El "Gran Hermano" de los mercados

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29 de abril de 2011 (18:44 CET)

A principios de año, en Profim decidimos reducir la fuerte exposición que manteníamos a mercados emergentes en nuestras carteras modelo. No sabíamos hasta que punto estábamos yendo contra “el consenso”.

Llevábamos un par de años siendo probablemente los primeros y mayores fans de unos países que no tenían ni créditos subprime, ni productos tóxicos ni cajas de ahorros (esto último era lo que los hacía más atractivos). Además, sus modelos de negocio eran cosas tan aburridas como fabricar productos a precios muy competitivos y venderlos por el mundo. Pobrecillos, tan inocentes y tan lejos de la Champions League, en la que jugábamos los españoles gracias al ladrillo, ese que “nunca baja”. Con lo fácil que es comprar pisos y darles el pase. Pero, anticuados que somos, su modelo nos gustaba más. Y se conoce que a los mercados también, porque en los últimos años las bolsas de los países emergentes subieron más que cualquier mercado de un país avanzado.

Pero además de ser raros y preferir el trabajo bien hecho y el bajo endeudamiento antes que el juego del Monopoly apalancado como modelo de negocio, tenemos también la mala costumbre de tomar decisiones propias y no seguir al “consenso de mercado” cuando pensamos que se equivoca, lo cual suele ser muy habitual, porque si no todos los que forman ese curioso ente serían ricos, y les aseguro que no es el caso. El “consenso de mercado” es en realidad una de esas creaciones del intelecto humano que sirven para echarle la culpa a alguien de las cosas, como Franco con la masonería o Zapatero con los especuladores. En el caso del consenso se trata más de una excusa que de un enemigo exterior, pero viene muy bien para cubrirse el trasero cuando se ha dado un buen patinazo: “Es que lo decía el consenso…”.

Pues resulta que sin nosotros saberlo (no lo seguimos mucho), el “consenso” consideraba que lo más “guay” del mundo mundial para este año eran los mercados emergentes. En realidad no era una decisión muy razonada. O dicho de otra manera, la única razón que había detrás de ese planteamiento es que son los mercados que más han subido en años anteriores. El viejo mantra. Para qué pensar, si basta con coger lo mejor del año anterior y sentarse sobre ello. Esto, en economía, es una barbaridad, porque si hay una regla que siempre se cumple en economía son los ciclos, es decir, que es cíclica por naturaleza. Tarde o temprano los factores que auparon a un activo, sector o país tienen que cambiar. Es la ley del mercado. Pues aún así, el 90% de los inversores eligen sus fondos en base a rentabilidad pasada. Se entiende que lo hagan los inversores no profesionales, ya que no tienen porqué saber estas cosas, pero que lo hagan los profesionales... Pues vaya si lo hacen.

El caso es que nosotros pensamos que no hay que conducir sólo con el espejo retrovisor, sino que hay que mirar también -y muy especialmente- hacia delante. El mediocre que busca excusas dirá que eso no lo puede hacer porque no tiene la “bola de cristal.” Pero es que no hace falta ninguna bola de cristal. Se trata de estrategia pura y dura, es decir, de predecir tendencias en base a la información disponible en el momento y posteriores actualizaciones. Y de identificar los gustos y preferencias de los inversores, pues, como decía Keynes, el mercado de valores se rige por modas, y -esto lo añado yo- donde hay modas, hay tendencias. La cuestión es identificarlas. Nada más. Lo que pasa es que hacer eso da trabajo, claro. Es más fácil coger el mejor fondo del año anterior y esperar a ver si suena la flauta.

La información que teníamos a principio de año era palmaria: después de un sano y fuerte proceso de crecimiento, la inflación empezaba a enseñar su fea cara en las economías emergentes. Muy acertadamente, los responsable económicos de esos países (India, Brasil, etc.) habían empezado a tomar medidas para evitar el recalentamiento de sus economías. Básicamente se dedicaron a subir los tipos de interés. Pero esas medidas son como los medicamentos: eliminan la infección, pero tienen efectos secundarios. En el caso que nos ocupa el efecto secundario es la ralentización de la economía. Y digo simplemente ralentización, no que esos países no crezcan o que entren en recesión. Son caballos demasiado jóvenes y fogosos como para que se les pueda detener en medio de la carrera. Pero volviendo a las medidas de enfriamiento, como los mercados lo que hacen es valorar (descontar) expectativas de evolución futura de la economía y de los resultados empresariales, pues lo lógico es que se tomaran un respiro. Resumiendo: a largo plazo manteníamos nuestra visión positiva de los mercados emergentes, pero a unos meses o incluso un año vista -plazo de inversión del 90% de los españoles- recomendábamos una reducción del peso de los mismos en cartera y llevar ese dinero a índices tan poco “fashion” como el Dow Jones o el Dax alemán. Sólo se salvó Rusia, por la importancia que tienen el petróleo y otras materias primas en su economía, activos que sí recomendábamos y seguimos recomendando tener en cartera.

No imaginábamos que eliminando “los emergentes” incurríamos en algo parecido a la herejía. No se nos había ocurrido consultar antes qué opinaba “el consenso”. Y resulta que opinaba todo lo contrario. Algunos clientes mostraban su extrañeza ante nuestro atrevimiento. ¡Desafiábamos al consenso!

El caso es que a día de hoy los BRIC ganan bastante menos que el Dow Jones, y lo mismo se puede decir del índice MSCI Emerging Markets Asia, que sube un 1% frente a un 9% el Dow. Cubriendo la divisa, claro, que fue el otro consejo que dimos ante el ardor guerrero que detectamos desde hace tiempo en el Sr. Trichet, presidente del BCE (invirtiendo en fondos que cubren el riesgo dólar la inversión no se ve afectada si sube el euro). Para eso tampoco había que tener una la bola de cristal, solo había que escucharle a este hombre hablar de su temor a la inflación…¡en plena crisis financiera!; cuando si no es por la Fed estaríamos en plena deflación

En fin, tenemos intención de seguir desafiando al consenso, al Gran Hermano del mercado, si pensamos que se equivoca. Lo hicimos cuando no nos creímos lo de que el ladrillo nunca baja, lo hicimos cuando preferimos la renta fija corporativa a los depósitos o cuando eliminamos cualquier presencia de renta fija o variable española en nuestras carteras al comprobar cómo se enfrentaban -o más bien cómo no se enfrentaban- nuestros gobernantes a la crisis. Y sugerimos que lo hagan también Uds. de vez en cuando, porque en los mercados el consenso se equivoca muchas más veces que acierta. 
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