El accidente de tren de Santiago

30 de julio de 2013 (11:57 CET)

El accidente de tren el pasado 24 de julio en Angrois, en la curva de A Grandeira, en las cercanías de Santiago de Compostela, ha dejado importantes signos en múltiples direcciones y sentidos. El drama o los dramas y la tragedia y las tragedias que conllevan este accidente, que es una desgracia, nos sitúan en distintas escalas y niveles, donde hay que diferenciar el acontecimiento, los hechos y las respuestas, siendo inevitables la teatralidad y el espectáculo, que está multiplicado por la mediación de los medios de comunicación.

Como acontecimiento hay que apreciarlo como suceso y noticia, que ha tenido una cobertura mediática significativa de acuerdo con la magnitud del resultado, que conmovió a la ciudadanía, que ha tenido una respuesta ejemplar, donde la solidaridad era el común denominador de los vecinos, aparte de la respuesta institucional, que ha dado una imagen de un país moderno. En ese ámbito conviene diferenciar lo que es un accidente de lo que es una catástrofe, cuyas notas son básicamente lo inevitable y lo imprevisible.

Otra cosa es el accidente, que viene a ser una calidad o estado que aparece en alguna realidad, sin que sea parte de su esencia. Es decir, que es posible la alteración de algo tanto desde el plano subjetivo como desde el plano objetivo. El accidente es un suceso fortuito, eventual, que refleja indisposición, irregularidad o simple carácter de la realidad que, perteneciéndole, no es lo lógico. No es normal, lógico y habitual que un tren descarrile, por lo que no es asumible una única causa, aunque se apunta que, estando señalada a una velocidad de 80 km/h, se viniera a 190 km/h, por lo que hay que apelar a las incidencias probables y posibles, tanto subjetivas, como objetivas, que manifiestan que se trata de lo que sobreviene en el curso de algo, por eso hablamos de lo incidental (cosa accesoria), incidente (obstáculo) o la misma incidencia, que es caer, cortar, romper o incurrir en falta o error.

Entre los signos, señales e indicios que aparecen es el viaje y el tren, que han tenido una historia y un desarrollo determinado y que estamos pendientes de la publicación de los datos registrados, que nos plantean seria dudas sobre la seguridad, la competencia y la tranquilidad reposada en el cumplimiento legal. En ese sentido, hay que señalar que el riesgo es una contingencia o proximidad de un daño, que causa perjuicio y desafectación. No estamos en las dialécticas de riesgo/ventura (someterse a la suerte), tampoco correr riesgo cada vez que subes a un tren, como una cosa expuesta y, menos, presentar un panorama de transporte arriesgado, como algo aventurado y peligroso, máxime, teniendo en cuenta que España es una de las potencias hegemónicas en el transporte ferroviario. Sin embargo, aparece el accidente, cuyas notas incorporan lo inesperado, lo imprevisible y lo alternativo como posible y probable. Estamos en la sociedad del riesgo, como nos señala Ulrich Beck.

No voy a presentar un discurrir diacrónico y sucesivo de los efectos, consecuencias y resultados del accidente en sus planos subjetivo y objetivo, porque hay un exceso de comunicación sin información y sin conocimiento, sino que plantearé un contexto y una atmósfera que vivió Galicia: el 25 de julio que es el día de Galicia y, para el nacionalismo, día da patria galega, en el que se visualiza el espacio de cada una de las ideologías y fuerzas políticas, por lo que hay un enfoque de control y orden frente a los alternativos al sistema y, en consecuencia, hay la consideración de lo de “alto riesgo”, que provoca que vengan dotaciones extras de las fuerzas de seguridad del Estado; hay, a su vez, una generalización de fiestas de estío en múltiples localidades gallegas; estamos bien de vacaciones, o en espera inmediata de las mismas con encuentros, ocasiones y situaciones para cada quien en múltiples aspectos…

Y, en esto, aparece el descarrilamiento, en el cual, en un principio, para la Televisión de Galicia, con locutor en pantalla se afirmaba que hubo, según los vecinos, dos o tres explosiones; con posterioridad, el desbordamiento y el aturdimiento al observar la magnitud del accidente, que hizo reaccionar a TVE al lado de Intereconomía y 13TV. Las radios han estado en su lugar, donde la cadena SER ha sido ejemplar. Los medios escritos al día siguiente ya empezaban a valorar y ponderar adecuadamente todo lo sucedido. Asimismo cabe destacar el papel desempeñado por las redes sociales (fundamentalmente twitter), que se convirtieron en verdaderos vehículos de canalización de la solidaridad, de plataformas de comunicación y de envío de anuncios trascendentales: familiares desaparecidos, lugares de donación de sangre, avisos de las autoridades, etcétera.

