El expresidente de la Generalitat, Artur Mas, a su llega a una conferencia de prensa. EFE/Archivo

De las bases de Manresa a la república simbólica

El primer ladrillo del procés lo puso Artur Mas en 2012, pero las causas de la fractura social de Cataluña vienen desde hace más de un siglo

A pesar de que el pistoletazo de salida para llegar a la situación actual lo dio Artur Mas en 2012 cuando presentó su órdago a Mariano Rajoy, las causas de la fractura de la sociedad catalana que la región sufre estos días vienen de lejos. Tan lejos como 1892, cuando tras ver la luz el Código fundamental de la Federación auspiciado por Pi y Margall y que plasmaba un proyecto federal para España, Valentí Almirall se distancia del federalismo liderando un movimiento nacionalista que lleva a sentar las Bases para la Constitución Regional Catalana, más conocidas como las Bases de Manresa, entre cuyos promotores estaban Enric Prat de la Riba y Josep Torrás i Bages.

La importancia de este hito del nacionalismo catalán estribó precisamente en el pensamiento que sembraron personajes como Valentí Almirall, autor de Lo catalanisme, obra en la que elabora las presuntas diferencias entre las personalidades de catalanes y castellanos. Lejos de ser un extravagancia intelectual, conceptos como este comenzaron a formar parte de una forma de verse a sí mismos que arraigó en círculos intelectuales catalanes, como queda patente en la obra de Pompeu Gener con su teoría racial de la nación catalana, en la que defiende la existencia de una distinción racial entre los catalanes, de origen ario-gótico gracias a los influjos merovingios, y los habitantes del resto de la península ibérica, de raíces semíticas por culpa de las invasiones árabes.

Por lo tanto, aún cuando el catalizador del nacionalismo catalán de la Renaixença fue de índole cultural y antiliberal, y los grupos políticos derivados de este movimiento romanticismo centraron sus reivindicaciones de autonomía en torno a las cuestiones diferenciales como la lengua y la historia, no tardaron en aparecer rasgos de etnicismo que ocasionalmente caían en elementos veladamente raciales.

Este es el caso de los escritos del ya mencionado Almirall, quien al expresar su oposición al cosmopolitismo por el que aboga el liberalismo político, coincide con las tesis romanticistas que priman la libertad del pueblo sobre la igualdad social. De la mano de esta exaltación estética caminó por un lado una restauración tradicionalista, expresada en una visión sentimental y mítica de la historia que buscaba por un lado la toma de conciencia nacional catalana, y por otra parte como la oposición al igualitarismo constitucionalista de la ilustración liberal.

La apología de la defensa de las esencias catalanas tuvo continuidad en el tiempo

Un tema recurrente al albur de esta premisa es la preocupación por la homogeneidad de la población catalana, expresados en una preocupación por la sostenibilidad demográfica de Cataluña, cuya baja tasa de natalidad tendría como consecuencia indeseable el aumento de la inmigración. Ensayos como los producidos por Bonaventura Riera y Joaquim Casas-Carbó planteaban ya, antes del final del siglo XIX, tesis etnicistas que ligaban conceptos dispares como tierra, sangre y lengua como elementos fundamentales y definitorios del ser catalán, y por lo tanto merecedores de ser defendidos mediante la articulación de un proyecto político nacionalista.

Esta apología de la defensa de las esencias catalanas y sus rasgos intelectuales personificados en su cultura congénitos tuvo continuidad en el tiempo, con ejemplos meridianos de la sistematización de la teoría de aislamiento racial en los trabajos de autores como Josep Antoni Vandellós i Solá y Pere Mártir Rosell y los estudios frenológicos del Dr. Robert, que sirven de base justificar el desarrollo de una oposición radical a la mezcla de los indígenas catalanes con inmigrantes del resto de España, resaltando que al ser las diferencias no son solo físicas, sino también psicológicas, alterarían la pureza de la estirpe catalana de darse el cruce con gentes provenientes de otras regiones.

