Catexit y Spexit

Banderas de la Unión Europea ondean a las puertas de la Comisión Europea en Bruselas (Bélgica). Foto: EFE/ Stephanie Lecocq

Catexit y Spexit

Tras la sentencia del TJUE lo preocupante son los segmentos intelectuales donde argumentan que la Unión Europea no es más que un tratado

Es bien sabido, ya que hay una abundante evidencia histórica, que los nacionalismos se retroalimentan. En España está dándose un ejemplo en ese sentido paradigmático. Hemos pasado en poco tiempo de una situación en la que era cosa prácticamente asumida que el nacionalismo españolista no era más que residual, a su resurrección con toda virulencia.

Por supuesto me estoy refiriendo a Vox. Sería demasiado simplista hacer recaer la total responsabilidad del auge de dicho partido simplemente en el proceso separatista catalán, aunque el principio de acción-reacción ha funcionado sin ninguna duda.

Pero a la vez cabe pensar que han confluido otros factores, tales como la crisis económica, aun no superada, que habría golpeado con virulencia a diversos sectores de la pequeña burguesía, carne de cañón del nacionalismo, en cualquier país y circunstancia; o el buenismo con el que una determinada izquierda populista ha enfocado el problema de la inmigración, y generado la consecuente reacción xenófoba.

Pero es que, además, la aparición de un partido de derecha podía considerarse como cosa anunciada, ya que éramos el único país, junto con Portugal, de la Europa occidental en el que no existía.

El auge de Vox al estilo de sus congéneres europeos

Parece que ahora ya, en ambas naciones ibéricas, se ha corregido la situación. Especialmente España donde determinados círculos extremistas han decidido abandonar la casa común de la derecha, el PP, y emanciparse con éxito. Por supuesto que, como no podía ser de otra manera, Vox va incorporando el discurso eurófobo de sus congéneres del resto de Europa, de igual manera que el partido tiene características propias, muy preocupantes, tales como el clericalismo, el rechazo a las libertades individuales (en especial en lo que hace a la opción sexual) y un fuerte tendencia a lo que podría calificarse de ginefobia.

Hasta ahí podríamos asumir que todo es más o menos normal o esperable. Lo preocupante respecto a la inclinación eurófoba es que todo apunta a que está apareciendo en círculos intelectuales que normalmente habrían sido calificados de progresistas y que, por lo tanto, no están precisamente en la órbita de Vox.

Empleo el término eurófobo en un sentido genérico, ya que no se trata solo de apuntar a un posible “spexit” sensu lato, sino también de la recuperación de todo un discurso de denuncia sobre nuestros “enemigos históticos” (ingleses, holandeses, franceses y gran parte del universo mundo), y su contubernio con quintacolumnistas locales, presentes o pasados. Los ilustrados, por ejemplo. Véase a Roca Barea, a título de ejemplo. En definitiva, solo poco menos que el masoquismo justificaría que los españoles creyéramos en la construcción europea¸ teniendo en cuenta lo que habita más allá de los Pirineos.

Sospecho, por lo ya publicado, que la reciente sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea sobre el caso Junqueras, va a acrecentar hasta límites peligrosos esa paranoia ancestral. Es más, de una forma totalmente veleta, parece que catalanistas y españolistas van a intercambiar sus papeles. Los primeros, que siempre han presumido de “carolingios”, tenían todas sus esperanzas depositadas en Europa en el otoño de 2017.

Cuando fue evidente que la Unión miraba hacia otro lado en el momento de la DUI, se levantaron clamores sobre cómo podía traicionarse de esa manera a un pueblo tan secularmente europeo como el catalán; mientras del lado constitucionalista se generaba confianza en que Europa había comprendido que apoyar la independencia de Cataluña podía suponer abrir una caja de Pandora de consecuencias imprevisibles.

El resurgimiento de la euforia europeísta en el independentismo

Después de la referida sentencia parece que la euforia europeísta entre el independentismo ha resurgido, mientras que sesudas mentes del bando contrario nos dicen que, ante semejante afrenta, no queda más que imitar a la pérfida Albión, sin que sirva de precedente. Lo preocupante, como he adelantado, son los segmentos intelectuales donde brota dicha opinión, utilizando argumentos menospreciadores totalmente falsos, como que la Unión Europea no es más que un tratado.

La Unión Europea es, sobre todo, una constitución y un parlamento, elegido por sufragio universal entre los ciudadanos de las naciones miembros, en el que reside la porción de soberanía que, voluntariamente, dichas naciones han transferido. Porción de soberanía que, por supuesto, se puede recuperar tomando las de Villadiego. Lo que me pregunto es si es de recibo optar por esa opción a la primera de cambio, ante una circunstancia adversa.

La opción europeísta es, como se dice en términos matrimoniales, para la pobreza y la riqueza, para la salud y la enfermedad. Mal iremos si determinados defensores de la unidad nacional optan por el mutis cada vez que se enfurruñen, en especial si dichos defensores tiene raíces políticas o intelectuales progresistas. El nacionalismo ya vampirizó amplios sectores de la izquierda catalana. Espero que no pase algo equivalente en el resto de España.

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

Adrià Casinos

Profesor de Biología y Ecología (UB)

Profesor de Biología (UB)

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