Ejemplo Armstrong

03 de febrero de 2013 (22:06 CET)

Como deportista está claro que Lance Armstrong no constituye un buen ejemplo, pero puede que sí lo sea como padre que prefiere decir la verdad a su hijo y reconocer socialmente su ilícita forma de actuar. Supongo que en ello también habrá influido el modelo de sociedad a la que pertenece, en la que uno de los principales valores es decir la verdad o, dicho de otra forma, no se admite la mentira.

En cambio en nuestro país ocurre todo lo contrario. Aquí se procura ocultar sistemáticamente la verdad y, encima, se suele salir airoso. Al menos este es el lamentable e incalificable ejemplo que están dando nuestros políticos, banqueros, grandes compañías, dirigentes y demás familia española similar.

Por eso también tenemos un modelo social presidido, además de por la alergia a la verdad, por la corrupción, el enriquecimiento ilícito, el pelotazo, el nepotismo, el desprecio del interés general, el aprecio al interés particular, el echar la culpa a los demás, el no reconocer los hechos, el “y tú más”, la falta de respeto e insulto a la inteligencia, a la condición humana en general y a demás valores sociales por el estilo.

Por eso no me imagino a nuestros políticos diciéndoles la verdad a sus hijos, pues entonces tendrían que reconocer que están ahí no por mérito propio alguno, sino simplemente por arrimarse al sol que más calienta. En este caso llamado partido, que les recompensa su seguidismo con puestos que aprovechan para resolver pecuniaramente sus vidas, como ya reconoció alguno en famosa grabación.

Tampoco a los banqueros, telefónicas, endesas y repsoles confesándoles a sus proles su estatus en el espolio y abuso al que someten a la población cautiva, gracias a que manejan los hilos del poder para ello.

O a los cientos de directivos y consejeros de grandes, medianas o pequeñas empresas diciéndoles a sus vástagos que los colegios o los lujos con los que se han criado salen de la especulación, de los enchufes, de las recalificaciones y otras prácticas fraudulentas, tan comunes y abundantes en nuestro territorio.

Tampoco me imagino que, a pesar de su conocida afición al ciclismo, Mariano Rajoy secunde a Armstrong --en este caso como persona-- y le diga la verdad, no ya a sus hijos biológicos, sino también a esa niña con la que tan tiernamente comparó en su día a España, reconociendo que es presidente del gobierno gracias, entre otras prácticas fraudulentas, al engaño y a la mentira. 

Dijo a los españoles que su gestión iba a bajar el paro, no subir los impuestos o hacer recortes sociales, además de otras promesas o programas que son pura demagogia y que no se cumplen.

Ya que escusarse, tal y como está haciendo, en base “a la situación que se encontró”, es como si Armstrong siguiese justificando su dopaje porque “era algo común”.

La diferencia es que el norteamericano no quiso continuar con el engaño y en cambio aquí sí, por muchos valores, hijos, razones, hechos, consecuencias o rabos de gaita a los que apele la población sufridora de los múltiples y variados desmanes de nuestros purísimos mandatarios.

Definitivamente, no puedo llegar a imaginar una España en la que, aunque fuese simple y mínimamente, cundiese el ejemplo bueno de Armstrong entre nuestra clase dirigente, no digamos ya que la verdad fuese uno de nuestros valores sociales, porque entonces estaríamos hablando de otra España.

Y esta vez síque no nos iba a reconocer ni la madre que nos parió.
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