El inevitable aumento de la inmigración económica en los años 20 y 30, espoleada por la creciente industrialización de Cataluña, exacerbó la reacción contra el mestizaje, llegando en sus ejemplos más extremos a proponer la creación de la Societat Catalana d’Eugénica como un órgano con capacidad para promover una política demográfica propia basada en la defensa genética contra la ocupación castellana por medio de perfilar las características étnicas de los índices de natalidad y el filtraje de los movimientos inmigratorios.

La premisa de estas propuestas eugénicas se basaba en el temor a las limitaciones del nacionalismo culturalista, sustentado en el relativismo lingüístico, para preservar las esencias autóctonas.

El argumento razonaba que la mentalidad de los otros no era una tabla rasa, porque estaba, en buena medida, determinada por factores genéticos indelebles, por lo que el mero uso de la lengua catalana yla adopción de las costumbres propias de Cataluña por los inmigrantes no bastarían para evitar que los rasgos culturales instintivos codificados genéticamente en los forasteros alterasen las costumbres, creencias y convicciones de la etnia catalana original. Por este motivo, proponían un sistema de control de emigrantes por origen, primando criterios de proximidad basados en la asimilación express de emigrantes procedentes de los Paises Catalanes, para mitigar la descatalanización de la patria catalana.

En 1922 se inauguró la tradición separatista catalana con la fundación de Estat Català

El trasfondo inconfesado de estos planteamientos es concebir la inmigración como un instrumento de agresión del Estado para ecualizar España por la vía de la destrucción de la identidad e idiosincrasia catalanas mediante trasferencias demográficas desde regiones españolas. Esta creencia tiene profundas implicaciones en la construcción del proyecto nacionalista por cuanto que contiene las semillas de una dialéctica amigo-enemigo en el que un porcentaje variable de residentes en Cataluña se cosifica al ser tachado de mero instrumento del Estado para la aplicación de sus políticas de igualdad.

Tal fue la eficacia en la propagación de estas tesis entre la intelligentsia catalana, que sus premisas fundamentales fueron interiorizadas trasversalmente, de tal manera que gentes nominalmente de izquierdas como Gabriel Alomar, Joaquim Maurín o Jordi Arquer ventearon en su día los peligros de la afluencia de masas de proletarios inmigrantes, refractarios o al hecho nacional catalán.

Esta transmisión se ha mantenido sin solución de continuidad hasta nuestros días, tras haber recogido el relevo figuras como Jordi Pujol y Heribert Barrera, con obras publicadas que actualizan las opiniones de los ideólogos catalanistas que les precedieron, y cuya divulgación explica en buena medida el emponzoñamiento de las relaciones sociales a que ha llevado el proceso independentista catalán que dio comienzo en 2012.

Lo cierto es que del caldo de cultivo auspiciado por el nacionalismo romanticista catalán surgieron movimientos políticos cuyos líderes habían sacado la conclusión de que la única forma de materializar su útopia autárquica era disponer de un Estado propio dotado del control de sus fronteras. Así, en 1922 se inauguró la tradición separatista catalana con la fundación de Estat Català por parte de Francesc Macià, quién lidero una insurrección financiada por casales catalanes iberoamericanos que consistió en una intentona de invasión de Cataluña desde Francia por parte de un pequeño contingente, conjurado en el así llamado Complot de Prats de Molló.

Si algo parece caracterizar el movimiento separatista durante este periodo es la hiperactividad

Gracias al aura heroica, cuasi mística con la que se invistió a Macia a pesar de su fracaso, Estat Català se convirtió en el referente del independentismo catalán, hasta la fundación en parís del Front Nacional de Catalunya (FNC) inmediatamente después de la Guerra Civil Española. El FNC amalgamó un surtido de grupúsculos en el exilio como Nosaltres Sols y la FNEC, que aspiraban a sacarle partido a una eventual intervención aliada contra la España de Franco.

