Catalunya: nacionalismo y democracia

23 de septiembre de 2013 (12:38 CET)

La situación política de España está sujeta a dar respuesta a las necesidades, a las aspiraciones y a los deseos de la ciudadanía dentro de las coordenadas marcadas por las leyes. La seguridad jurídica, el principio de legalidad, la división de poderes, la institucionalización de la Administración, el reconocimiento formal de derechos (entre ellos, el sufragio), el pluralismo ideológico (partidos políticos) y el pluralismo informativo (medios de comunicación) nos definen como democracia.

La Constitución española del 78 sienta las bases para su realización. Pero es aquí cuando surge el conflicto: el planteamiento de la secesión, de la separación-ruptura del territorio catalán y, consiguientemente, la independencia (aunque hubo y hay otros movimientos en otras partes). Se abren, pues, expectativas a la soberanía del pueblo catalán.
Los Estados, con su organización, son actores nacionales e internacionales, que configuran la vida de unos territorios y de esa población. Cuando la independencia para un Estado caminaba como respuesta a los colonialismos y a los imperialismos hubo cobertura internacional y reconocimiento. El otro problema ha sido provocado por la construcción del Estado-nación, que ha sido la modalidad de la cual surgen conflictos, ya que no se da cobertura al reconocimiento, a la identidad y a la soberanía: las naciones sin Estado. Surgen, a partir de ahí, denominaciones identitarias, como país, pueblo, etcétera.

El nacionalismo sienta sus bases en la afirmación del término nación y, desde el pensamiento, se ha ido configurando a partir del Romanticismo. A través de Herder los elementos básicos son: etnia, lengua, cultura, pasado histórico, concepto del nos (nos/otros) y el devenir. Posteriormente, desde el Idealismo, ha sido Fichte quien estableció la defensa de pertenencia en el marco de la identidad frente a Napoleón. De igual manera, hay que recordar a Schopenhauer, donde aparece la voluntad como representación. Luego Renan va determinando los ámbitos de lo que es la estructura y funciones de la nación. Después, se desarrolla toda una antropología política que va dando respuesta a la pertenencia (ius sanginis y ius soli), la procedencia y la referencia con los mitos y ritos definitorios de la identidad. Al pensamiento hay que unir sentimiento, voluntad y conducta. Aquí aparecen las claves del nacionalismo-separatismo que arrancaban en el siglo XIX, rebrotó en el XX y aparecen nuevos brotes en el XXI.

Las respuestas políticas en España están perfectamente planteadas en las constituciones y en las leyes, incluyendo el período de la Guerra Civil y del General Franco, hasta que la constitución del 78 apela a la diferencia entre nacionalidades y regiones y se establece el Estado de las Autonomías. Por ello, el marco legal es el que es. No hay otro.

Ahora, una cuestión importante, es cómo se perciben los catalanes que viven en Catalunya, cómo se perciben los catalanes que viven fuera de Catalunya, cómo se perciben los no catalanes que viven en Catalunya y como los percibimos el resto de los españoles. Nacionalismo español, nacionalismo catalán, españolismo y catalanismo marcan un mundo con significaciones que afectan a lo real, lo imaginario y lo simbólico.

¿Cómo administrar la igualdad y la diferencia y en qué marco? Desde la transición democrática se generaron seis formas de actuación, que se pueden categorizar tipológicamente, que perjudicaron al sistema de convivencia: la estatalización del saber, la estatalización del poder, la confusión de partido y gobierno, la confusión de partido y movimientos sociales, la confusión entre crecimiento, desarrollo, progreso y globalización, y la crisis de liderazgo social. Todo ello produce el surgimiento de actitudes, opiniones y entornos, que pasaron de lo “constituido”, dando nuevos resultados: el giro lingüístico.

En esta situación hay un ajuste partidario, así el PP funciona como delegación del “otro”; Ciudadans pretende ocupar el papel integrador y mediador, que han dejado otros partidos; otro caso es el PSUC (Ahora Iniciativa per Catalunya) y el PSC-PSOE, como partidos, que dejaron su papel de inclusión y se fueron a lo “constituyente” y a los nuevos movimientos sociales y al gran encuentro de la identidad y de la ciudadanía (aparte del federalismo, que es otro juego estratégico); CIU deja el papel pactista para acercarse a Esquerra Republicana (que pasa del legado de Heribert Barrera), y se centran, combinando la homogeneidad con la heterogeneidad, en el liberalismo individualista, el rumbo propio en el Estado plurinacional: “derecho a elegir”, como pudiera decirse “derecho a decidir” (sea nación, aborto, etcétera), donde la democracia ya no es la formal-material, para pasar a ser la real-coyuntural, es decir, ya es digital, deliberativa, de diseño, de deseo, divertida, de desencanto y de desengaño… Como la vida misma.

Vicente González Radío es catedrático de universidad.
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