El marketing político que viene

11 de noviembre de 2014 (18:17 CET)

El reciente barómetro del CIS ha sido el pistoletazo de salida para las próximas contiendas electorales. Los tertulianos de la cosa pública, políticos y politólogos de guardia ya han sentenciado el momento presente: "asistimos a un cambio de ciclo", "deberá ser una segunda transición", "es preciso un nuevo período constituyente"..., sumándose además al clamor ciudadano por una regeneración democrática, mayor transparencia y mayor participación en la toma de decisiones y la gestión del dinero público. Las crisis económica, la corrupción generalizada, el sentimiento de impunidad y el alejamiento de los postulados políticos tradicionales, tienen su reflejo en el nuevo escenario que refleja el CIS. Por primera vez, desde la desaparición de la UCD, serán tres partidos políticos los que manejarán sus calculadoras y sus programas para ver con quién negocian posibles acuerdos que permitan configurar gobierno, en un escenario en el que tres son infinitamente más que dos, ya saben, por aquello de las combinaciones posibles. ¡Pero qué tres!

El PP, principal partido y todavía en el Gobierno, en plena carrera hacia su descomposición, con un líder desaparecido en los momentos clave que sigue aferrado a la máxima que le ha llevado hasta la Moncloa: "el que resiste gana". El PSOE inmerso en una crisis eterna, parece que ya arrastrándose por el fondo y comenzando a emerger, reconstruyendo su partido a base de nuevos liderazgos que están pagando las novatadas de una sobreexposición pública para darse a conocer a marchas forzadas. Y Podemos, una alternativa todavía sin secretario general, sin consejo ciudadano (comisión ejecutiva) y sin un programa concreto, creciendo a un ritmo vertiginoso únicamente a base de repetir en todos los foros las consignas ya sabidas: "los de abajo contra los de arriba", "la gente normal contra la casta", "la eliminación de las puertas giratorias", "la participación de la gente", etcétera; en cualquier caso, nada que se pueda concretar, medir y cuantificar para comprobar su viabilidad. Entre estas tres opciones suman el 75% de la estimación del voto, y el resto muy repartido entre UPyD e IU, como partidos nacionales y ERC, CIU, CompQ, PNV, Amaiur, BNG y otros, como partidos nacionalistas.

Algunas conclusiones al respecto. La primera es que se decidirá entre partidos nacionales la gobernabilidad del país. Los partidos nacionalistas perderán el protagonismo que les daba ser sustento de gobiernos o bisagras entre el tradicional bipartidismo. La segunda es que, muy probablemente, la desigualdad entre el "valor en votos" de cada acta de diputado disminuya, con lo que partidos muy minoritarios que obtenían votos en muy pocas circunscripciones ya no tendrán el peso político que le daba su representación parlamentaria. Y la tercera es que entre los partidos nacionales, la mayoría están instalados (así lo refleja la ubicación que hacen los ciudadanos) en posiciones de izquierdas y socialdemócratas frente a un solo partido hegemónico que abarca a toda la derecha más tradicional.

Con este panorama y en el escenario en que se mueven los principales líderes es razonable afirmar que asistimos ya al comienzo de la guerra por los votos. Mariano Rajoy lo ha jugado todo a dos bazas: el crecimiento económico y la creación de empleo, y su estilo introvertido, ausente y "reflexivo" con el que ha tratado de "infundir tranquilidad y sentido de Estado basado en la prudencia" para continuar teniendo la confianza de los españoles. La encuesta del CIS le acaba de derribar su estrategia, castigando duramente tanto su valoración como líder como el resultado de sus políticas económicas, a las que se suman la corrupción y la sensación de impunidad para la clase política y determinada clase empresarial.

Pedro Sánchez, como principal alternativa, y Pablo Iglesias como líder emergente que ha descabalgado a IU y UPyD, aunque también captura votos en los caladeros del PP y PSOE, tienen por delante la ingente tarea de tener que "venderse" como líderes a través de una sobreexposición mediática, además del trabajo interno fundando o recomponiendo sus partidos y sus propuestas. Aparecerán en todo tipo de programas de entretenimiento, dando entrevistas a todo tipo de medios y haciéndose cercanos en sus perfiles de las redes sociales (aunque, obviamente, acompañados por sus asesores) con la finalidad de generar confianza a base de cercanía, de transparencia, de buena educación y buena formación, valores que deberán suplir la falta de experiencia en tareas de gran envergadura.

En el marketing político se incluyen las actividades desarrolladas para conseguir el apoyo y los votos de una población en favor de alguna proposición, programa o candidato. Se estudian las tácticas y estrategias que se implementan para vender ideologías, programas o líderes. Pedro Arriola, Verónica Fumanal e Íñigo Errejón tienen por delante unos meses "calientes". Y en sus manos tienen los productos que tienen y que han de vender como los mejores. Es lo que hay. La carrera electoral ya empezó y en ella será deseable que se expliciten propuestas concretas, valoradas en euros, viables, posibles, en beneficio de todos, más allá de victimismos, herencias recibidas o pasados más o menos bolivarianos. Claro que para hacer una campaña "en positivo", cuando cada semana se destapa un nuevo caso de corrupción, les va a hacer falta algo más que el saber científico del marketing político. Tal vez algún milagro.

José Picado Carballeira es consultor y profesor en la Escuela de Finanzas
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