Todos los caminos llevan a la negociación

08 de diciembre de 2016 (06:00 CET)

El recorrido final del llamado "procesismo" lleva a la estigmatizada tercera vía. El independentismo favorable a la RUI presupone tener que aceptar que no es posible la desconexión si antes no se ha conectado, si no ha habido conexión con el estado español. El independentismo favorable a un referéndum legal sólo tiene recorrido si, valga la redundancia, se hace legalmente. Desde el inicio del conflicto, los partidarios de una tercera vía saben que sólo es posible abrazar una solución duradera en el tiempo creando las condiciones para un pacto.

El Gobierno español, sabedor de que la judicialización del conflicto no conducirá a su victoria, dado que no es posible derrotar la voluntad de ser de la mayoría de los catalanes, debe afrontar una política de deshielo. Todos los caminos llevan a la negociación.

Y, a no ser que los esfuerzos se destinen a crear una atmósfera de armisticio, la negociación implica abrazar el espíritu de la ilustración que desveló el poder de la empatía. La empatía supone percibir la existencia del otro y leer sensiblemente a las personas. La empatía, contraria a la sublevación, al enrocamiento y a culpabilizar, se muestra efectiva cuando reconoce la valía de los otros para avanzar en la solución de problemas. La negación a reconsiderar una salida política al margen de la particular que determina cada uno desde la postura que defienden unos y otros conduce a la no-política.

Si todos los caminos llevan a la negociación, ¿Cuál es el motivo para que sea tan difícil reconocerlo y transitarlo? Una razón debemos buscarla en el rechazo a admitir la necesidad de un cambio de estrategia. No querer advertir que la tozudez en mantener una posición supone evidenciar que lo único importante es defenderla y no considerar prioritario obtener resultados que nos acerquen a avanzar en la solución.

Otra razón es que, una vez destruidas las vías del diálogo, siempre asalta la sospecha de que cualquier asomo de posible conversación puede esconder una trampa. Sabiendo unos y otros lo que está en juego, es lamentable no considerar una salida oportuna y prolongar indefinidamente un conflicto que, incluso si se enquista definitivamente, tendrá que negociarse. Pues no olvidemos que en democracia incluso los desacuerdos deben ser pactados.
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