Estrategia y narrativa de las dos Españas

26 de abril de 2011 (09:51 CET)

Muchos azulgranas vivieron una mala experiencia en Valencia durante la final de la Copa del Rey, no solo por el resultado, y convendría que los dirigentes del Real Madrid apaciguaran a sus huestes ante el partido de ida de las semifinales de la Champions League que el miércoles convertirá el Santiago Bernabéu en una olla a presión. Florentino Pérez tiene que evitar por todos los medios volver a verse en el trance de pedir disculpas, como ha tenido que hacer ante el secretario general de CiU, Josep Antoni Duran Lleida, a quien unos energúmenos vestidos de blanco violentaron y lanzaron cubalibres en las inmediaciones del Estadio Mestalla.

Desde que José Mourinho lidera el Real Madrid, los aficionados culés, al igual que los jugadores del Barça, se sienten más intimidados que nunca por la violencia verbal e incluso física por parte de los blancos. Acceder al campo del Valencia para ver la final de la Copa del Rey se antojó un viaje al centro telúrico de las dos Españas. Al portavoz de CiU en el Congreso era fácil reconocerle como “culé” sin necesidad de ir ataviado de azulgrana, como era el caso de quien esto suscribe, que se embutió en una camiseta patrocinada por Unicef para vivir en carne propia un verdadero experimento sociológico y no el de la Casa de Gran Hermano de Mercedes Milà.

El mal trago del insulto y el sabor amargo de la intimidación retrata las dos Españas, tanto en el terreno de juego como en las gradas. Aunque para muchos españoles supone una ofensa que se pite el himno nacional, mucho más explícitos son los insultos que Piqué está acostumbrado a recibir desde que se le ocurrió hacer la manita. Ahora, cada vez que el central toca el balón es como si sonara “Els Segadors” entre los aficionados merengues. Unos pitos que, sin embargo, son preferibles a que su flamante novia sea el blanco (diana) de los insultos: “Shakira tiene ladillas” o directamente “Puta, Shakira”. Nada se oye de Sara Carbonero en el otro gol. Frente al “Ser del Barça és el millor que hi ha”, los aficionados del Madrid corean “Ser del Barça, ser subnormal”, o directamente “Puta Barça”, su cántico preferido.

Mientras, en el terreno de juego, Arbeloa pisaba a Busquets y a Adriano; Pepe hacía otro tanto con el talón de Messi y Villa era violentamente levantado después de ser objeto de una carga por parte de dos defensas blancos. “Esto es un juego de hombres”, me decía un vecino de grada para acallar mis gestos de queja, al tiempo que me señalaba una pancarta del gol madridista que rezaba: “Cambiamos Cataluña por el Peñón”. “Así, así, así gana el Madrid” fue el grito de los aficionados merengues al término del partido, mientras los cortes de manga de Pepe contrastaban con el saludo deportivo que Piqué tributó a los campeones, uno a uno, ofreciéndoles estrechar su manita desde la dignidad de la derrota. Ambos, Pepe y Piqué, encarnando las dos culturas, las dos propuestas futbolísticas opuestas. Como la pancarta separadora, épica frente a lírica; negar la pelota al rival buscando el contraataque y el tiro directo frente a la posesión del balón y mandar bailando; el diálogo o la pelea; el choque contra el toque; el baile versus la carrera.

Un enfrentamiento de estilos antagónicos que simbolizan el entrenador portugués y el español. Mientras Mourinho sabe que no son los hechos los que estremece a sus seguidores, sino las palabras con las que narra él esos hechos, compensa la inferioridad técnica de su equipo con grandes dosis de elementos rústicos, montaraces, turbulentos, aguerridos y de puro nervio, siempre en disposición a presentar cara, creciéndose ante las dificultades en el fragor de la batalla deportiva. El portugués dibuja con una paleta de aspectos deportivos primarios, pero que resultan excitantes y suscitan admiración entre sus seguidores, incluso entre los más cualificados, como el presidente de ACS y del club.

Frente a ese liderazgo, Guardiola también sabe contar bien las cosas, comunicar su sentido a través de una narrativa opuesta a la de Mou. Como encarnación de la modestia en la conducta, aunque no en los objetivos, Pep demuestra incluso que es capaz de retractarse, otorgando al Madrid la presión del favorito; así como su capacidad de conectar con otra sensibilidad social que tiene que ver más con la capacidad de ilusionar que con la incruenta guerra deportiva. El liderazgo del español se asienta sobre un vínculo, que necesariamente es comunitario, casi patrimonio inmaterial del barcelonismo: el Dream Team de la era Cruyff, del que él formó parte como jugador, una filosofía que impuso una nueva psicología de motivación al equipo, una disciplina de trabajo y un control casi obsesivo de los detalles, amén de una apuesta por la cantera de la Masía, el gran departamento de I D i del Barça. Un proceder que en la economía catalana se echa mucho en falta.

Descontado que el FC Barcelona no cambiará su estilo en los dos clásicos contra el Madrid que nos quedan, y que Mourinho tampoco variará su planteamiento de la crispación, sólo cabe que el Barça no caiga en la provocación, que es la mejor arma del club blanco, y enarbole una nueva estrategia, como lo tiene que hacer la economía catalana. Una táctica que ya ha comenzado con el papel de víctima de las últimas comparecencias públicas del míster culé.

La palabra estrategia se suele usar corrientemente de tres formas. Primero, para designar los medios empleados en la consecución de un cierto fin. Es, por lo tanto, una cuestión de racionalidad orientada a un objetivo. Segundo, se usa para designar la manera en la cual una persona actúa en un cierto juego de acuerdo a lo que ella piensa que sería la acción de los demás y lo que considera que los demás piensan que sería su acción. Esta es la forma en que uno busca tener ventajas sobre los otros en la consecución del gol, el bien más escaso en fútbol.

La tercera y última variación de la palabra estrategia se utiliza para designar los procedimientos usados en una situación de confrontación con el fin de privar al oponente de sus medios de lucha y obligarlo a abandonar el combate. La estrategia es, en definitiva, una cuestión de los medios destinados a obtener una victoria. Estos tres significados van juntos en situaciones de doble confrontación como la que se va a producir en la Champions, donde el objetivo es actuar sobre el adversario de tal forma que vuelva la batalla imposible para el otro.

Por tanto, como decía Michel Foucault en “El sujeto y el poder”, la estrategia se define lisa y llanamente por la elección de soluciones ganadoras. Con el único fin, por parte culé, de que los aficionados merengues no se vean en el trance de tener que cambiar el himno de los Ultra Sur y sigan coreando en el futuro su actual estribillo:“¡¡Cómo no te voy a querer, como no te voy a querer; si fuiste campeón de Europa por novena vez!!”
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