Joker y la política española

Albert Rivera, ejerciendo su derecho al voto este domingo, 10 de noviembre, en Pozuelo de Alarcón

Joker y la política española

La política universal parece deslizarse hacia los políticos jokers, los políticos bufones. ¿Qué es el populismo aparte de humor con trazo grueso?

Después de haber visionado dos veces Joker, y me temo que habrá una tercera y una cuarta, al menos, puedo decir que este film es de esos que se instalan en la memoria colectiva y que marcan un antes y un después como lo hizo El Padrino, Tiburón o Cadena Perpetua.

Son películas que, no sabes muy bien por qué, salen redondas y devoran el mercado (ya está a punto de superar los mil millones de dólares de recaudación lo que hace de ella la película de adultos, calificada R, más exitosa de la historia), que remueven los cimientos periodísticos y hacen salir a la luz miles de lecturas.

Estoy seguro de que alguien dirá que la alusión en la película a la conveniencia de ocultar la identidad judía se verá como un claro guiño a la elección del director, Todd Phillips, y el protagonista, Joaquin Phoenix, que considerándose a sí mismos judíos, siempre han camuflado su origen con apellidos nada judíos.

Como si alguien no supiese que la mayoría del origen de los cómics de súper héroes, y especialmente los de DC Comics, no procediesen del llamado Borscht Belt o cinturón judío de la zona de las montañas Catskill donde pasaban sus vacaciones en los años 20, 30 y 40 las comunidades judías de la Gran Manzana. Como si alguien no supiese que los más grandes “payasos” de la historia, desde Groucho Marx a Jerry Lewis, pasando por Peter Sellers, Mel Brooks o Ben Stiller, no fuesen judíos.

Todd Phillips se ha encargado en cada rueda de prensa de recalcar que nunca ha pretendido hacer una película política y de denuncia. En unas recientes declaraciones a Associated Press, Phillips puso el ejemplo de la franquicia John Wick como ejemplo de películas que ofrecen violencia sin descanso y nunca recibirán la misma atención como incitadoras a la violencia que está recibiendo su última obra.

En referencia a John Wick 3 dijo con clara ironía: “Es un hombre blanco que mata a 300 personas y todo el mundo se ríe, ululando y gritando”. La comparación no ha hecho mucha gracia a los seguidores del héroe encarnado por Keanu Reeves.

Pero lo cierto es que Joker ha roto el paradigma y lo ha roto en un momento en que la política universal parece deslizarse hacia los políticos jokers, los políticos bufones. ¿Porque, al fin y a la postre, qué es el populismo aparte de humor con trazo grueso trasladado a la arena política?

Y qué es lo que tiene la película para haberse convertido en un reclamo político, para haberse convertido en el motivo por el cual sesudos comentaristas hayan escrito profundos análisis que van desde la caída del estado del bienestar a la diferencia de clases.

Puedo imaginarme perfectamente una conversación entre Pablo Iglesias e Irene Montero a la salida del cine. No es difícil imaginar a Pablo diciéndole a Irene que esa sociedad en decadencia, la horripilante Nueva York del film, es producto del abandono de las políticas sociales, de la gentrificación, de los Donald Trump metidos a alcaldes, del más sucio capitalismo que provoca que a niños sin cuidado de los servicios sociales los ate su madre adoptiva a un radiador para que abusen de ellos, de la diferencia de clases y del fracaso en el entendimiento del pobre Karl Marx.

Y también puedo imaginar la embobada cara de Irene contestándole, arrobada por la amplia cultura de Pablo, que es maniqueo el uso de la mujer que hacen estos yankees en la película, relegadas a papeles secundarios y perversos, unidas podemos, en el rumor del coche con escoltas camino de su casita modelo Thomas Wayne.

Pero no menos gracioso sería escuchar los comentarios de ese nuevo Julio Anguita, no me digan que no se le va pareciendo hasta en los gestos, Santiago Abascal, ahora subido en el machito de la espuma de esa ola que le va llevando hacia dios sabe donde.

Puedo ver cómo le dice a Lidia Bedman que si él hubiese sido alcalde de Nueva York hubiese amurallado Manhattan para que no entrasen inmigrantes y otro tipo de ratas a convertir los hospitales en estercoleros porque, como él bien recordó el otro día, cuando le dejaron todo el centro del campo a lo Messi, la caridad bien entendida empieza por uno mismo, y luego por los tuyos, por los españoles.

¡Qué tropa, Mariano! Quizás, alguien debería decirles a todos estos cinéfilos de carnet que la ciudad que sale en Joker nunca ha existido, que está rodada mayormente en Toronto y Chicago, con algunas tomas en el neoyorkino distrito del Bronx, que se tuvieron que esparcir toneladas de basuras y ratas por calles limpias, llenar de graffiti decenas de vagones de metro y contratar cientos de extras para hacer de desarrapados.

Por supuesto, la película recrea unas calles de una ciudad derrumbándose a mediados de los setenta -solo hay que ver los coches-, una ciudad que solo existió en la imaginación del genial Bob Kane.

Hoy, Manhattan es una isla de tres millones de habitantes donde una tercera parte de su población tiene un patrimonio líquido, aparte de su primera residencia, superior a un millón de dólares, donde hay bastante menos suciedad que en las calles de Madrid o París y donde el número de homicidios per capita es similar al de cualquier ciudad europea, mayormente muertes dentro de los hogares.

Coda. Pero si alguien encarnó a Joker como nadie en ese deleznable debate de esta semana, en el que cinco políticos de medio pelo compitieron en gazmoñería, y del que yo solo vi la primera sección tratando de no zapear, fue Albert Rivera, ese payaso tentempié a punto de pasar al trastero juntos con otros juguetes rotos.

No puedo imaginarme a Donald Trump -The King of Comedy, delicioso visaje de Phillips a Scorsese- llevando un trozo de pavimento (no adoquín, Albert, que eso es del mayo del 68) de Washington DC a un debate. Como tampoco puedo vislumbrar a una persona medianamente sensata combatir el estúpido nacionalismo catalán con constantes inicios de frase con las palabras “mi tierra”.

No hace falta que te recuerde, Albert, que tan tuya es Barcelona como mía, es decir, nada tuya y nada mía. Nacer en un sitio no te da ningún derecho sobre ese sitio y no deja de ser un simple accidente, algo que decidió, mayormente, tu madre. Combatir el estúpido nacionalismo catalán con el no menos estúpido nacionalismo español es una estupidez.

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

José María F. Ameneiro

Consultor, empresario y, sobre todo, lector.

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