Del texto más antiguo del mundo

11 de octubre de 2014 (14:07 CET)

Cuenta el cantar de Urukagina, escrito hace 4.500 años y anterior a las Pirámides, que en la ciudad sumeria de Lagash prosperaban la corrupción y el cohecho, los gobernantes, en vez de ser los mejores y los elegidos por los dioses y los hombres, se corrompían y elegían a sus hijos para los puestos de poder, el pueblo estaba sometido a los abusos de los señores, sacerdotes y ricohombres. Los ricos se hacían cada vez más ricos merced a sus privilegios, los pobres cada vez más pobres y por doquier los agobiaban a impuestos: “el inspector de los barcos se apropiaba de las barcas; de los asnos el administrador de los rebaños se apropiaba; de las ovejas el administrador de los rebaños se apropiaba; de las capturas el supervisor de la pesca se apropiaba; para llevar un cadáver al cementerio siete jarras de cerveza, 420 panes, 2 medidas de cebada-ha-zi, un vestido, un carnero, y una cama, el funcionario cogía para sí; en las propiedades del Estado, y en los campos del Estado, se cometían irregularidades”.

Mas Urukagina tomó el poder para acabar con las exacciones, según dice su panegírico, extraña mezcla de programa político y poema: “Destituyó de sus puestos al inspector de los barcos; al administrador de los rebaños; al supervisor de la pesca; al jefe de los almacenes; al oficial de palacio que recogía la contribución para los sacerdotes”. No acaba ahí la cosa: también “liberó a los habitantes de Lagash de la usura, los pesados controles, el hambre, el robo, el asesinato y las exacciones. Estableció la libertad. La viuda y el huérfano dejaron de estar a merced del poderoso”. Además, construyó edificios y canales, y a los ancianos les dio pan.

Han transcurrido cuatro milenios y medio desde que Urukagina tomó el poder en la ciudad de Lagash. En este tiempo han cambiado las lenguas, las leyes y hasta los dioses. La urbe, antaño una de las más poderosas del mundo, es un conjunto de ruinas. Sus fuertes murallas se han convertido en polvo. Y nuestros contemporáneos plasman en el foro y en el Facebook el mismo descontento con los gobernantes que fue escrito una vez en caracteres cuneiformes sobre tablillas de barro, muestra de que el fondo humano permanece inmutable.


Pero el texto aún guarda una similitud más importante con nuestros tiempos. En los tiempos de Urukagina, las diferencias entre ricos y pobres se habían hecho marcadas y casi insalvables. Los grandes propietarios, sacerdotes y terratenientes prestaban cebada para cosechar o para subsistir a los pobres, cobrando intereses de usura. A medida que los prestatarios eran incapaces de devolver los préstamos, sus personas y propiedades se incorporaban a la hacienda de los poderosos, convirtiéndolos en siervos de la gleba a todos los efectos.

Las deudas actuaban como un factor favorecedor de la concentración de capital, hasta el punto de que la vida económica se vio seriamente afectada a medida que la propiedad se concentraba en pocas manos. La mayoría de la población se empobrecía; como no podía cultivar sus propias tierras, apareció el desempleo y los braceros empezaron a depender de que alguien les diera trabajo, y, como sobraban los brazos y la población empobrecía, los sueldos bajaron (“el trabajador se veía obligado a mendigar su pan, los jóvenes tenían que trabajar por poco”). Con el perdón generalizado de Urukagina los que cultivaban tierras que les habían sido expropiadas vuelven a tenerlas, y comienza de nuevo el proceso de acumulación de propiedad.

Estos ciclos de acumulación y perdón generalizado de las deudas se repitieron a lo largo de toda la historia del mundo antiguo. El famoso Hammurabi llevó a cabo anulaciones de deuda en cuatro ocasiones, a lo largo de su reinado. A su muerte, uno de los primeros edictos de su sucesor es ordenar la destrucción de todas las tablillas que registrasen deudas. Diversos faraones, como Bakenrenef, llevaron a cabo perdones generalizados y prohibieron la esclavitud por deudas. En el Año Jubilar, de la Ley de Moisés, se cancelan las deudas que se hayan contraído en el ciclo anterior. Solón, los tiranos corintios, Agis el espartano, los patricios hermanos Graco: la cancelación de deudas ha sido una constante en la política de la Antigüedad, a menudo el factor determinante de la lucha social y la política interior.

En nuestros días, la cuantía de la deuda privada y pública ha alcanzado cotas que nunca se vieron en tiempos bíblicos. Nuestros primitivos ancestros, en Sumer, Egipto o Roma, eran lo bastante astutos como para rechazar cualquier tipo de divisa que no estuviese respaldada por un metal, fuera oro, cobre o hierro. Pero nuestro sistema económico, auspiciado por el dinero fiat, puede crear deuda, parece, hasta el infinito. Con un cambio importante con respecto a la era antigua: si en aquel entonces el Estado era de los principales acreedores, hoy nuestros Gobiernos están endeudados hasta las cejas, la cuantía de los impuestos, que nunca fueron tan elevados con respecto a la riqueza total de la sociedad, no llega para cubrir sus gastos y sólo la deuda les da margen de maniobra. Y si antaño a los ricos se les debía dinero, hoy en día las grandes fortunas y empresas tienen en sus balances gigantescos apalancamientos. Todo el mundo debe dinero, y en el caso de que los balances tuviesen que ponerse a cero, nuestro mundo colapsaría.

Está claro que nuestras deudas no se van a pagar. La deuda pública española no podría satisfacerse en euros de valor constante sino en muchos años, con mucha reducción de gasto y con un gran crecimiento económico, y nada de eso va a ocurrir. Las opciones son el default, el impago total o parcial, el cambio de moneda, la devaluación de la moneda por decreto, la hiperinflación o la guerra. Todas ellas se han empleado en multitud de ocasiones, en circunstancias similares.

Está por ver si, dentro de cuatro milenios y medio, los historiadores y economistas habrán aprendido algo de esta crisis.
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