De microviolencia a guerrilla urbana en Cataluña

Un manifestante durante los disturbios del viernes 18 de octubre en Barcelona. Foto: Andreu Dalmau (EFE)

De microviolencia a guerrilla urbana en Cataluña

Es pronto para aventurar si las exhibiciones de guerrilla urbana vistas en Cataluña se cronificarán, pero el riesgo es evidente

En el primer informe del Observatorio Cívico de la Violencia Política en Cataluña (agosto de 2019) alertábamos del preocupante panorama que se abatía sobre la convivencia catalana. Registramos 189 incidentes en el primer semestre de 2019, el 92% de los cuales eran perpetrados por partidarios de la independencia.

La microviolencia política que describíamos –extensa, soterrada– constituía un denso ambiente de intolerancia política, presto a condensarse y a precipitar su furia cuando alguna circunstancia desencadenara la tempestad, como hemos visto con la sentencia del Tribunal Supremo. ¿Por qué preveíamos ese salto cualitativo en la violencia política en Cataluña? Porque concurrían (y concurren) muchas circunstancias que la abonan.

Así, las autoridades autonómicas tratan con condescendencia la violencia. Hablamos del “apreteu, apreteu” del presidente Quim Torra, de la pasividad forzada de los Mossos d'Esquadra durante el referéndum ilegal del 1-O, de la ausencia de condena por parte de la consejera de Justicia ante el lanzamiento de excrementos contra los juzgados, de las manifestaciones en compañía de exterroristas como Arnaldo Otegi o Carles Sastre...

Hablamos de la actitud antipedagógica del Govern incumpliendo las leyes (si tal maestro, tales alumnos). Hablamos de la negativa a aceptar que existen elementos agresivos en el ámbito nacionalista (los presuntos terroristas de Sabadell son presentados como una colla de muchachos que arrojan petardos en San Juan y sufren la persecución de la Guardia Civil y la Audiencia Nacional; la barbarie que quema Barcelona se atribuye a unos infiltrados).

Además, esas autoridades autonómicas descalifican al Estado, tildándolo de fascista o autoritario, lo que conduce a pensar que la violencia social es una autodefensa contra la violencia estatal.

La actitud de amplias capas sociales no abona el optimismo. Los que claman “som gent de pau” no dan la mano a la mitad de Cataluña ni al resto de España, sino la espalda, y no quiere compartir mesa con las demás comunidades españolas. El nacionalismo habla en nombre de Cataluña, se apropia de él, y centrifuga de “su” Cataluña a la mitad constitucionalista.

La negación del otro, su invisibilización, es el primer paso en la senda de la violencia

Y si media Cataluña no existe, los demás españoles tampoco, sino como culpables de sus frustraciones. En esa cosmovisión del nacionalismo los demás no son contemplados como sujetos y, por tanto, los que no existen no tienen derechos, ni sentimientos, ni intereses. La negación del otro, su invisibilización, es el primer paso en la senda de la violencia.

Por otra parte, falta cultura democrática cuando se pretende sustituir el sufragio universal por el sufragio territorial o étnico, de modo que en vez de votar todos los ciudadanos de España voten solo los que residan en un concreto lugar o participen de una determinada nación.

Falta cultura democrática cuando se pretende que la igualdad ante la ley o el Estado de derecho sucumba ante determinados políticos, precisamente aquellos a los que ha votado la minoría nacionalista, como si el voto les elevara por encima de las leyes.

Añadamos que dicha masa social se encuentra sobreexcitada por una fuerte ilusión, un paraíso presto a llegar, una aurora esplendorosa, una república donde todos los días tendremos helado de postre. Ilusión que es proporcional a la animadversión inducida contra un Estado que expolia, oprime y humilla desde tiempos ancestrales.

Somos víctimas de una violencia antigua, se dice. Y quien se siente acorralado y perseguido no es extraño que acabe aceptando cierto grado de violencia para liberarse de la amenaza. Añadamos frustración por un amanecer dorado que no llega.

Por último han desaparecido los frenos pragmáticos que desaconsejaban ciertas transgresiones: la violencia nos aleja de nuestro objetivo, se susurraba; pero si el objetivo por vías más pacíficas tampoco se alcanza queda expedita la vía abrupta, convertida en la única útil para los menos escrupulosos.

El discurso no permite abrigar buenas esperanzas

A fin de cuentas los disturbios “hacen visible el conflicto”, Elisenda Palauzie dixit.

De la microviolencia soterrada hemos pasado a exhibiciones de guerrilla urbana. Es pronto para aventurar si se cronificará, pero el riesgo –por las razones antes apuntadas– es evidente. El discurso justificatorio de ciertos partidos, agentes sociales y creadores de opinión, amén de la actitud de las autoridades autonómicas, no permiten abrigar buenas esperanzas.

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

Ángel Puertas

Ángel Puertas es el coordinador del Observatorio Cívico de Violencia Política en Cataluña.

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