A la izquierda Laia Serrano, con los alumnos premiados con las becas BAC, en la Pompeu Fabra, tras constatar que el ascensor social se ha roto.

Puigdemont, hola: ¡el ascensor social se ha roto!

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La Fundación BAC entrega becas a alumnos de institutos que ni se les pasa por la cabeza llegar a la universidad y constata que el ascensor social se ha roto

Manel Manchón

A la izquierda Laia Serrano, con los alumnos premiados con las becas BAC, en la Pompeu Fabra, tras constatar que el ascensor social se ha roto.

Barcelona, 19 de julio de 2017 (17:28 CET)

El proceso independentista, que arrancó con la Diada de 2012, obedece a muchos factores. Uno de ellos, según la izquierda independentista, la que puede representar Esquerra Republicana, considera que la independencia es necesaria para atender las necesidades sociales que reclama el conjunto de catalanes. Y que con un estado propio se podrían mejorar muchas cosas. Sin embargo, la realidad muestra que todo obedece a las prioridades que se deseen atender.

En el ámbito educativo la tristeza es enorme. En los últimos veinte años el cambio ha sido de una gran magnitud. Es cierto que la oleada de inmigrantes ha sido importante, que es una cuestión difícil de gestionar, pero también que las administraciones, y en este caso la Generalitat, no han pensando que se jugaban el propio prestigio de Cataluña en asegurar que el ascensor social seguía vigente.

Puigdemont y Junqueras no saben lo que ocurre en los institutos o no lo parece

Y no ha sido así. La Fundación Barcelona Actúa (BAC) se constituyó en 2011 para atender las consecuencias de la crisis económica, que dejó a muchos jóvenes en la estacada. El problema arranca de años atrás a esa fecha. Pero es ciero que la crisis que se originó entre 2007 y 2008 acabó de rematarlo. La fundación, que dirige Laia Serrano, entendió que se debía ayudar a alumnos de instituto a los que ni tan solo les había pasado por la cabeza cursar estudios en la universidad. El ascensor social se había bloqueado por completo en determinados barrios de Barcelona, en institutos que ahora les llaman “centros de alta complejidad”. El ascensor social, sencillamente, se ha roto.

La fundación entregó el pasado viernes las becas para estudiantes de esos centros. Ahora son un total de 15 los que reciben ayudas, de los que tres han renovado la beca. Son tres institutos: el IES Besòs; el IES Pau Claris, en el Casc Antic, y el IES Miquel Taradell, en el Raval. Son becas, dotadas con 2.800 euros por alumno, que incluyen también cursos de inglés en el British Council. En la dotación participan empresas y particulares, sensibilizados con un problema capital.

La fundación sigue la evolución de los alumnos, les anima e insiste en que pueden ser capaces de seguir adelante. Pero es, con toda la importancia que tiene, una pequeña ayuda que exige una mayor atención de la Generalitat. Esa debe ser la prioridad de todo un gobierno: atender a los jóvenes, garantizar la igualdad de oportunidades. Sin ella, ningún país merece la pena.

 

A la izquierda Laia Serrano, con los alumnos premiados con las becas BAC, en la Pompeu Fabra.

Por ahora se ha atendido a 15 alumnos, entre ellos a David Expósito, que cursa Periodismo en la UPF; Andrés Ortega, Arquitectura en la UPC; Xavier Carnacera, ADE en la UPF; o Yaki Zhang, que cursará Administración y Dirección de Empresas en inglés en la UAB. Todos los nombrados son del IES Besòs. Su director, Òscar Tàrrega, se emocionó en el acto de entrega de las becas en la UPF, el pasado viernes. Se refirió a la necesidad de que los alumnos de esos centros de “alta complejidad” tengan las necesidades básicas cubiertas, algo que no ocurre.

Puigdemont y Junqueras que quieren un nuevo país no conocen esa realidad. O no lo parece. Y es que, si ponemos el foco en ese mismo centro de educación secundaria, en la calle Pujades de Barcelona, la tristeza debería invadir todo el Palau de la Generalitat. Porque se va hacia atrás, como los cangrejos.

En los centros de secundaria de muchos barrios de Barcelona se ha ido hacia atrás, como los cangrejos

En los años ochenta, y casi hasta los años 2000, los alumnos que realizaban la selectividad, para cursar estudios universitarios, alcanzaba la cifra de 70-80. Cada año se matriculaban en el primer año –entonces BUP-- unos 120-130. La ratio, por tanto, era elevada. Y el director durante gran parte de ese periodo, Carlos Díaz, se mostraba exultante, porque era el fruto de un enorme esfuerzo por parte de las familias y de todo el profesorado, forzando, en muchas ocasiones, los corsés de la administración, que no entendía una autogestión en beneficio de los jóvenes alumnos. 

¿Qué ha pasado luego? La cifra no ha dejado de disminuir. Con una matriculación de uns 90 alumnos en primero de secundaria, en este curso, han llegado a la selectividad ¡nueve!

En los tres últimos, siempre con esa cifra de 85-90 en primero, se han presentado a la selectividad 19, 15 y 9 respectivamente. Es decir, se trata de un colosal fracaso, no del centro, que hace lo que puede y más, sino de todo el sistema social. Porque no se trata de una cuestión educativa, sino social, con jóvenes que no tienen las necesidades básicas cubiertas. Y que estudiar les resulta algo muy complejo.

La fundación BAC, que cuenta en su jurado para seleccionar las becas con Sebastià Serrano, catedrático de lingüística de la UB; Cristina Oliva, directora del Campus Ciutadella de la UPF y Lluís Bonell, Bussiness Angel y ex CEO de Liberty Mutual Int'l de la UB, puso en marcha la iniciativa al comprobar que las becas de la Generalitat llegaban tarde, y que no se hacía un seguimiento, y que, principalmente, “no se tenía en cuenta que la mayoría de alumnos de institutos de alta complejidad ni se plantean estudiar una carrera universitaria, porque su entorno no les facilita ni les incentiva a ello”.

Y sí, quien esto escribe estudió en el IES Besòs. Han pasado muchos años.  

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