A tal efecto la FNC creó una rama militar liderada por Martínez i Vendrell que tenía vocación ser el embrión de un ejército nacional catalán. Tras hacerse patente que no habría intervención aliada en España después de la derrota del Eje, el FNC inició una travesía del desierto durante la cual, y tras el acercamiento de miembros del frente a organizaciones marxistas-leninistas europeas, se auspició la creación de organizaciones terroristas catalanas inspiradas en movimientos de liberación nacional como la OLP. Los principales de estos grupos fueron el Front d’Alliberament Català, el Exèrcit Popular Català y el Front d’Alliberament de Catalunya.

Siguiendo con esta cadena de mutaciones, en 1968 surge el Partit Socialista d’Alliberament Nacional dels Països Catalans, del que a su vez brotó la la organización terrorista Terra Lliure, cuya puesta de largo no tuvo lugar hasta 1981 en el Camp Nou, como parte la campaña Som una Nació, y la celebración de su primera asamblea en Francia, de la que surgió su documento fundacional, titulado Crida de Terra Lliure, en el que se hacía un llamamiento a la lucha por la independencia total de los Países Catalanes.

El ala más izquierdista de lo que quedaba del FNC rebautiza como PSAN y dio apoyo de la mano de Joan Josep Armet a la Asamblea de Cataluña, en un esfuerzo por no descolgarse de la principal corriente del movimiento independentista. Sin embrago, mutatis mutandi, en 1974 el PSAN sufrió a su vez una escisión promovida por sus elementos más radicales, que fundaron el PSAN-Provisional.

Si algo parece caracterizar el movimiento separatista durante este periodo es la hiperactividad y una capacidad inagotable para reensamblarse en múltiples permutaciones de una mismo tema, que lleva por ejemplo a la aparición de una corriente marxista nacionalista moderada en 1977 llamada Col•lectiu Català d’Alliberament, que buscaba reconectar con la ortodoxia fundacional del FNC. Con clara ambición de poder, este colectivo que estaba bajo el paraguas del Bloc d’Esquerra d’Alliberament Nacional presentó una candidatura a las elecciones generales de 1979 bajo la coalición formada por el Bloc Català de Treballadors y Xirinacs.

Terra Lliure fue la organización terrorista de bandera del movimiento independentista

Esta coalición se disolvió en 1982 integrándose en Nacionalistes d’Esquerra, aunque la fragmentación interna y unos resultados electorales pobres llevó a que a sus militantes buscasen cobijo en ERC y en Entesa dels Nacionalistes d’Esquerra. Esta diáspora coincidió con una radicalización del PSAN, que en 1983 se erigió como “pal de paller” del Moviment de Defensa de la Terra, organización creada con los restos de PSAN-Provisional a través de Independentistes dels Països Catalans. Siguiendo este patrón de inestabilidad y continua fragmentación y amalgamación, en 1987 ve la luz por un lado el Front Patriòtic, y por otro la organización juvenil Maulets, nacida de la fusión de Joves del Front Patriòtic Català con las Juventudes del PSAN en 1988.

Ya entrados en 1989, Terra Lliure promueve la candidatura única Catalunya Lliure a las elecciones europeas, contando con el apoyo de Maulets, del PSAN, del Front Patriòtic y del Front Nacional de Catalunya. En estos años, la ideología independentista está ya en camino de alcanzar su mayoría de edad, por lo que ERC incorpora las tesis fundamentales del separatismo en su ideario, lo que le valió una importante transferencia de militantes provenientes de Catalunya Lliure que permitió la consolidación de ERC como referente institucional del independentismo a costa de Terra Lliure y del PSAN, que se ve relegado meramente a dar apoyo puntual a las candidaturas de las CUP.

