanto la democracia formal frente a la democracia real, como el discurso del poder frente al discurso de la cotidianeidad, o el horizonte proyectivo frente al horizonte operativo.

Hay dos planos muy determinados. Uno propio del individuo-ciudadano y otro que es grupal, ya que las violencias colectivas tienen distinta identidad según su procedencia, su pertenencia y su referencia. Pero todo queda en la ajenidad si no nos adentramos en la ideología y las exigencias del Estado de Derecho.


Vicente González Radío es catedrático de universidad.
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