Artur Mas intercede con Puigdemont para que no se declare la independencia, lo que daría pie a algaradas en las calles./EFE

¡Respeten al Molt Honorable President Tarradellas!

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Los que han ninguneado al histórico presidente quieren ahora ampararse en su ejemplo

Jordi García-Soler

Artur Mas intercede con Puigdemont para que no se declare la independencia, lo que daría pie a algaradas en las calles./EFE

Barcelona, 30 de mayo de 2017 (09:55 CET)

En política se suelen decir muchas barbaridades. A menudo se llegan a decir incluso algunas estupideces. No obstante, todo tiene un límite. Es absolutamente inadmisible que desde el actual movimiento secesionista catalán, y en concreto desde el mismísimo Gobierno de la Generalitat, se atrevan hasta a intentar apropiarse del ejemplo del M.H.President Josep Tarradellas con el único y nada oculto objetivo de instrumentalizarlo de forma tan torticera como sectaria.

Que toda una portavoz del Gobierno de la Generalitat intente poner el retorno de Tarradellas del exilio como un ejemplo de auténtica política de Estado, en contraposición con el rechazo del Gobierno español al reto unilateral e innegociable planteado por el presidente Carles Puigdemont de “referéndum sí o sí”, supera con mucho todos los innumerables despropósitos políticos cometidos durante todos estos últimos años por el movimiento secesionista.

Es inadmisible que el secesionista se atreva a apropiarse del ejemplo de Tarradellas

El presidente Tarradellas tuvo unas pocas pero sin duda permanentes obsesiones políticas. No solo aquellas tan conocidas de que “en política se puede hacer todo, menos el ridículo”, de que “no se debe dimitir nunca”, de que “en Cataluña no tenemos sentido de Estado, mientras que en Castilla siempre lo han tenido”… Sin duda alguna, su mayor obsesión política, la más permanente y recurrente hasta el fin de sus días, fue la de su rechazo radical y frontal al más mínimo atisbo de posible reedición de los lamentables sucesos del tristemente célebre 6 de octubre de 1934.

“Nunca más un “Sis d’Octubre”!”, tronaba de forma contundente Tarradellas en su precario exilio en el clos de Mosny de Saint Martin-le Beau, en donde tuve el placer de conocerle hace ya cerca de medio siglo, en 1969. Siguió haciéndolo después, primero en París y también en Perpinyà, y más tarde lo hizo también ya en Barcelona, tras su triunfal regreso como presidente, que tanto incomodó a gran parte del nacionalismo catalán.

Aquellos que le han ninguneado durante décadas, no tienen derecho ahora a ampararse en su ejemplo 

El presidente Tarradellas, que en su momento se opuso con firmeza a aquella insólita proclamación de un “Estado catalán en la República Federal española” que el entonces presidente Lluís Companys hizo desde el balcón del palacio de la Generalitat, tuvo la dignidad de solidarizarse con sus compañeros de gobierno y acompañarles en su detención y encarcelamiento, a diferencia de otros, supuestamente mucho más partidarios que él de aquella proclama de secesión unilateral, tan efímera como inútil, pero que huyeron por las alcantarillas.

Aquellos que han ninguneado al presidente Tarradellas durante estas décadas, los que le menospreciaron e incluso le vituperaron cuando vivía en el exilio y que luego han intentado una y otra vez ocultar u olvidar su figura histórica, no tienen derecho alguno a intentar ampararse en el ejemplo de su legado político con propósitos que hubiese rechazado de forma inequívoca.

Porque El M.H.President Josep Tarradellas i Joan fue, por encima de cualquier otra consideración, un político con verdadero sentido de Estado, un político componedor y pactista, dialogante y negociador, defensor siempre de la transacción como norma fundamental en la política democrática. Y, no se olvide, enemigo acérrimo de toda transgresión a la ley, firme defensor siempre del Estado de derecho y del consenso de la catalanidad como única forma posible para defender los intereses legítimos de la ciudadanía de Cataluña.    

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