La primera chapuza la paga la universidad

El nuevo ministro de Universidades, Manuel Castells, durante su toma de posesión, junto con Pedro Duque (Ciencia), Pablo Iglesias (vicepresidente segundo), Juan Carlos Campo Moreno (Justicia) y Reyes Maroto (Industria), el 13 de enero de 2020. Foto: EFE/F

La primera chapuza la paga la universidad

El nuevo ministro de Universidades, Manuel Castells, ha cuestionado la cartera para la que estaba designado y había aceptado

Hace ya algún tiempo que creo observar en la política española ciertos visos de surrealismo. Otro tanto podría decirse de la catalana en particular. Mi sospecha se ha visto reafirmada al tener noticia de que un ministro del nuevo Gobierno español ha cuestionado la cartera para la que estaba designado y había aceptado.

Por supuesto que me refiero a Manuel Castells, flamante ministro de universidades. Su departamento ha surgido de la fragmentación del que anteriormente agrupaba la enseñanza superior y lo que genéricamente se conoce como I+D. El ya anteriormente ministro Pedro Duque se convierte en titular simplemente de Ciencia e Innovación.

Como era de esperar, se ha intentado tranquilizar a la damnificada institución universitaria asegurando que los dos ministerios estarán coordinados. La última vez lo ha hecho muy recientemente el propio Duque en las páginas de un rotativo nacional. Faltaría más. Me produce escalofríos pensar que exista la posibilidad de que haya algún o algunos departamentos gubernamentales que no lo estuvieran.

Es cierto que en España existe un organismo autónomo de investigación, el CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas), que, al carecer propiamente de encargo docente, se supone que dependerá de Ciencia e Innovación. El problema es que, según las estadísticas, el 70% de la investigación nacional se lleva a cabo en las universidades.

Evidentemente, ante esa situación cualquier profano puede preguntarse si es tan relevante que ciencia y educación superior dependan o no de diferentes carteras. Creo que una visión retrospectiva puede ayudar a responder a esa hipotética pregunta.

Durante el primer tercio del siglo XX, España realiza un notable avance científico, despertando de un cierto letargo casi ancestral. La política de becas de la Junta de Ampliación de Estudios permite a muchos jóvenes llevar a cabo estancias en prestigiosos centros universitarios extranjeros. A su vuelta siembran una semilla fecunda.

En el profesorado universitario, es indisociable la docencia y la investigación

Todo eso se va al traste con la guerra civil, con resultados más o menos negativos según la especialidad. En la mía (genéricamente, las ciencias naturales), la suma de exilio y depuración tiene efectos desoladores. Nada más acabada la contienda, el Gobierno franquista crea (24 de noviembre de 1939) el citado organismo de investigación, el CSIC, que rápidamente queda bajo el control ideológico del Opus Dei.

Hasta los últimos años de la dictadura la universidad española se ve confinada a una pura tarea docente, por falta de medios de investigación. Ya en democracia se potencian las ayudas para desarrollar proyectos científicos (las que los viejos seguimos llamando genéricamente “asesoras”) que, de forma innegable, crean un panorama esperanzador; panorama que entra en barrena con la crisis económica.

No es España el único país europeo con un organismo autónomo de investigación. Ejemplos comparables serían el CNRS francés (Centre National de la Recherche Scientifique) o el Max Planck alemán. Pero cabe decir que ambos están mucho más coordinados con la universidad que nuestro CSIC.

Y, a mi modo de ver, esta situación de precaria coordinación ha creado una cierta duplicidad en la creación de recursos. Duplicidad que si un ministerio global no había superado, mucho menos parece que lo pueda hacer el esquema resultante del nuevo gobierno.

Cualquier persona interesada en el devenir de la enseñanza superior sabe que, en el profesorado universitario, es indisociable la docencia y la investigación. Esta última tiene especial relevancia en la actualización de la metodología de la materia que se ha de transmitir a los estudiantes.

Es más, una simple ojeada histórica demuestra que en todas aquellas circunstancias en las que las universidades se han visto confinadas simplemente a la docencia, el resultado ha sido muy negativo.

La enseñanza superior española está en una situación muy preocupante

En resumen, al menos sobre el papel, la separación de la enseñanza superior y la investigación reproduce el esquema que impuso el primer franquismo. Por descontado que no estoy diciendo que la motivación de dicha separación tenga que ver con el control ideológico, como sucedió en 1939. Pero si no es así, ¿a qué se debe?

Muy probablemente no haya otro trasfondo que ser uno de los peajes que ha tenido que pagar Pedro Sánchez para su investidura. Según he leído por ahí, la deuda sería en concreto con Ada Colau, muy bien relacionada con Castells.

Y para la alcaldesa de Barcelona quizá fuera la pedrea del premio gordo repetidamente anunciado y hasta ahora no conseguido: un ministerio de la vivienda. En definitiva, se diría que nuestra universidad no vale más que un plato de lentejas, plasmado en votos.

La enseñanza superior española está, como resultado de los recortes, en una situación muy preocupante. Ante eso se podría llegar a considerar la hipótesis (con la que de entrada no comulgo) de la ventaja de promover un departamento ministerial propio, como la mejor manera de sacarla de la aludida situación.

Ahora bien, se me ocurre que, en ese caso, lo normal sería poner al frente del correspondiente ministerio un gestor de probada eficacia; no un figurón que, como resultado de un cambio de cromos, parecería que hubiera aceptado el cargo como forma de satisfacer su ego de jubilado ilustre.

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

Adrià Casinos

Profesor de Biología y Ecología (UB)

Profesor de Biología (UB)

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