Volviendo a los tópicos y otras referencias, se nos dice, que Galicia es lugar de peregrinaje y no lugar de paso y, esa realidad descrita, salta a la vista; la solidaridad de los vecinos de Angrois y del pueblo de Santiago y de Galicia no se hizo esperar. Todo queda aparcado y entre asombro, extrañeza, rabia y huída en la pugna subjetiva y objetiva, nos enfrentamos con los sonidos de la muerte: el vacío, el silencio y la soledad. Pero, al lado, está la gestión de la actualidad, y nadie quería ni podía dejar pasar la ocasión de figurar en un espectáculo integrado.

La focalización de lo acontecido viene enmarcada por determinados actores: quienes quieren hegemonizar la teatralidad y ahí aparecen los políticos y el jefe del Estado y los herederos; los protocolos y su realización: se nos dice y afirma que todo ha sido perfecto, aunque el diario El País nos llevó a otra versión; la huída de la responsabilidad de Adif y de Renfe en el frenado, en la alta velocidad y la velocidad alta, etcétera; la detención y la declaración judicial y subsiguiente situación del maquinista, luego, y no exento de conflicto, aparece el funeral oficial y su realización, donde hubo fuerzas políticas que no lo siguieron ni acudieron, confundiendo la aconfesionalidad estatal y las propias convicciones morales y religiosas, con el respeto debido a las víctimas y a sus familiares.

Jurídicamente, y pese a la alarma social generada y a la búsqueda de un responsable al que atribuir el hecho delictivo, no podemos obviar el relato fáctico: constituye un delito de homicidio imprudente, en concreto, un concurso ideal, según reiterada jurisprudencia recaída en sucesos similares, de 79 homicidios imprudentes y de múltiples delitos de lesiones (también imprudentes), sin perjuicio de los daños irrogados, pero que, a la luz de las reglas del Código Penal, en concreto, el artículo 77, conllevaría la imposición de la pena prevista para la infracción más grave en su mitad superior […], lo que, sin ánimo de ser exhaustivos, nos llevaría a un máximo de cuatro años de prisión. Por tanto, sin criminalizar ni prejuzgar las resultas del fallo, debemos partir de que se trata de un hecho imprudente, nunca doloso, y de que deberían cesar los ánimos de venganza y revancha sobre un sujeto imputado.

Algunos frentes vuelven a abrirse, y el accidente del tren nos adentra en una realidad nueva: la vulnerabilidad y la presencia del peligro, del riesgo y del daño. Como conclusión, quiero reproducir una reflexión de Daniel González Uriel en Facebook, como reflejo de la actualidad, donde incorpora la sensación y la percepción: “Éramos muchos los que esta tarde asistimos al funeral por las víctimas del tren, en una abarrotada Plaza da Quintana. Sobrecogía el silencio respetuoso de una muchedumbre que acudió a rendir homenaje y mostrar su respeto a las víctimas y a sus familiares. Porque todos podíamos haber ido en ese fatídico tren, y, porque en cierto modo, todos hemos sido partícipes del luto y de la tristeza inmensa que nos ha sacudido estos días. Simplemente me gustaría dar las gracias a esta ciudad, que nunca volverá a ser la misma; ciudad de destino, de peregrinaje, ciudad universitaria y, sobre todo, un gran lugar que en su peor momento ha mostrado su mejor cara, que ha prestado su ayuda, solidaridad y compasión. Gracias por todo Santiago, es un orgullo muy grande ser santiagués”.


Vicente González Radío es catedrático de universidad.
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