El 'copago sanitario'...¿bueno?...¿malo?

14 de julio de 2012 (14:41 CET)

Como el término 'copago' tiene mala prensa los políticos suelen utilizar, para referirse a él, términos que tratan de desviar la atención en un sentido o en otro. Es una palabra tabú por lo que tratan de buscar eufemismos que suavicen o en su caso agraven (según el interés político de cada uno) el efecto negativo del vocablo. En política parece como si lo dañino fueran los términos en sí y no el efecto inmediato de la aplicación de medidas dolorosas y, por lo tanto, rechazadas por muchos ciudadanos.

Siguiendo esta táctica tan generalizada entre los políticos, que llegó a abolir en el lenguaje de Zapatereo el término “crisis” y en el de Rajoy el término “rescate” sustituyéndolos por los más rebuscados eufemismos, el copago no se ha visto exento de la misma suerte, siendo sustituido en unos casos por eufemismos tales como “tique moderador”, “aportación necesaria”, etc. por los que lo tenían que aplicar pero no querían decirlo, y en otros como “repago” por los que querían perjudicar al gobierno que lo aplicaba.

El copago y el repago son dos términos distintos y, en este caso no se trata de repago, pues lo que se ha pagado previamente son impuestos no finalistas y que pueden servir tanto para pagar medicamentos como cualquier otra cosa, por lo que no se trata de repagar nada sino de contribuir al pago de una parte de la atención sanitaria y el término “copago”, del que tanto se huye, es el adecuado para definir esta situación.

Por otro lado, cuando se oye hablar de este tema, da la sensación de que el copago es una medida novedosa que se acaba de introducir en nuestro sistema sanitario cuando la realidad es que ha existido desde que inició su andadura. Y no es sólo la población activa la que ha venido copagando el 40 % de los medicamentos que consumía, sino que una parte importante de los pensionistas ya pagaban el 30 % de sus medicamentos sin que se hayan abierto los cielos y se hayan derrumbado sobre el país. Me estoy refiriendo a los encuadrados en el régimen de MUFACE, MUJEJU y demás funcionarios de las administraciones locales y autonómicas acogidos a éste régimen. Durante todos estos años nadie ha salido en defensa de estos jubilados que, en cuanto a retribuciones, no se diferencian en nada de los del régimen general, pero que sin embargo han tenido que pagar el 30 % de los medicamentos que han consumido y, además, nunca se han quejado.

Muchos piensan que el copago es un invento español o, más bien, un invento de los gobiernos debido a su voracidad recaudatoria, pero el copago se emplea con éxito en la mayoría de los países de Europa, sobre todo en los que gozan de un servicio sanitario más amplio y con mejores prestaciones. Las formas de copago son distintas en los diferentes países, pero siempre con la vista puesta en la sostenibilidad del sistema que permita dar cobertura adecuada a toda la población.

Porque, ¿de qué se trata? ¿de tener un sistema de salud en el que no tengamos que contribuir con pequeñas aportaciones pero que se vaya deteriorando por falta de medios hasta que sólo los que dispongan de muchos recursos puedan recibir una asistencia de calidad mientras que los de rentas más bajas tengan que recibir una asistencia parecida al de la antigua beneficencia, o de preservar y consolidar el sistema que tenemos en el momento actual, con iguales prestaciones para todos, siempre de la mayor calidad y que vaya incorporando los últimos avances científicos y tecnológicos? No creo que nadie dude que esta segunda opción sea la única razonable.

