Es hora de gestionar, aunque sigamos en campaña electoral

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CUADRANTE DE REFLEXIÓN

30 de junio de 2015 (00:16 CET)

A falta de algunos días para que se organicen definitivamente las nuevas corporaciones locales y todavía con algunas negociaciones pendientes, el mapa político quedó claramente conformado. La exalcaldesa de Valencia clavó, en su día, el diagnóstico para los suyos: ¡qué hostia, qué hostia!. Entraron en bucle algunos de los sistemas de procesamiento de la información del presidente del gobierno (otros siguen a su bola), algo que no es de extrañar después del impacto que le causó tal pérdida de respaldo electoral y de poder municipal y autonómico. En pocos días se le oyó decir: no tengo pensado hacer cambios en el partido ni en el gobierno; bueno sí, tal vez sea preciso modificar algunas cosas antes del verano; pero no alimenten sus expectativas. Al final, hizo un único cambio: se puso al frente del partido, después de darle un solemne pescozón a sus compañeros-subordinados del tipo: en el gobierno estuve muy pendiente y las cosas van bien, mientras que en Génova os dejé un poquito de autonomía y no supisteis trasladar el mensaje, conectar con la gente ni entender a la sociedad civil, sea lo que sea esa cosa. El resto fueron pequeños retoques cosméticos, el nombramiento de unos cuantos jóvenes con facilidad de palabra y la sustitución del ministro Wert, que ya hizo méritos suficientes para pasar a la historia como el peor ministro de Educación y Cultura desde la época de Carlos III.

A lo largo y ancho de las casas consistoriales, entes provinciales y autonómicos, se produjeron los relevos consecuencia del resultado electoral, al que se sumaron el diálogo y los acuerdos necesarios para alcanzar las mayorías suficientes que permitiesen gobernar. ¡Ay!, qué difícil está resultando hacer entender la esencia de la democracia a los partidos más propensos al ordeno, mando, que gobierne la lista más votada y fin de la cita.

Las crónicas de estos días dieron para todo. Vimos a la alcaldesa electa con cara de sorpresa y risa nerviosa: "no venía vestida pensando que saldría alcaldesa". Al que tampoco lo esperaba y después de dejar el bastón de mando tuvo que salir del consistorio escoltado por la guardia civil. Al líder de la lista más votada y anterior alcalde que tuvo que pasar a jefe de la oposición, por culpa de un par de votos de un partido minoritario que apoyó a la oposición: "eso es chantaje". Frente a él, al que se votó a sí mismo perjudicando a su partido y dándole el gobierno a su principal opositor, y ahora no quiere dimitir. Algo así como "o yo o la nada". Al alcalde que obtiene un resultado tan abultado que se permite ningunear a la oposición de su ciudad, buscando contrincantes políticos en otras ciudades o en el gobierno de su región. A los que tuvieron una derrota sonada, después de décadas de mandato, y no quisieron pasar por el trance de entregar su bastón, su coche, su despacho y sus hábitos de antiguo a cualquier advenedizo que lleva medio telediario en esto de la política. Al que descabalgaron de la alcaldía y pregunta todos los días que hay de su sueldo en la oposición, y si va a tener alguna tarea especial o algún Consejo que llevarse a su tiempo libre. Algunos otros que, precisamente para llenar ese tiempo libre, son comisionados por su jefe de partido para hacer un estudio de campo y tratar de escuchar a la ciudadanía, mientras pone en marcha algunas medidas sociales que traten de paliar las desigualdades económicas pero, eso sí, despacito.

Pasada la algarabía tocó enfrentarse con el día a día, con la realidad presupuestaria, con la gestión -palabra malsonante para muchos- y la puesta en práctica de aquello de que las decisiones se tomarán entre todos. Alcaldes que, para empezar, pidieron auditorías porque no se fían del estado de cuentas que le entregaron sus predecesores. Los que declaran que se van a fiar a muerte de los informes de los habilitados nacionales. Aquellos que van a apoyar su labor de gobierno en llamativas políticas de gestos. Unos, cambiando los retratos de Felipe VI por los de sus líderes de referencia. También los que continúan echando de menos a Franco y ahora tendrán que ir a darse un paseo por el juzgado a dar explicaciones de por qué sigue manteniendo su foto colgada. Otros deshaciendo tanto lío con las banderas; a ver, aquí hay demasiadas, veo la española, la de la autonomía, ¿y esa otra cual es? Esa es la del ayuntamiento, alcalde, la del ayuntamiento, le sopla con discreción el secretario municipal. ¡Ah, vale, entonces la dejamos!. Alcaldes que llegan a la faena antes que los funcionarios, con lo que se puede comenzar a trabajar a la hora en punto, ¡qué presión!. Otros que ponen en venta tanto coche oficial. Los que cambian las concejalías poniéndoles nombres imposibles, sin reparar en los gastos que acarrean. Los que se bajan el sueldo y los que se suben el sueldo. Los que fichan a sus parejas y familiares de asesores o cargos así: "no es nepotismo, es casualidad". ¡Acabáramos!. Los que ya viven sabiendo que pronto les caerá una moción de censura. Y algunos que guardarán como oro en paño el texto de su juramento extralargo y estrafalario, para dejar claro que luchará por los Derechos Humanos, la paz en el mundo y esas cosas. Al menos hasta que la Junta Electoral o quien proceda dictamine si es posible, o no, que cada cual tome posesión cambiando las fórmulas legales a su buen parecer y entender.

Los ciudadanos de a pie asistimos al desarrollo de tantos extraordinarios acontecimientos un poco perplejos y un mucho expectantes. Conscientes de que la campaña electoral sigue su curso. Un partido en gira nacional. Otro nombrando equipos de sabios que perfilen su mejor programa. Alguno en pleno estado de desintegración. El que gobierna no haciendo cambios a lo loco, que las cosas van bien, la economía da buenas señales y los españoles (muchos y muy trabajadores) ya no hablan de paro. Y mientras pretendemos que las ciudades estén limpias, que nadie se quede sin vivienda, que las ayudas sociales y a los dependientes lleguen a quien lo necesita, que nadie se acerque al umbral de la pobreza y la exclusión, que se arreglen los problemas del tráfico, y de contaminación, y de salubridad, y de seguridad, y que en las ciudades, villas, pueblos y aldeas se pueda vivir dignamente. Vamos, que se gestionen eficazmente los euros de todos. Sin más chascarrillos.

 


José Picado Carballeira es consultor y profesor en la Escuela de Finanzas

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