El adiós a un estadista

24 de marzo de 2014 (12:10 CET)

Este también es un artículo elogioso para la figura política de Adolfo Suárez. Los periodistas de cierta edad, que contamos con pasión la transición política de la dictadura a la democracia, asistimos en primera fila a aquella espectacular transformación institucional y las primeras decisiones de gran envergadura reformadora que vivió la España de la época. Ora con Suárez en plan llanero solitario (en los once meses transcurridos entre su nombramiento y las primeras elecciones democráticas), ora de la mano de UCD, ora de la mano del PSOE.

Cuando el rey eligió a Suárez para pilotar el tránsito, todo el mundo (el democrático) se echó las manos a la cabeza. Y, sin embargo, aquel fue un gran acierto. La estructura de poder franquista, con el Ejército al frente, vigilaba con las bayonetas caladas. En unos meses vertiginosos, con audacia y valentía, España se encaminó a las primeras elecciones y a la preparación de una constitución democrática, la de 1978, pactada entre derecha e izquierda, entre centro y periferia. El gran resultado de la transición.

No se puede percibir la trascendencia del papel de Suárez si no se valora el contexto en que lo desarrolló. Los enormes obstáculos con que se encontró y la dificultad manifiesta del reto. No habría sido posible un tránsito pacífico y ordenado a la democracia sin él, sin su capacidad de liderazgo y de consenso, sin el empeño del rey, sin la colaboración generosa de partidos y sindicatos y sin un amplísimo consenso social dispuesto a avalar la concordia y la reconciliación. Sin una general altura de miras.

Porque esa era la cuestión. Justamente estos días hace 75 años que acabó la guerra civil, pero es sabido que la persecución política y la brutal represión de personas, partidos, sindicatos y organizaciones de toda índole siguió durante décadas de dictadura implacable. En la práctica, la guerra terminaba ahora, al morir el dictador, al salir los presos políticos de las cárceles, al regresar los exiliados.

Esa era la cuestión, sí: configurar un orden político nuevo cerrando heridas, superando rencores y evitando cometer los errores del pasado que habían hecho fracasar la experiencia democrática republicana. Sobre la mesa los derechos humanos, la libertad, la democracia homologable, la forma de Estado, la bandera, la organización territorial, el Ejército sometido al poder político legítimo, la educación y la sanidad para todos… Consenso, diálogo, respeto a las ideas de todos. Casi nada viniéndose de dónde se venía.

Se logró entre todos, con Suárez como ariete preciso, y España vivió los mejores momentos de su Historia. Casi nada. Si se quiere, se pueden establecer similitudes y disimilitudes con la España actual, pero aquella coyuntura histórica era distinta de la actual. Si acaso podemos lamentar que hoy se estén dando pasos atrás en los consensos más básicos entonces conseguidos y que son los que permitieron estos años de estabilidad, modernización y reformas. Pese a los golpistas. Pese a ETA.

El 23-F de 1981 demostraría que los peligros eran más que ciertos. Y evidenciaría, también, la talla personal y el sentido de Estado de Adolfo Suárez, con aquellos gestos valientes de permanecer impertérrito ante las metralletas golpistas y de levantarse como un rayo a defender al ministro de Defensa. La imagen para la historia de un gran estadista que ya hace once años comenzó a ausentarse y al que ahora se rinde justo tributo final.
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