Lo que tiene que garantizar el país, a través de su sistema de salud, es que todos los ciudadanos tengan todas las atenciones sanitarias que su estado de salud requiera, con independencia de cualquier circunstancia económica o de otra índole sin que esto gravite de una forma importante sobre su economía. Estas atenciones deben prestarse a todos, sin excepción, en igualdad de condiciones empleando todos los recursos necesarios que cada situación precise, independientemente de su coste y de las circunstancias del individuo y todo ello con la rapidez adecuada. Esto quiere decir que, en ningún caso, el coste de la atención sanitaria debe suponer una carga económica significativa para las familias o los individuos, es decir que el peso del copago no puede significar que haya que dejar de comprarle al niño los zapatos o el material escolar ni que la familia tenga que dejar de comer o de vestir adecuadamente o de desarrollar todas las actividades normales (ocio incluido), pero a lo mejor tiene que dejar de tomar dos whiskys al mes o cualquier otra cosa que no suponga ningún quebranto para la economía doméstica.

Muchos hemos defendido el copago en esas condiciones, es decir, salvaguardando íntegramente las atenciones de salud de todos los ciudadanos y preservando la economía familiar y personal. Curiosamente los que más rebatían esta postura (eso sí, sin argumentos válidos) e incluso anatematizaban como réprobos a los que la manteníamos, son los que hoy defienden con más ahínco y más ímpetu el copago sanitario aunque tratan de camuflarlo con una terminología que no responde a la realidad.

Por aquel entonces, y de esto hace ya bastantes años, yo advertía de que el copago no sólo era necesario e incluso imprescindible para la sostenibilidad del sistema, sino que era INEVITABLE y que cuanto más se tardara en aplicar sería más duro y sobre todo mucho menos eficaz. Los hechos han acabado dando la razón a lo que era evidente. Al final el problema de España (o de cualquier otro país) no sólo es hacer las cosas mal sino, sobre todo, tarde, no queriendo reconocer (por intereses políticos) las evidencias para afrontarlas y ponerles remedio, lo más pronto posible. Es lo que los médicos tras siglos de experiencia llaman diagnóstico precoz al que debe seguir un tratamiento temprano como la mejor fórmula para curar las enfermedades cuando no se han podido o no se han sabido evitar, que es siempre lo deseable. Hoy se habla de “medicina basada en la evidencia” como algo imprescindible para la correcta toma de decisiones sobre el cuidado sanitario de los pacientes, sería bueno que las decisiones políticas que nos afectan a todos, estuvieran también basadas en las mejores evidencias disponibles.

El copago tiene dos objetivos primordiales: el recaudatorio, que es el menos importante, y el disuasorio, que es el fundamental. Todos sabemos, porque se ha repetido hasta la saciedad y también por experiencia propia, que cada ciudadano español tiene en su casa un botiquín bien repleto de medicamentos la mayoría de los cuales acaba en el cubo de la basura. Y tirar medicamentos, que paga previamente la sociedad, es decir que pagamos todos, es como tirar directamente billetes de banco pero con el agravante de que además de tirar el dinero contaminamos el medio ambiente, puesto que los medicamentos están compuestos por moléculas muy activas y muchas veces peligrosas, que si no son eliminadas de forma adecuada, dañan seriamente el medio en el que se depositan.

Pero los ciudadanos no acumulamos y tiramos medicamentos por hacer daño al medio ambiente o por perjudicar la economía nacional, si lo hacemos es porque no tenemos conciencia real del valor que tienen a las cosas que no nos cuestan nada. Es por ello muy sano tener que meter de vez en cuando la mano en el bolsillo para darnos cuenta de que la sanidad es muy cara y que la estamos pagando entre todos, así como para tomar conciencia de que si queremos salvaguardar el magnífico sistema de salud que tenemos en España y conservar su carácter universal, tenemos que hacer un esfuerzo, pequeño, pero sobre todo adaptado a nuestras posibilidades, para evitar el abuso consciente o inconsciente y la sobreutilización del mismo.

Realmente en España tenemos un magnífico sistema sanitario (probablemente es lo mejor que tenemos en el país) del que todos somos beneficiarios y del que debemos sentirnos orgullosos, por eso no debemos dudar en aportar lo necesario para conservar su carácter de excelencia y su universalidad y para ir corrigiendo sus defectos e ineficiencias, que también los tiene.
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