Ciertamente, y desde el punto del activismo violento, Terra Lliure fue la organización terrorista de bandera del movimiento independentista, con un haber de más de 200 atentados. Con el tiempo, el grueso del estado mayor de mayoría Terra Lliure pasó a militar en ERC, como consecuencia de las tensiones entre la III y la IV asambleas. Esta última abogaba por la autodisolución de la banda armada, mientras que en la III asamblea prosiguió una línea dura de actividad criminal hasta su desaparición definitiva un año antes de los Juegos Olímpicos de 1992.

El testamento político de Terra Lliure, plasmado en forma de manifiesto de autodisolución, entregó el testigo de la marcha hacia la independencia a ERC, que les obligó a renunciar explícitamente a la lucha armada. A pesar de ello, ciertos miembros de _Terra Lliure, notoriamente Joan Carles Monteagudo (que fue abatido en 1991 durante un enfrentamiento con la Guardia Civil) rechazaron el abandono de la lucha armada y unieron fuerzas con ETA, integrándose en el infausto Comando Barcelona, responsable de los atentados de Sabadell y de Vich, que causaron un total de 16 muertos.

Aún a pesar de este historial criminal, durante el pináculo del proceso impulsado por Artur Mas, un par de docenas de antiguos miembros de la banda terrorista Terra Lliure y del Exèrcit Popular Català publicaron un manifiesto trufado de pretendida autoridad moral, instando a las CUP a llegar a un acuerdo de gobierno con Junts pel Sí.

No es de sorprender que dirigentes de la Crida como Sànchez y Riera han estado en la primera línea del procés

Como podemos comprobar, es posible trazar una línea directa entre las facciones radicales del independentismo, que abrazó la lucha armada con un éxito perfectamente descriptible, y las fuerzas políticas separatistas aglutinadas en torno a la Assamblea Nacional Catalana. A estos efectos, es interesante repasar el precedente que fue la Crida a la Solidaritat, surgida para defender la lengua, la cultura y la nación catalana frente a quienes, como los firmantes del Manifiesto de los 2.300, publicado en Diario 16 el 25 de enero de 1981, que ponían en cuestión la política de normalización del catalán, y en especial la así llamada inmersión lingüística.

La Crida fue un campo de pruebas en el que el independentismo catalán ensayó iniciativas transversales (antimilitarismo, defensa del diálogo en Euskadi, oposición a la construcción de líneas de alta tensión en el Montseny, campañas de repoblación forestal, oposición frontal a la aplicación la ley antiterrorista, campañas de solidaridad con África, apoyo a las víctimas del terremoto de Nicaragua) orientadas a expandir la base social del independentismo a través de un activismo sectorial cuyo hilo conductor era la promoción del separatismo.

Las lecciones aprendidas por la Crida no cayeron en saco roto, sino que fueron aprovechadas a partir de 2012 por los dirigentes de ANC para refinar la hoja de ruta del independentismo mediante actuaciones sectoriales con el fin de alcanzar y consolidar una hegemonía social traducible en apoyos al proceso de construcción nacional catalán. Por ejemplo, las acciones llevadas a cabo por la Crida durante desde su presentación al público de 1981 ante 100.000 personas en el Camp Nou (ocupación de la estación de Sants en 1981, marcha de antorchas en 1984, manifestación contra la LOAPA) pasaron a formar parte del patrón de actuación de la ANC y las CUP.

Esto no puede sorprendernos cuando observamos que un buen número de dirigentes de la Crida, desde Jordi Sànchez a Carles Riera, han estado en primera línea del proceso de independencia catalán iniciado en 2012, y le han dado coherencia y continuidad al modus operandi del movimiento independentista cuyo ideario comenzó a gestarse en los tiempos del Desastre de 1898.

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

Santiago Mondéjar

Analista, Economía Digital

Santiago Mondéjar cultiva una visión pragmática de la actualidad. Y la transmite con prosa directa, sin adornos. Es estratega empresarial, reconocido por mejorar los negocios en términos de operaciones, rentabilidad, gestión y crecimiento.

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